A
por cadáveres
por Ángel
M. Alcalá
Digamos
que a nuestro alrededor pasan cosas raras. Es más, vayámonos
hasta el supuesto de que esas cosas raras están, han estado y
estarán siempre a nuestro alrededor. Pretendido esto, podemos ir
más allá todavía y preguntarnos si, a pesar de que no las
advirtamos, dichas cosas raras nos acechan y vigilan, e incluso se
acercan hasta nosotros de vez en cuando con sabe Dios qué tipo de
intenciones. Todo lo dicho suena extraño, ¿verdad? En principio
hay muy pocas personas que posean una amplitud de miras suficiente
para siquiera prestar atención al tema; es muy probable que la
mayoría de la gente ni siquiera se pare a reflexionar sobre las
cosas raras de marras, y no las tome en serio ni las considere
como reales. Ese no es el caso de Alberto López Aroca. Él sabe
mucho, muchísimo, sobre el tema en cuestión. Hay que hacerle
caso.
Ha
llovido mucho desde el año 1993. Como dicen en la teletienda de
madrugada cuando anuncian colecciones de música, en aquel año
sucedieron acontecimientos de vital importancia para la humanidad,
como el descubrimiento de la vacuna contra la melopea, la primera
reproducción en cautividad del champiñón azerbayano y, como no
podía ser menos, la aparición de la ya mítica publicación
–al menos para sus responsables- que llevó por nombre Fábulas Extrañas. Ya en el primer número, Alberto López Aroca
nos hablaba de bichos raros y monstruos en plan Lovecraft. Y de ahí
hacia la eternidad. Durante más de cincuenta números, Fábulas Extrañas acogió a los más viles engendros y psicópatas,
a varios caballeros andantes que iban desde tísicos tartamudos
hasta pingüinos, a catedráticos extraterrestres que intentaban
asesinarse entre sí constantemente cuando quedaban para el café,
a Twingos rosas que albergaban cadáveres purulentos, etc. Por
supuesto, el principal responsable de todo fue el propio López
Aroca. Bien como autor, bien como director, tuvo la culpa de que
durante años se leyera en Albacete una literatura de género
fresca, sin tabúes ni ataduras, de un nivel y una vitalidad como
nunca se había visto hasta la fecha y que, tristemente, es fácil
que ya jamás se vuelva a ver.
El
volumen del que ahora nos ocupamos, la recopilación de cuentos hábilmente
titulada A por cadáveres,
es el botón de muestra de lo que su autor se ha traído entre
manos durante muchos años. Por ello debo remitirme al principio
del texto, a las cosas raras. Alberto ha crecido entre cómics,
libros y películas de miedo, entre las leyendas populares que le
contaba su abuela, entre lo real y la ficción: ha mamado lo
sobrenatural. Éste hecho ha contribuido al máximo en sus
derroteros literarios, y por ello, sabe muy bien que lo cotidiano
está lleno de fuerzas, impulsos o presencias que no podemos
advertir, pero que no rodean. Nadie la ve ni las oye, pero están
ahí, y por si acaso no lo estuvieran ya se encargará Alberto de
ponerlas en el sitio que les corresponde. Se ha empecinado en
hacernos creer que hay vampiros en el albaceteño y marginal
barrio de las Seiscientas, que hay arañas gigantes que habitan
los contenedores, o que a un planeta entero se le puede matar,
literalmente, de puro miedo. Él sabe que la ficción fantástica
no tiene por qué ser un género marginal, sino que puede albergar
la más alta seriedad. Que se lo digan a Borges, o a Bram Stoker,
o al propio Alberto. Eso es a por cadáveres: empeño, sangre,
sudor y muertos, mucho muertos por el camino. Ah, sí, y saber
hacer.
