El Diablo y Mr. JoHnson
Por Marcelo Ortega
 

Robert Johnson, el más grande bluesman de todos los tiempos -gracias al Diablo, por supuesto.

Mister Johnson volvió a Robinsonville una noche de tren de 1931, después de dejar atrás todos los caminos polvorientos que podía recorrer.

Era la América de las oportunidades perdidas, esa que luego heredaron los jóvenes sorprendidos, y que aparece en selectas novelas de caballeros andantes del estilo de Capote o Norman Mailer. Para muchos, Jonson empezaba a olvidarse como un músico de segunda fila, casposo y manirroto que emulaba a Charlie Patton y Son House. Pero algo había sucedido. La leyenda de un encuentro con el Diablo en un cruce de caminos surgió sin saber de dónde, y a pesar de los años nadie niega el aspecto fantasmal y frágil que Robert Johnson tenía cuando bajó del tren aquella noche, en Robinsonville. El día que se marchó, Johnson acababa de perder a su compañera, con tan sólo 16 años; estaba solo, sin otro modo de vida que le atrajera que no fuese el de su guitarra, sucia y triste, cuando se encontró al Diablo en un cruce de caminos. La historia lo sitúa a tres kilómetros de Theelers, un lugar que entonces podría llamarse pueblo si no fuera porque no tenía más de seis casas y diez vecinos.

Johnson se había acostumbrado a deambular, a vivir sin ningún lugar a donde ir, pero sin dejar de viajar, aunque fuera por caminos como aquel, lejos de cualquier nudo de comunicación, donde la gente vive ajena a cualquier acontecimiento histórico o político. Era muy normal que aquellas gentes no supieran ni quién era entonces el presidente de los Estados Unidos. La crisis del 29 no les había afectado, porque nunca habían sabido lo que era no pasar hambre. Johnson había encontrado al Diablo en forma humana, un hombre de color, como él, que le ofreció todo lo que podía desear: la técnica, la maestría para que su blues fuera el mejor de toda la costa, a cambio de su alma.

Así, Johnson volvió a Robinsonville como un artista infinitamente mejor, dejando atrás a todos los que entonces estaban en la primera línea, que simplemente no podían creer estar escuchando al que hacía poco más de un año no era sino un mediocre músico de sesión. Johnson fue y es ahora el músico de blues al que todos deben algo, y sus canciones, no más de 30, las más versioneadas por todos los que le siguieron.

Pero la leyenda del cruce de caminos quedaría en mera anécdota si no fuera por la tradición del lugar.

Punto de castigo para malhechores durante la guerra secesionista, Theelers siempre fue un lugar vinculado a hechos inexplicables. En 1931 era la residencia de un hombre con una historia paralela a Johnson, Frank Alsiin, quien tenía la única fonda de la mísera aldea. Alsiin pasó, como Johnson, por el cruce de caminos donde esperaba el Señor Oscuro; aquella noche vendió su alma al Mal para tener una existencia cómoda. Inexplicablemente, en 1933 la carretera principal fue remodelada y reconducida 34 millas, de forma que Theelers se convirtió en la única parada posible en más de 100 millas a la redonda; el restaurante de Alsiin y la gasolinera que añadió fueron el motor de una población que vivió sus mejores épocas en los últimos años de la década, cuando Hitler preparaba su invasión. Para entonces, Johnson era ya el número uno, y él mismo alimentaba la historia de su encuentro diabólico.

Pero el pacto tenía que cumplirse, y el mal suele ser más listo que quienes hacen alianzas con él: Johnson murió envenenado, supuestamente por un marido celoso, exactamente el 16 de agosto de 1938. Ese mismo día, Frank Alsiin era atropellado incomprensiblemente por un coche que nadie volvió a ver. Su cuerpo fue sepultado sin conocer la historia de Johnson. Si van a Theelers paren en Alsiin`s, y no dejen de degustar las mejores tortas del Estado. Eso sí, miren antes de cruzar.

 

(Publicado originalmente en ÍNSULA)

 

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