MÁS ALLÁ DE LOVECRAFT
por Juan García Rodenas
 

El difunto Doctor Fernando Jiménez del Oso; un gran hombre, un gran doctor de lo oculto.

Desde el fallecimiento de Fernando Jiménez del Oso el pasado marzo, se han venido sucediendo en los medios de comunicación los homenajes y artículos acerca de su trabajo en el campo de divulgación de la parapsicología, que el afamado doctor desarrolló con la máxima dignidad y seriedad a lo largo de más de treinta años.

Quisiera destacar aquí uno de esos asuntos misteriosos, tan fácilmente objeto de crítica y burla como son casi todos en este escabroso terreno para los no iniciados y los acérrimos escépticos, del cual tuve oportunidad de comentar con el profesor en persona. Se trata del verdadero origen del Necronomicon. Esta obra maldita, piedra angular de los escritos de H.P. Lovecraft y sus acólitos —los Mitos de Cthulhu—, es descrita como un manuscrito fechado en 950, obra del árabe loco Abdul Alhazred y traducido al inglés por el ocultista John Dee en el siglo XVII. De alguna manera, muchos lo suponían una obra real, creencia que fue más o menos confirmada cuando Sprangue de Camp adquirió un extraño legajo en Iraq que denominó Al Azif, y considerado por muchos como un fragmento del original Necronomicon.

En efecto, existen en la actualidad muchas teorías que tratan de descubrir el verdadero origen del Necronomicon, y saber de dónde salió esta extraña mitología, que nada tiene que ver con la tradición occidental. En España se publicó un excelente trabajo en un número extra de la revista Mundo Desconocido (abril de 1981), donde entre otras cosas se constataba la presencia de horrores sobrenaturales inexplicables en obras literarias anteriores a las de Lovecraft, seres que coinciden con los descritos en sus Mitos hasta cuatro siglos antes. También eran señalados los extraños paralelismos entre el polémico mago Aleister Crowley y Lovecraft, a pesar de que nunca se conocieron, a la hora de ponerles nombre a sus divinidades bárbaras, así como las coincidencias entre el Necronomicon en ciertos aspectos con las tesis del Gnosticismo y la Cábala, y del oscuro lenguaje de los Primordiales con el idioma enoquiano y con varios nombres amerindios de origen incierto referidos a oscuras deidades. Incluso se barajaba como posible origen del libro que nos ocupa a Las estancias de Dzyan, de Madame Blavatsky. Otros autores dan por demostrado que el padre de Lovecraft perteneció a la Francmasonería Egipcia, fundada por el conde Cagliostro, quien habría legado a la orden la copia de un tratado babilónico que contendría una tradición mágica que precede a la especie humana, donde una de sus partes sería The Book of Secrets Names.

Un chulchu hallado en la playa, sin indicación de lugar. (Probablemente se trate no del Gran Cthulhu, sino de alguna criatura menor, acaso una malformación de profundo, o bien un hijo de la Madre Hydra).En la revista Espacio y Tiempo (marzo,1992), fundada por Jiménez del Oso, el profesor señalaba en un editorial a modo de prólogo de un reportaje más extenso, todas estas fuentes y posibilidades, además de marcar una nueva vía de investigación, pues al parecer, siguiendo la línea temporal hacia un posible origen del Necronomicon era inevitable concluir que en Al Andalus hubo una versión bastante completa del libro. Una de las pruebas que se remitían en dicha publicación hacía referencia a cierta jarcha datada alrededor del año 1050 y no incluida en las clásicas colecciones y recopilaciones precisamente por su extraño contenido.

Haciendo un rápido recordatorio de las clases de literatura de bachillerato, decir que las jarchas son el testimonio más antiguo de la literatura española. Son breves composiciones poéticas enmarcadas a manera de cierre al final de poemas más largos conocidos con el nombre de moaxajas. La moaxaja debía estar escrita en árabe clásico (o hebreo) y la jarcha en árabe vulgar o romance. Se trata de unidades de temática poética independiente, lo que provoca el paso brusco de una a otra, suponiéndole a este contraste el efecto poético de la moaxaja. Esta jarcha en cuestión, se ha conservado escrita en caracteres gráficos árabes, lo que ha dificultado durante siglos su traducción, más aún cuando su temática difiere de lo que sería de esperar y aparece en sus versos un nombre similar a Yog-Sothoth, algo inconcebible para cualquier investigador “oficial”. Realizando un esfuerzo de aproximación lingüística, los redactores del artículo se atrevieron a trasladar al castellano lo siguiente:

 

Gran Yog-Sothoth, noctámbulo conmigo,

en claustro cavernoso de tu alquibla,

vela los secretos escondidos

a quien no ve la luz en las tinieblas.

 

Escribía entonces el buen profesor que estábamos ante una “dramática verdad, un hecho maldito más que debería mover a la reflexión antes que a poner el grito en el cielo, y a tomar conciencia de nuestra vacilante situación ante el presentimiento de un caos pretérito un poco más tangible”. No le faltaba razón.

 

(Publicado originalmente en ÍNSULA)

 

Copyright © 2005,2006 Juan García Rodenas. Reservados todos los derechos

 

Volver a La Última Palabra