La
obra en sí, como conjunto, es una lectura más que recomendable
para cualquier tipo de público. No tengo miedo a equivocarme si
afirmo que merece la pena la escasa inversión económica que nos
supone la adquisición del volumen, a cambio de varias horas de
puro entretenimiento y algún que otro tinte filosófico que nos
permita reflexionar... sobre las cosas raras. El nivel general de
la obra es más que bueno, a pesar de que la podamos notar algo
desnivelada. Por un lado, el libro contiene verdaderas delicias,
auténticos cuentos de ley, como los encargados de abrir y cerrar
el volumen, “De un tirón” y “Estudio en Esmeralda”
respectivamente, o los inquietantes “Putas hormigas” y “Señores,
esto se acaba”. Sin embargo, el nivel decae bastante en el resto
de cuentos: “El típico libro negro”, “Julius”, “La araña
de los contenedores” o “La isla desnuda”, que parecen
incluidos casi con la única finalidad de engordar el grosor del
libro y que perjudican seriamente el balance general de la selección.
No pretendo con esto decir que sean malos cuentos, ni mucho menos,
pero sí afirmo que no son dignos de permanecer junto a sus compañeros
citados en primer lugar, y dudo mucho que de ser incluidos en
selección o antología de cualquier tipo.
Personalmente,
cuando tengo el gusto de leer al señor López Aroca siento una
sensación extraña entre la emoción y la rabia. La emoción:
todos sus relatos presentan ideas muy interesantes y
planteamientos que jamás dejan de asombrar, que siempre inquietan
e incluso asustan, demostrando que Alberto es una mente fecunda
como pocas y que posee un potencial para soñar, y provocar que
otros sueñen, mucho más allá de los límites de lo común. La
rabia: en muchos de sus relatos el jugoso planteamiento inicial se
deshace a medida que avanza la historia y termina por rozar la
vulgaridad más absoluta. Precisamente es lo que más podemos
achacar a los relatos menos buenos del libro. “La araña de los
contenedores”, por ejemplo, refleja escenas que todos hemos
vivido, casi revive nuestros tiempos de mocosos callejeros, pero
adolece en extremo de un tratamiento poco acertado, de un lenguaje
infantil exagerado y de escasa credibilidad, y esto acaba por
llevarnos al escepticismo y cerca del aburrimiento. La rabia se
acrecienta cuando páginas después tenemos el gusto de leer
“Estudio en Esmeralda”, casi una joya, y pensamos en el
potencial que tiene Alberto y en lo mucho que lo desperdicia en
muchas ocasiones. ¿Por qué no hizo lo mismo en otros cuentos?
Eso
mismo es lo que tenemos al hablar de su lenguaje fetiche a la hora
de escribir. Alberto suele usar una forma de hablar natural y
realista, la de la calle, la de todos los días y el café en el
bar Triana, pero la soez que puede resultar graciosa termina por
aburrirnos a medida que la vemos en un cuento, y en el siguiente,
y en el de después. Parece que los protagonistas y los narradores
–esos tipos en los que a veces notamos una personalidad mucho más
fuerte que la que le corresponde por funciones, si bien hablamos
de un defecto que hasta los grandes pueden sufrir- tienen todos
unas almorranas de aquí te espero que no les deja dormir, y para
colmo su mujer se ha fugado con el frutero y su hija está preñada
de un rumano que toca el acordeón. Ese lenguaje tan característico
provoca que en la mayoría de los relatos veamos a la misma
persona narrando las desventuras de la aventura, y es otro punto
en contra de la frescura, otro rasgo de lo que el relato es y de
lo que podría llegar a ser. Una lástima.
Con
todo esto, lo malo no es tan malo, pues al fin y al cabo puede que
todo lo dicho no sea más que una observación subjetiva de quien
les escribe, y quién sabe si no habrá quien esté loco por “La
araña de los contenedores” o por el “Julius”; y vete tú a
saber –aunque esto me resulta más difícil de asimilar– si no
habrá quien sueñe con ese narrador omnisciente que se nos
presenta en algunas ocasiones. Sin embargo, y no se me caen los
anillos por repetirlo y reconocerlo una y otra vez, lo que Alberto
tiene de bueno es muy, muy bueno. Créanme si les digo que
disfrutarán de principio a fin con “A por cadáveres”, que
verán como no les miento cuando les digo que el orgulloso autor
es una máquina de contar historia extrañas que obligan a soñar,
a sentir escalofríos, a creer en las cosas raras. Porque Alberto
sabe mucho de cosas raras, y sabe contarlas. No lo duden y háganme
caso: váyanse cuanto antes a por cadáveres con López Aroca. Se
respira aire pestilente, pero es muy sano.
Enero
2004 |