Matías
Miguel Clemente (Albacete, 1978) es viejo conocido de los que
siguen los avatares de la nueva poesía albacetense en las
revistas autoeditadas que de tanto en tanto salpican los
mostradores de las librerías locales. Este su primer libro, Lo
que queda, flamante ganador del II Premio de Poesía Joven
Radio 3 y publicado nada menos que por DVD Ediciones, hace ya unos
meses que ocupa espacio en los procaces estantes de la siempre
denostada lírica. Evocadores versos de Cernuda (Por las esquinas
vagas de los sueños,/ Alta la madrugada, fue conmigo/ Tu imagen
bien amada, como un día/ En tiempos idos, cuando Dios lo quiso.)
preceden a un prólogo que no es tal, sino comienzo de lo que ha
de ser un viaje introspectivo hacia las realidades afectivas del
ser humano.
El
libro se extiende más allá de los poemas individuales para
conformar un largo canto al amor, y al desamor, de ahí que su
división en dos partes (Tras el desorden y Lo que queda)
y un pequeño epílogo sea más formal que temática. La amargura
que destilan algunos pasajes (“mirar a través la palabra tosca/
de todos los enemigos/ que te han intentado besar a mis espaldas”
“no sé cuántos colores hay/ entre la parsimonia/ con la que me
he quitado tanta ropa/ y la velocidad de las polillas/ en
destrozarla”) entronca con otros de profunda emotividad (“lo
que queda de la estancia soñada/ de la libertad licenciosa y
asesina/ que nos colorea como los niños hacen con sus padres/ y
sus fortunas”). Se trata de versos sencillos, sin alardes
métricos ni retorcidos experimentos lingüístico-estéticos, que
nos conducen —casi de la mano— de principio a fin,
enseñándonos una historia que bien puede ser la nuestra. Esta
progresión argumental viene expresada a través de su perfecta
cadencia rítmica y la potencia de las palabras, del adecuado
empleo de referencias religiosas —siempre presentes en la
lírica castellana— y de pequeñas pinceladas de ironía a modo
de ácidas sentencias.
La
fusión de elementos e imágenes contenidas en estas páginas se
alejan de la onírica percepción de los sentimientos del amante y
se hacen tangibles, una poética llena de realidad, y la realidad
es cruda (“porque ahora soy un caracol/ y por mucho que me
golpeo en las grietas/ el amor y el cemento/ no se ablandan”).
Matías Clemente ha logrado otorgarle al conjunto de sus poemas
esa naturalidad sincera con la que es fácil identificarse, esa
viva contradicción que padecemos entre el sentimiento y el deseo,
lo que se quiere y lo que se obtiene, lo que se va y lo que queda
del amor. Como un cantar, glosa las secuelas del acto amatorio,
hipérbole en última instancia del freudiano conflicto entre Eros
y Tanatos. En el fondo, no hay respuesta a la no pregunta de qué
es lo que queda.