Reproducción de las primeras
páginas del libro
por
Miguel Ángel
Carcelén Gandía
Cuando estoy revisando las páginas
que van a continuación recibo la noticia de que uno de los
personajes que por ellas desfila ha sido trasladado a las islas
Canarias. Al sufrido lector no le costará reconocer su
identidad, como tampoco la de muchos otros que aparecen
innominados o con nombres ficticios. Incluso habrá quien, pese a
mis esfuerzos, reconozca a quien no debe reconocer (extremo nada
complicado, porque el mundillo que se describe es un microcosmos
de planetas y satélites, sobre todo satélites, poco variado).
Aún así, supongo, más de uno quedará sorprendido.
Jamás pensé que este libro se
publicaría. Al principio porque todavía confiaba en la existencia de
estructuras de gracia dentro de la jerarquía eclesiástica, y más
tarde porque me fui enredando en asuntos bastante más importantes
que el derecho al pataleo e hice pereza para revisar unas páginas
escritas a toda prisa que no lograrían sino despertar maledicencias
o crear peor ambiente del que ya existía entre mis antiguos
compañeros. Si se hubiese publicado en su momento esta novela habría
ido dedicada a quien hoy vuela rumbo a Canarias, sin ironías, sin
rencor, todo lo contrario. A él le dije un día, a la cara, de tú a
usted, que me parecía una buena persona, un cura mediocre y un
pésimo obispo. Y lo encajó con tablas. El tiempo no tardó en
demostrarme que me había hecho un inmenso favor al enseñarme la cara
más humana de la institución en la que ambos militábamos. El tiempo
fue demostrándome que él era un prisionero más del ala del castillo
que creía gobernar, donde la mayoría de quienes decían servirle no
hacían otra cosa que tenderle trampas y utilizarlo de bufón. Y
quienes estaban por encima lo ningunearon, al menos en lo que a mis
asuntos tocaba. Años después de haber acabado las peripecias que en
el libro se cuentan recibí el ofrecimiento de reintegrarme a la vida
sacerdotal, y la propuesta se me hizo desde Madrid, recalcándome que
para nada me preocupara de mis antiguos superiores ni de mi antigua
diócesis, que esta vez “el asunto iba a ser llevado por personas
competentes”. Se me sugirió que no me inquietara por el tema del
mantenimiento de mi compañera ni de mis hijos (si los tuviera) que
la Iglesia proveería. No puedo detallar más porque me cargaría el
argumento de otra novela que ya tengo comprometida. Pero nada
desvelo, porque esto se publicó en diarios de tirada nacional, si
digo que por aquel entonces la Iglesia pagaba ciento cincuenta mil
pesetas mensuales por la mujer del sacerdote que volviese al redil,
a las que había que sumar cien mil más por cada hijo que tuviese a
su cargo, que en España había unos mil curas en esta situación y en
el mundo cerca de veinte mil. Esto está reconocido por Darío
Castrillón, quien fuera Prefecto para la Congregación Vaticana del
Clero.
febrero 2006
* Leer
artículo de opinión del autor a
raíz del veto de venta para su libro en una librería de Albacete |