La
ciudad tragada por la noche
por
Alfonso
Tornero
En
ocasiones, los libros, y por extensión, las historias, poseen la
inquietante cualidad de afectarnos personalmente, sea por unos u
otros factores. Al escribir o leer cualquier tipo de comentario
sobre Bajo la fría luz de octubre debe tenerse muy
presente este hecho.
La
misma obra nos aparece vestida de diversos aspectos genéricos. La
mirada infantil que sostiene la narración se ve distorsionada
en su lenguaje por la literatura, sin perder del todo una
sencillez clarificadora que debió confundir a los etiquetadores
del reino, quienes le colocaron el poco preciso sello de
“Infantil y Juvenil”. Bajo la fría luz de octubre no
es en ningún caso un libro para niños, aunque, por supuesto, a
los niños les convenga leerlo. Simplemente, la elección de ese lenguaje
directo y conciso resulta un acierto más del autor a la hora
de crear una crónica en extremo realista de una época de la
Historia de España que, por más que debiéramos conocer con
detalle, permanece ignorada por demasiadas personas.
Lo
más conmovedor consiste, como no podía ser menos, en el hecho de
que esta crónica sea en efecto una narración biográfica. A
pesar de la omisión directa del nombre de la ciudad donde
transcurre el relato, bastan los nombres de los protagonistas y
las referencias geográficas para ubicarnos inmediatamente en la
biografía como fuente literaria, sin que por ello la historia
pierda un ápice de su alcance universal para cualquier lector
sin implicación directa con los lugares y personas aquí
descritos.
Otro
logro a destacar de este libro es su carencia de neutralidad con
respecto al juicio moral, político y social de los
acontecimientos. Las huellas de la Guerra Civil Española se
manifiestan precisamente en este punto, en la pretensión absurda
de enfocar la crónica como un trabajo científico de disección,
de objetividad, de alejamiento, de indiferencia. Por fortuna, Bajo
la fría luz de octubre no guarda ningún pudor en tomar
partido (y en esto es sin duda más “biográfico” que en
ningún otro aspecto) por un bando y denunciar al otro, pero sin
tropezar ni caer en el discurso de “los buenos y los malos”,
porque jamás se pierde el eje de referencia que constituyen las
personas, tan ambiguas, impredecibles, heroicas, miserables,
mezquinas y llenas de bondad.
Quizá
por todo ello sea Bajo la fría luz de octubre un libro que
se lee con la emoción de la incertidumbre, con la inquietud por
la suerte de sus protagonistas, con la identificación plena con
el mundo que se desmorona en sus páginas. Todo estaba escrito en
la realidad antes de iniciarse la primera página, y aun así resulta
un ejercicio de épica el adentrarse en una historia no por
olvidada menos dolorosa. Además, volviendo al punto de las
implicaciones personales, el lector que comparte con los
protagonistas del libro la memoria de los hechos, bien
personalmente o bien en herencia de sus mayores, queda abocado a
reflexionar sobre la ciudad y la idiosincrasia de sus gentes, y
quizá se pregunte si, con antecedentes tales, existe la
posibilidad de presenciar un oscurecimiento similar al de la
ciudad tragada por la noche ante la amenaza de los bombardeos,
algo que tal vez resulte para muchos inimaginable, aunque caminen
todavía entre nosotros ancianos que lo presenciaron.
En
definitiva, una posible lectura de Bajo la fría luz de octubre
reside en su actualidad acusatoria, en la nada fantástica
afirmación de que muchos fantasmas del pasado viven en nuestra
propia casa, en la habitación de al lado, ignorados pero
reales. Conviene que haya libros que, cuestiones comerciales y
artísticas aparte, conserven su función de registro de momentos
importantes.
Febrero
2004 |