Título: A POR CADÁVERES

Autor: Alberto López Aroca (prólogo de Miguel Ángel Aguilar)

Género: Relatos de terror y fantasía (336 pag./ año 2003/ f. bolsillo)

Sinopsis: Desde la cárcel, un hampón confiesa su más terrorífica experiencia; una pesadilla en forma de hormigas se adueña de un televisor; el fin del mundo llega de la manera más cotidiana; un moderno Robinson topa con una base militar abandonada; el misterio de los contenedores de basura se revela ante un niño; el Necronomicón llega a manos de un perturbado; un crimen a escala planetaria para el único investigador que puede estar a la altura del caso...

Editor: A.J. Fábulas Extrañas     Precio: 4 €

Distribución: Albacete (Librerías Herso, Popular y Sanz)


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   A por cadáveres
  
por Ángel M. Alcalá

Digamos que a nuestro alrededor pasan cosas raras. Es más, vayámonos hasta el supuesto de que esas cosas raras están, han estado y estarán siempre a nuestro alrededor. Pretendido esto, podemos ir más allá todavía y preguntarnos si, a pesar de que no las advirtamos, dichas cosas raras nos acechan y vigilan, e incluso se acercan hasta nosotros de vez en cuando con sabe Dios qué tipo de intenciones. Todo lo dicho suena extraño, ¿verdad? En principio hay muy pocas personas que posean una amplitud de miras suficiente para siquiera prestar atención al tema; es muy probable que la mayoría de la gente ni siquiera se pare a reflexionar sobre las cosas raras de marras, y no las tome en serio ni las considere como reales. Ese no es el caso de Alberto López Aroca. Él sabe mucho, muchísimo, sobre el tema en cuestión. Hay que hacerle caso.

Ha llovido mucho desde el año 1993. Como dicen en la teletienda de madrugada cuando anuncian colecciones de música, en aquel año sucedieron acontecimientos de vital importancia para la humanidad, como el descubrimiento de la vacuna contra la melopea, la primera reproducción en cautividad del champiñón azerbayano y, como no podía ser menos, la aparición de la ya mítica publicación –al menos para sus responsables- que llevó por nombre Fábulas Extrañas. Ya en el primer número, Alberto López Aroca nos hablaba de bichos raros y monstruos en plan Lovecraft. Y de ahí hacia la eternidad. Durante más de cincuenta números, Fábulas Extrañas acogió a los más viles engendros y psicópatas, a varios caballeros andantes que iban desde tísicos tartamudos hasta pingüinos, a catedráticos extraterrestres que intentaban asesinarse entre sí constantemente cuando quedaban para el café, a Twingos rosas que albergaban cadáveres purulentos, etc. Por supuesto, el principal responsable de todo fue el propio López Aroca. Bien como autor, bien como director, tuvo la culpa de que durante años se leyera en Albacete una literatura de género fresca, sin tabúes ni ataduras, de un nivel y una vitalidad como nunca se había visto hasta la fecha y que, tristemente, es fácil que ya jamás se vuelva a ver.

El volumen del que ahora nos ocupamos, la recopilación de cuentos hábilmente titulada A por cadáveres, es el botón de muestra de lo que su autor se ha traído entre manos durante muchos años. Por ello debo remitirme al principio del texto, a las cosas raras. Alberto ha crecido entre cómics, libros y películas de miedo, entre las leyendas populares que le contaba su abuela, entre lo real y la ficción: ha mamado lo sobrenatural. Éste hecho ha contribuido al máximo en sus derroteros literarios, y por ello, sabe muy bien que lo cotidiano está lleno de fuerzas, impulsos o presencias que no podemos advertir, pero que no rodean. Nadie la ve ni las oye, pero están ahí, y por si acaso no lo estuvieran ya se encargará Alberto de ponerlas en el sitio que les corresponde. Se ha empecinado en hacernos creer que hay vampiros en el albaceteño y marginal barrio de las Seiscientas, que hay arañas gigantes que habitan los contenedores, o que a un planeta entero se le puede matar, literalmente, de puro miedo. Él sabe que la ficción fantástica no tiene por qué ser un género marginal, sino que puede albergar la más alta seriedad. Que se lo digan a Borges, o a Bram Stoker, o al propio Alberto. Eso es a por cadáveres: empeño, sangre, sudor y muertos, mucho muertos por el camino. Ah, sí, y saber hacer.

La obra en sí, como conjunto, es una lectura más que recomendable para cualquier tipo de público. No tengo miedo a equivocarme si afirmo que merece la pena la escasa inversión económica que nos supone la adquisición del volumen, a cambio de varias horas de puro entretenimiento y algún que otro tinte filosófico que nos permita reflexionar... sobre las cosas raras. El nivel general de la obra es más que bueno, a pesar de que la podamos notar algo desnivelada. Por un lado, el libro contiene verdaderas delicias, auténticos cuentos de ley, como los encargados de abrir y cerrar el volumen, “De un tirón” y “Estudio en Esmeralda” respectivamente, o los inquietantes “Putas hormigas” y “Señores, esto se acaba”. Sin embargo, el nivel decae bastante en el resto de cuentos: “El típico libro negro”, “Julius”, “La araña de los contenedores” o “La isla desnuda”, que parecen incluidos casi con la única finalidad de engordar el grosor del libro y que perjudican seriamente el balance general de la selección. No pretendo con esto decir que sean malos cuentos, ni mucho menos, pero sí afirmo que no son dignos de permanecer junto a sus compañeros citados en primer lugar, y dudo mucho que de ser incluidos en selección o antología de cualquier tipo.

