| UN VIAJE EN
EL CARRO DE LOS CONDENADOS por Daniel López Aroca |
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Si a alguien se le pregunta por un personaje de la Revolución Francesa, ¿a quién nombra? Seguro que a Robespierre. Es casi el único nombre de la Revolución que mencionan los textos de Historia de la E.S.O., y el único dato sobre la Revolución que recordará siempre la mayoría de la gente (junto con la guillotina, claro). Maximilien Marie Isidore de Robespierre (Arrás, 16 de mayo de 1758; París, 10 de thermidor de 1794), es para muchos la encarnación de la Revolución, no sólo la Francesa, sino la revolución en su sentido más universal, como acto de rebeldía destinado a la dignificación del ser humano. Sin embargo, una enorme sombra parece velar su imagen. Apenas existen en Francia monumentos u otros signos que evoquen al personaje: una estación de metro en París, una placa conmemorativa en Arrás, su ciudad natal. Las dos caras de Robespierre, el hombre que cambió el mundo, pero también el dictador sanguinario, resultan irreconciliables y hacen dudar de que conmemorarlo sea correcto. Paradójicamente, en los jardines de Alejandro, bajo los muros del Kremlin, se erigió un monumento a Robespierre meses después de la revolución de octubre, por decisión de Lenin, quien describió a Robespierre como un bolchevique adelantado a su tiempo. El monumento se destruyó, pero existe en Moscú un muelle Robespierre, que da fe de la admiración de los revolucionarios rusos por el que consideran su precursor francés. “Defenderé sobre todo a los pobres. Más un hombre es desgraciado y débil, más derecho tiene a la petición”, dijo Robespierre manifestándose contra la distinción entre ciudadanos activos y pasivos, criterio económico que arrebataba el derecho de voto a los humildes. Promovió también una economía planificada, pensada para cubrir las necesidades del ejército francés, que incluía la promesa de un reparto equitativo de las tierras, la requisa de los bienes de los enemigos de la República, la nacionalización del comercio exterior, y también la de las forjas, que se vieron obligadas a trabajar para la producción de armamento, y hasta la de los joyeros, que tuvieron que dedicarse a la fabricación de llaves de armas de fuego. Estas acciones, como la actitud antimonárquica o la política de laicización, pueden explicar en cierta medida la interpretación “socialista” de Robespierre. ¿Por qué entonces los reparos en torno al personaje? En primer lugar, merece la pena considerar a qué se debe su mala fama. Desde el mismo momento de su caída, los nuevos dueños del poder, los thermidorianos, fomentaron una imagen sumamente negativa del Robespierre, destinada obviamente a justificar la conspiración que le hizo caer. El 5 de enero de 1795, Edme Bonaventure Courtois presentó ante la Asamblea General el Informe que elaboró tras investigar los papeles encontrados en la casa de Robespierre, y que constituyó la primera de las diversas interpretaciones del líder jacobino como un personaje abyecto. En lo político, Courtois lo acusa de traidor de clase, responsable de la extinción de la riqueza y la ruina del comercio en su afán de igualación social, personificación y responsable de las crueldades del año II, maquinador de proyectos para destruir a sus enemigos, asesino de cuantos le critican, más vil que Julio César, aspirante a la dictadura, delirios de divinidad. Y en lo personal no queda mejor parado: escaso talento, enorme vanidad (afirma que la habitación de Robespierre está llena de bustos y retratos de sí mismo), capacidad de inspirar miedo, pedante, de voz débil y gestos afectados, acento provinciano, arrogante, irascible, envidioso, misantrópico, celoso del éxito ajeno, sospechosamente distante con las mujeres, incapaz de reír, desmesuradamente aficionado a las naranjas. Tampoco sus primeras biografías le son precisamente favorables. La primera de todas, escrita por el abate Proyart, profesor del colegio Louis Le Grand de París, al cual había asistido Robespierre, y publicada en 1795, llevó el título La vida y los crímenes de Maximilien Robespierre. En ella aparece como un personaje orgulloso, sin amigos, sin relación con las mujeres, siempre serio, y lector de literatura prohibida. Otras biografías de la época se hacen eco de datos tan fiables como su mala letra, su hábito de organizar orgías, su afición al canibalismo (sobre todo si el manjar es carne de sacerdote), o de cómo ordenó elaborar zapatos de piel humana para los sans-culottes. Como era de esperar, no faltó otra serie de biografías que, por oposición, se dedicaron a dar una versión heroica de Robespierre. La más notoria es la que le fue encargada a Charlotte Robespierre, hermana de Maximilien, que realizó la redacción a una edad ya avanzada, y que lo retrató como un hombre siempre sonriente y cordial, querido por todos, mujeres incluidas, sensible, que tejía encajes con su madre, y que sufrió por tener que firmar una sentencia de muerte siendo un joven juez en Arrás. ¿Qué hay de cierto en toda esta información? La realidad es que en el punto álgido de su carrera, Robespierre acumuló mucho poder: líder de la Montaña, miembro principal del Comité de Salud Pública (órgano ejecutivo al que temían incluso los ministros), controlador de la Comuna, promotor y defensor de un gobierno basado en el terror, que propiciará una depuración generalizada de rivales políticos. El sistema judicial que avala Robespierre imponía como único castigo la muerte. Los procesos se realizaban sin interrogatorio previo ni presencia de abogados ni testigos; así eran muy rápidos, pero repletos de errores (detención del padre en lugar de un hijo con el mismo nombre, ejecución de familias enteras...). Cualquier atisbo de oposición a su línea política se castigaba con la demolición: girondinos, appelants (antirregicidas), los indulgentes de Danton, herbertistas (exaltados defensores de los derechos de las clases bajas), fueron víctimas, junto con grandes cantidades de gentes pobres, del Terror centralizado en París, cuyo símbolo era la guillotina, y cuyo efecto psicológico se acentuaba alargando artificialmente el recorrido de los carros de los condenados. Antes de todo esto, ya había votado a favor de la ejecución de Luis XVI: “La clemencia compartida con la tiranía es bárbara”, fueron sus palabras. Por cierto, siempre le molestó que se le recordara que en sus días de colegial había recitado un panegírico en latín ante Luis XVI y María Antonieta.
