QUEMAR LAS NAVES
por Miguel Ventayol

Playboy setentero, con chica guapa y silla.

Hace unos años, casi sin querer, encontré una tienda de libros de segunda mano donde vendía revistas de hombres, revistas tipo Playboy, Interviú, etcétera. Muy gastadas, de tonos sepia, la mayoría de ellas habrían pasado parte de su vida escondidas bajo colchones, o en rincones, ocultas a los ojos de madres, novias, mujeres. Lo prohibido ha sido siempre más placentero, al menos para las mentes masculinas más ortodoxas.

Yo no buscaba nada de eso. De hecho, buscaba un libro de historia para una asignatura que tenía atragantada y cuyo manual costaba demasiado en las tiendas de primera opción.

Me fui con las manos vacías de conocimiento, ¿para qué, a fin de cuentas? Si luego uno aprueba copiando, el saber es lo de menos, carece de importancia y no sirve casi para nada. Pero las revistas se llevaron mi presupuesto para libros didácticos (busca esta palabra en el diccionario, si quieres).

No tenía nada de sexual aquella adquisición, dicho sea de paso, porque las costumbres y los gastos de nuestros mayores nada tienen que ver con el exagerado erotismo sexual desatado desde unas décadas a aquí. Era una manera de divertirme, de rebuscar en lo que fue prohibido en su día.

Llegué a casa, las hojeé, sin rubor, sin miedo a que ninguna fémina me reprochase mi masculinidad desviada, saboreando el polvillo de hojas usadas y gastadas.

Y en una de ellas, uno de los Playboy históricos de los años 60, encontré el tesoro que no imaginaba siquiera. No me lo podía creer, entre aquellas páginas de ropa interior graciosísima, de anuncios de colonias pasados de moda y artículos políticos obsoletos encontré lo que jamás hubiera pensado de antemano: un relato corto de Charles Bukowski.

Así que, todas las revistas perdieron el mínimo interés sexual o erótico que inicialmente pudieron tener. Me dediqué a buscar si entre aquellas otras revistas existía algún otro artículo, alguno más, alguna poesía, algún relato corto del genio de L.A.

No hubo suerte.

Supongo que demasiada suerte fue encontrar uno.

Y me pasé el resto de la tarde releyendo un texto que ya conocía, pero en las páginas de unaa revista para adultos, riendo a más no poder con el humor agrio y punzante de Hank. Me reía al pensar que todo lo que debería haber aprendido de historia lo conseguía yo de textos mal escritos de narradores semi prohibidos.

Al menos eso quería creer, con esa idea pretendía engañarme. Uno se siente mejor así, pero no es para nada cierto, todos hacemos las mismas cosas, nadie es original ni único. De manera que la revista pasó a formar parte de mi estantería, junto a otros libros que no viene a cuento señalas, quizás había cien, quizás había tan sólo uno y de obligada lectura en la universidad.

Charles Bukowski, con su habitual disfraz de vagabundo.Una semana después ya era diciembre, hace frío allí donde hace frío. Da igual el nombre de los lugares: abrígate, viene el invierno.

Pero mi casa se quemó incomprensiblemente, ¿cómo? Supongo que eso da igual ahora porque perdí las revistas, perdí la música, los libros y los apuntes, casi todo lo que tenía en aquella pequeña habitación alquilada. Los profesores fueron comprensivos conmigo, aunque me vi obligado a abandonar la universidad, aunque eso es otro cuento.

Lo que más me dolió fue la revista con el texto de Hank. Fui de nuevo a aquella librería de segunda mano con nombre de capital europea, pero no tuve suerte: la suerte viene con cuentagotas. Otras revistas más modernas se estaban vendiendo más y mejor, los pechos más, más, más… ¿recauchutados? Las curvas bien definidas mediante programas informáticos y los rostros felices y eternamente insinuantes.

Compré un atlas, de 1962, los lugares parecían todos los mismos, pero alguien me dijo que no se encontraban ubicados en los mismos sitios.

“Da igual”, le comenté, “no lo quiero para eso”.

(Publicado originalmente en ÍNSULA)

 

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