LAS VERDADERAS MENTIRAS de Miguel Ángel Carcelén

Título: LAS VERDADERAS MENTIRAS

Autor: Miguel Ángel Carcelén Gandía

Género: Biografía (242 pag./ año 2006 febrero)

Sinopsis: El autor y protagonista Miguel Ángel Carcelén, sacerdote de la diócesis de Albacete, cuenta sus peripecias en la misma el año inmediatamente anterior a su salida de la institución motivada por un cúmulo de censuras, irregularidades, denuncias de situaciones injustas, nepotismo y otras mil cacicadas más propias de mafiosos que de hombres de Dios.
El libro es duro, sin embargo, el autor no nos hurta la misericordia de aderezar algunas situaciones sangrantes con su toque de humor tan peculiar. Por supuesto que esta novela jamás llevaría la leyenda: Con censura eclesiástica. Demasiadas vergüenzas de la Iglesia se ponen en evidencia en estas páginas como para que la institución eclesial las viera con buenos ojos.

Gabriel Prieto: "Es un libro valiente, y su autor, como figura en la contraportada, un valiente o un inconsciente, un profeta o un sinvergüenza. Libro completamente inclasificable, si bien las historias que se cuentan entrelazadas son de gran calidad literaria y logran captar la atención desde el primer momento."

Cándido Balmes: "Libro muy duro y muy valiente que expone sin ambigüedades lo que muchos piensan de ciertos temas y situaciones de la Iglesia y no son capaces o no se atreven a decir".

Editor:  Publicaciones Acuman y Nuevo Rumbo Editorial    Precio: 14 € (10 € internet)
ISBN: 846099404X
 

Distribución: Albacete (librerías Herso y POPULAR, desde el 21 de marzo.) Almansa (librería Libros 10) y por internet al precio de 10 € solicitándolo al e-mail: ACUMAN@terra.es

 


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   Reproducción de las primeras páginas del libro
  
por Miguel Ángel Carcelén Gandía 

Cuando estoy revisando las páginas que van a continuación recibo la noticia de que uno de los personajes que por ellas desfila ha sido trasladado a las islas Canarias. Al sufrido lector no le costará reconocer su identidad, como tampoco la de muchos otros que aparecen innominados o con nombres ficticios. Incluso habrá quien, pese a mis esfuerzos, reconozca a quien no debe reconocer (extremo nada complicado, porque el mundillo que se describe es un microcosmos de planetas y satélites, sobre todo satélites, poco variado). Aún así, supongo, más de uno quedará sorprendido.

Jamás pensé que este libro se publicaría. Al principio porque todavía confiaba en la existencia de estructuras de gracia dentro de la jerarquía eclesiástica, y más tarde porque me fui enredando en asuntos bastante más importantes que el derecho al pataleo e hice pereza para revisar unas páginas escritas a toda prisa que no lograrían sino despertar maledicencias o crear peor ambiente del que ya existía entre mis antiguos compañeros. Si se hubiese publicado en su momento esta novela habría ido dedicada a quien hoy vuela rumbo a Canarias, sin ironías, sin rencor, todo lo contrario. A él le dije un día, a la cara, de tú a usted, que me parecía una buena persona, un cura mediocre y un pésimo obispo. Y lo encajó con tablas. El tiempo no tardó en demostrarme que me había hecho un inmenso favor al enseñarme la cara más humana de la institución en la que ambos militábamos. El tiempo fue demostrándome que él era un prisionero más del ala del castillo que creía gobernar, donde la mayoría de quienes decían servirle no hacían otra cosa que tenderle trampas y utilizarlo de bufón. Y quienes estaban por encima lo ningunearon, al menos en lo que a mis asuntos tocaba. Años después de haber acabado las peripecias que en el libro se cuentan recibí el ofrecimiento de reintegrarme a la vida sacerdotal, y la propuesta se me hizo desde Madrid, recalcándome que para nada me preocupara de mis antiguos superiores ni de mi antigua diócesis, que esta vez “el asunto iba a ser llevado por personas competentes”. Se me sugirió que no me inquietara por el tema del mantenimiento de mi compañera ni de mis hijos (si los tuviera) que la Iglesia proveería. No puedo detallar más porque me cargaría el argumento de otra novela que ya tengo comprometida. Pero nada desvelo, porque esto se publicó en diarios de tirada nacional, si digo que por aquel entonces la Iglesia pagaba ciento cincuenta mil pesetas mensuales por la mujer del sacerdote que volviese al redil, a las que había que sumar cien mil más por cada hijo que tuviese a su cargo, que en España había unos mil curas en esta situación y en el mundo cerca de veinte mil. Esto está reconocido por Darío Castrillón, quien fuera Prefecto para la Congregación Vaticana del Clero.

febrero 2006

* Leer artículo de opinión del autor a raíz del veto de venta para su libro en una librería de Albacete


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