Personalmente, cuando tengo el gusto de leer al señor López Aroca siento una sensación extraña entre la emoción y la rabia. La emoción: todos sus relatos presentan ideas muy interesantes y planteamientos que jamás dejan de asombrar, que siempre inquietan e incluso asustan, demostrando que Alberto es una mente fecunda como pocas y que posee un potencial para soñar, y provocar que otros sueñen, mucho más allá de los límites de lo común. La rabia: en muchos de sus relatos el jugoso planteamiento inicial se deshace a medida que avanza la historia y termina por rozar la vulgaridad más absoluta. Precisamente es lo que más podemos achacar a los relatos menos buenos del libro. “La araña de los contenedores”, por ejemplo, refleja escenas que todos hemos vivido, casi revive nuestros tiempos de mocosos callejeros, pero adolece en extremo de un tratamiento poco acertado, de un lenguaje infantil exagerado y de escasa credibilidad, y esto acaba por llevarnos al escepticismo y cerca del aburrimiento. La rabia se acrecienta cuando páginas después tenemos el gusto de leer “Estudio en Esmeralda”, casi una joya, y pensamos en el potencial que tiene Alberto y en lo mucho que lo desperdicia en muchas ocasiones. ¿Por qué no hizo lo mismo en otros cuentos?

Eso mismo es lo que tenemos al hablar de su lenguaje fetiche a la hora de escribir. Alberto suele usar una forma de hablar natural y realista, la de la calle, la de todos los días y el café en el bar Triana, pero la soez que puede resultar graciosa termina por aburrirnos a medida que la vemos en un cuento, y en el siguiente, y en el de después. Parece que los protagonistas y los narradores –esos tipos en los que a veces notamos una personalidad mucho más fuerte que la que le corresponde por funciones, si bien hablamos de un defecto que hasta los grandes pueden sufrir- tienen todos unas almorranas de aquí te espero que no les deja dormir, y para colmo su mujer se ha fugado con el frutero y su hija está preñada de un rumano que toca el acordeón. Ese lenguaje tan característico provoca que en la mayoría de los relatos veamos a la misma persona narrando las desventuras de la aventura, y es otro punto en contra de la frescura, otro rasgo de lo que el relato es y de lo que podría llegar a ser. Una lástima.

Con todo esto, lo malo no es tan malo, pues al fin y al cabo puede que todo lo dicho no sea más que una observación subjetiva de quien les escribe, y quién sabe si no habrá quien esté loco por “La araña de los contenedores” o por el “Julius”; y vete tú a saber –aunque esto me resulta más difícil de asimilar– si no habrá quien sueñe con ese narrador omnisciente que se nos presenta en algunas ocasiones. Sin embargo, y no se me caen los anillos por repetirlo y reconocerlo una y otra vez, lo que Alberto tiene de bueno es muy, muy bueno. Créanme si les digo que disfrutarán de principio a fin con “A por cadáveres”, que verán como no les miento cuando les digo que el orgulloso autor es una máquina de contar historia extrañas que obligan a soñar, a sentir escalofríos, a creer en las cosas raras. Porque Alberto sabe mucho de cosas raras, y sabe contarlas. No lo duden y háganme caso: váyanse cuanto antes a por cadáveres con López Aroca. Se respira aire pestilente, pero es muy sano.

Enero 2004


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   Nombre Nieves       E-mail nimix@hotmail.com        Fecha 15-01-2004

pues... habrá que leerlo.

   Nombre Jayo Silver       E-mail xxx@xxx.com        Fecha 18-01-2004

Pero cómo que habrá que leerlo! Pero si lo pone por los suelos! Esto más que una crítica es un navajazo con alevosía! No sé yo si ciertos personajes deberían tomarse la crítica literaria com una venganza, porque a eso es lo que me huele esto. Cada uno a lo suyo, que ya me gustaría a mi ver más cosillas del crítico, ya.

   Nombre x       E-mail josemanolitomartinezcano@ya.es       Fecha 02-02-2004

qué clase de subnormal profundo es ese tal ángel alcalá?

   Nombre (Juan) Antonio Martínez Sarrión (el no-poeta)     E-mail vadim386@ono.com     Fecha 16-02-2004

Ale, que poca clase y que bestias!!! De verdad que vaya crítica... dan ganas de que no te reseñen en la página la verdad.

   Nombre Denis del libro       E-mail denisart@mail.es      Fecha 18-02-2004

Me he podido leer el "A por cadáveres" y la verdad es que estoy muy de acuerdo con la crítica de la página, en el sentido de que hay cuentos que me han gustado mucho y otros muy poco, aunque no coincida plenamnete con el crítico en los que menos me han ustado, pero si es verdad que cuando toca uno de lso cuentos más flojos dan ganas de chárselo en cara al autor, por lo buenos que son otros.
Espero que mi modesta opinión os pueda servir de algo. ciao.

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