XIX - Alberto López Aroca

 

 

 

I (de XIX)

Las líneas falsas

 

Se dice tradicionalmente que el siglo de oro de la novela es el XIX, afirmación con la que, en buena medida, puedo estar de acuerdo. Al menos, es una de mis épocas favoritas, pues durante aquel tiempo nacieron algunos de los personajes más famosos de la literatura: estoy pensando sobre todo en Sherlock Holmes, pero también en el Capitán Nemo y Tom Sawyer, en Jekyll y Hyde, en el Hombre Invisible... Fue la era de Conan Doyle y Pérez Galdós, de Verne y Zola, de Poe y Wells, de Haggard y Kipling... un auténtico dislate. Al margen de movimientos artísticos, de concatenaciones más o menos arbitrarias, y sobre todo de las leyes de causa y efecto, sabemos que las obras de todo el siglo XX son hijas directas —que no una consecuencia, de esto hablaremos en otra ocasión— de aquellas, ahora tan lejanas: Poirot y Lord Peter Wimsey, hijos de Holmes; Fu Manchú y Fantomas, hijos de Moriarty; Tarzán, hijo de Mowgli; John Carter, hijo del Gun Club de Baltimore... Y así hasta el infinito.

 

Todo esto, claro, no es más que un tópico. Pero de estos tópicos tratará la presente columna, intitulada XIX por culpa de un tópico romántico.

Para empezar, me gustaría plantear una falsedad, un tópico que me parece francamente hermoso: la Historia de la Novela Moderna, en unas líneas, y mirando hacia atrás. Veamos:

Los máximos exponentes de la novela —la narración, en verdad— durante la segunda mitad del siglo XX son, sin duda, los escritores sudamericanos o iberoamericanos, como García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa. Su obra deriva de los más importantes autores de la primera mitad del siglo, los norteamericanos de la Generación Perdida, quienes a su vez tie-nen una deuda indiscutible con los autores ingleses del siglo XIX, entre los cuales menciona-remos a Charles Dickens. Como todo el mundo sabe, Dickens es hijo directísimo de los ingleses del siglo XVIII, los Samuel Richardson y los Daniel Defoe, cuyo Moll Flanders pasa por ser, en ciertos círculos, la primera novela moderna. No obstante, debe mucho al Gil Blas de Santillana de Le Sage, obra que a su vez es una consecuencia de El Diablo Cojuelo, discutidí-sima novela española de finales del XVII, que a veces se ha incluido en los polémicos listados de novelas picarescas como epígono. Esto nos lleva, inexcusablemente, hasta el Lazarillo de Tormes, a la que también se le ha otorgado la paternidad de la novela moderna, honor que, en nuestro país, se disputa con Don Quijote. Esta última obra incorpora el realismo de la picaresca del XVI a un género inmediatamente anterior, los Libros de Caballerías —que coexistieron, como buen género, con toda la amalgama de novelas sentimentales, pastoriles, picarescas, Quijotes, y toda una caterva de géneros que empezaron a existir con los largos poemas épicos y narrativos, auténticas novelas, de Chrétien de Troyes, en el siglo XII. En medio nos encontramos con montones de versiones sobre los ciclos artúrico y carolingio, las obras sobre Tristán e Isolda, y muchos más. A su vez, Chrétien bebe, directa o indirectamente —más bien lo segundo— de fuentes como el Waltarius o el mítico poema arcaico inglés de Beowulf (siglo VIII). En la noche de los tiempos se pierden estas historias populares, procedentes de los mitos celtas, y por supuesto, los mitos grecolatinos, que alcanzaron la divinidad literaria gracias a la imaginaria —o al menos discutida— figura de Homero. ¿Y antes del bardo ciego? Sus padres, o bien sus abuelos o tatarabuelos: el Poema de Gigamesh, y las narraciones hin-dúes, chinas, apaches, melanesias, polinesias, africanas... esto es, las novelas modernas.

Esta línea debe ser, por fuerza, falsa, pero me produce un gran placer pensar en ella y buscar las lagunas, los socavones...