Las contradicciones son por tanto múltiples. El presunto dictador sanguinario fue apodado en vida “El Incorruptible”. De hecho, en los diccionarios franceses se recoge como una acepción del término Incorruptible “el mote de Robespierre”. Su visión de sí mismo era la de un ser que aspiraba a la perfección moral en la gente y en las naciones: “La moral está en los libros de los filósofos; nosotros la hemos puesto en el gobierno de las naciones”, delatando su inspiración en Rousseau, el mayor de los pensadores contemporáneos según él. Muchos pretendieron ver en el un ejemplo de virtudes: rectitud, apego al deber, pureza moral, vida ejemplar, castidad. Según testimonio del diputado Jean Dyzez, “Yo creía ver en él a un hombre que amaba realmente la libertad, que estaba apasionado por la libertad. La ruta que él tomó no me parecía muy lejos de la ruta correcta”. Sin perder de vista las acciones violentas que él mismo ordenaba, Robespierre consideraba la necesidad de una sanción moral de los hechos repugnantes que se imponen a los hombres en una revolución. El mismo hombre que comenzó a cobrar notoriedad en su carrera judicial defendiendo el derecho de un vecino de Arrás a mantener el pararrayos que había hecho instalar en su casa, y que sus vecinos pretendían que quitara por miedo a que atrajera los rayos, y que para ello argumentó la necesidad de mantener una firme fe en la ciencia y en el progreso, defiende desde el poder la necesidad de hacer cualquier tipo de sacrificio, aunque sea el uso de la violencia, en nombre del progreso político. Un rasgo digno de destacar en Robespierre fue su peculiar actitud ante la religión. Desde el año II los políticos pusieron un singular empeño en la descristianización de Francia, que se manifestó en la destrucción de imágenes piadosas, la prohibición de fiestas religiosas, el saqueo y cierre de iglesias, y particularmente en la implantación del Calendario Republicano, carente de referencias cristianas: hay doce meses divididos cada uno en tres décadas, y cada mes lleva un nombre con líricas alusiones a la naturaleza: vendémiaire, brumaire, germinal, floreal, etc. Robespierre temía que la descristianización diera un pretexto a los revolucionarios, que podía argumentar violación de la libertad de culto. Ello le llevará a efectuar una singular maniobra. Según sus palabras “El fundamento de la sociedad es la moral, y una moral es inútil si no va acompañado de sanciones. ¿Qué mejor sanción que la sanción divina? (...) El ateísmo es inmoral y aristocrático. La idea del Ser Supremo y de la inmortalidad del alma es una continua llamada a la justicia; es, pues, moral y republicana”. Por ley, Robespierre reconocerá la existencia del ser Supremo y la inmortalidad del alma, y mantendrá la libertad de cultos, pero con aviso de castigo a la predicación fanática. La culminación de este intento de conciliar religión y estado fue celebración el 8 de junio de 1794 de la fiesta del Ser Supremo: una ceremonia organizada por el pintor David, con música, adornos florales, quema de una estatua del Ateísmo que contenía en su interior otra de la Sabiduría, bandas militares, cañonazos, y la participación de las autoridades con Robespierre a la cabeza, quien leyó un discurso. Esta fiesta parece marcar un punto de inflexión en su trayectoria: constituyó su apoteosis, pero al mismo tiempo supuso la aparición de una corriente que veía en la ceremonia una prueba de que Robespierre aspiraba a la dictadura e incluso a la deificación. Otro asunto vinculado a lo sobrenatural y que probablemente perjudicó a Robespierre fue el de Catherine Théot, una mujer que se proclamaba la Virgen, y que realizaba profecías por dinero. Su popularidad fue tal que incluso personas eminentes acudían a ella. Théot se proclamaba madre de Dios, y una interpretación forzada sugería que el nuevo Mesías era Robespierre. Vadier, su enemigo político, explotó tal insinuación, y demostró además que Robespierre había entregado un certificado de civismo a Dom Gerle, antiguo adepto de Catherine Théot.
En el número 29 de la serie de cómics The Sandman, titulado Thermidor, Robespierre busca a toda costa la cabeza de Orfeo, que ha sido introducida en París y constituye una amenaza para la preservación del espíritu racional que ha de imperar en la Revolución. Un “objeto de superstición”, como Robespierre califica a la cabeza, no debe constituir una amenaza para la nueva Francia. Cuando la cabeza de Orfeo es encontrada entre otras muchas cabezas de ejecutados, canta con ellas al exceso de poder y profetiza el fin del sueño. El día siguiente es 9 de Thermidor. El intento de conciliar la razón y el bien moral con la violencia y la religión de Estado ha fracasado, pero la Revolución sigue, esta vez por otro sendero. En palabras de Jean Jaurès, “Las revoluciones son la forma bárbara del progreso”.
(Publicado originalmente en ÍNSULA)
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