LOS
INVENTOS DEL DIABLO (1 de 13) Arturo Botella
LOS
DOCTORES (I)
Que
cualquier imbécil puede llegar a ser la gran super-esperanza del planeta
es algo de sobras conocido, y existe amplia bibliografía que lo prueba:
básicamente todo consiste en estar en el momento justo en el lugar
equivocado (o al revés, según se quiera ver) y el destino hace
el resto (eso sí, generalmente ayuda, y mucho, ser estadounidense).
Sin embargo, el nacimiento de una verdadera némesis, de una super-amenaza
que ponga de rodillas a medio mundo y tenga bien acojonado al otro medio es
un proceso mucho más complejo.
En estos momentos el lector mal intencionado ya estará rebuscando en su memoria (o en algún mueble enorme de estanterías, lo que esté más ordenado) para esgrimir airado nombres y nombres de villanos de poderes y trajes asombrosos, pero permítame decirle que, si cierto es que la misma araña radioactiva que nos consigue un poderoso icono del bien puede, perfectamente, dedicarse a dar picotazos a un chorizo vulgar y corriente, esto no nos proporcionará otra cosa que un superchorizo, el cual, bien intentará emplear sus nuevas habilidades para proseguir con su antigua vida delictiva (lo que tampoco es tan peligroso como pudiera pensarse, teniendo en cuenta que estos individuos compensan su inevitable falta de inteligencia con generosas dosis de mala suerte, siendo perfectamente capaces de arrancar de cuajo y cargar por media ciudad el único cajero automático sin un triste centavo del planeta), bien acabará como asalariado de un verdadero supergenio del mal.
No, amigo lector, para hallar la génesis de una verdadera supernémesis es imprescindible trasladarnos hasta un aulario cualquiera de una de tantas universidades de este mundo (y muy de cuando en cuando de algún otro). Allí, rodeado de una masa de infelices que son incapaces de comprenderle, encontraremos a uno de esos hombres de intelecto y aptitudes superiores que de tanto en tanto nos da la historia y que están llamados a ayudar a la humanidad a dar algún paso de gigante.
Estos individuos consumen buena parte de su juventud de facultad en facultad, acumulando conocimientos y doctorados como quien colecciona cascos d cerveza (ocupación esta habitual entre sus compañeros). Sin embargo, es bien sabido que ningún ser humano es capaz de terminar una carrera y un doctorado sin desarrollar cierto odio irracional contra el mundo en general y la clase docente en particular; así pues, se deja a la imaginación del lector el efecto que la consecución de, pongamos, siete u ocho doctorados, en apenas ¿nueve?, ¿diez años?, debe tener en una psique, por portentosa que sea.
Es inevitable; cuando a nuestro sujeto le llega el momento de integrarse al mundo laboral las semillas para la creación del futuro genio del mal no sólo están bien plantadas: germinan a toda velocidad. Cuánto tiempo aguantará hasta que frustración tras frustración le aboquen a la senda del crimen es imposible de precisar, pero al final, harto de que el incompetente de su jefe se adjudique todos sus méritos y el cabrón de su vecino culturista se lleve a la cama a todas las tipas que le gustan tomará la fatídica decisión: abandonará su vida, su casa y probablemente su nombre, y emprenderá un viaje iniciático que lo llevará a algún exótico destino... Y años más tarde, cuando el mundo vuelva a saber de él, será para descubrir que se le da muy bien la construcción de rayos de la muerte.