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Editar
un libro por un escritor novel.
Experiencias y consejos.
por María
Teresa Segura
Empecé
a escribir desde que tengo uso de razón y cuando, por mi escasa
edad no sabía, lo hacía con el juego de la palabra verbalmente. Ha
significado, y siempre significará para mí, el fluido más
profundo y sincero de mi alma.
Cuando
plasmo lo que pienso, aparte del desahogo inmenso que siento, me doy
cuenta de que nuestras obras existen a través de los tiempos. Y que
lo que a una le ha servido, también le pueda valer a muchas
otras.
Decidiros
a conservar lo que escribáis, a compartirlo. Si
os ponéis manos a la obra seguro que podréis publicarlo como lo
hice yo, por primera vez hace dieciséis años.
En
esa época yo trabajaba esporádicamente en una empresa de seguros.
Era una multinacional. Allí todo el mundo se tiraba de los pelos
cuando se pisaban un seguro, porque cada seguro significaba una
comisión para quien lo vendía. Yo iba a lo mío, y en los enfrentamientos
que se sucedían solía serenar a los enfrentados leyéndoles un
poema. Reaccionaban enseguida y, al menos por un rato, había
ambiente de paz. Una de mis
compañeras un día llamó a un amigo editor y le habló de mí. Él
le preguntó sobre lo que yo escribía: era poesía. El editor
contestó que la poesía no era rentable, pero que, de todas formas,
quería conocerme. Aunque él nunca había publicado este género,
le gusto lo que le di y se decidió a publicarlo, poco después
firmamos el contrato editorial.
Aprendí,
sola en mi cocina, a corregir las galeradas (estas son las
copias que salen de los fotolitos, y son como el borrador del futuro
libro). La editorial se encargó de la fotocomposición. Y así, en
la Feria del libro de 1988 salió Yo nací para escribir. Mereció
la pena esforzarse.
Buscad
subvenciones si os las dan. Si no, sed valientes, yo no
tenía recursos para esta aventura y me decidía a hacerme empresaria
de mis libros, aún sin capital inicial. En
aquel tiempo, el que la editorial Bitácora publicara mi libro me
costó medio millón de las antiguas pesetas, para una tirada de dos
mil y pico ejemplares.
Pagar
al editor era mi primer reto. Y así empecé, aunque parezca
insólito, vendiendo mis libros incluso a píe de bolso, de
seis ejemplares en seis ejemplares (porque más de seis pesaban
mucho como para llevarlos encima allá en donde pudiera surgir la
venta). Hasta los niños por la playa de La Manga del Mar Menor
vendían mi obra. Yo a cambio les daba comisión de librero, y cómo
vendían...
La
distribuidora de mi editorial se llamaba La Unión, y, por aquel
entonces, funcionaba fatal, y las librerías (en
Madrid, Espasa Calpe, Antonio Machado, etc.. y del resto de España)
en donde coloqué mi libro tardaban mucho en pagarme. Así,
empecé a presentarlo, como pude, por toda España (sobre eso tengo
que agradecerles mucho a la gente de Radio Nacional, de Onda Cero y
a algunos periodistas que me ayudaron mucho, tanto en radio como en
prensa). Di recitales de
poesía a través de la radio, junto a las entrevistas, y
personalmente en las conferencias.
De
esta forma, en septiembre de aquel mismo año pude pagarle a mi
editor. Todo lo demás fueron ganancias. Para que digan que
"la poesía no es rentable". Parte de ese dinero lo
invertí cuatro años más tarde en mi siguiente libro, Pinceles
Marinos.
Quisiera
resaltar la ayuda de pintores, técnicos de imagen y sonido, etc,
albaceteños que me ayudaron en estos libros, como son: Pepe y
Miguel Ángel Aguilar Avilés, y, en mi ensayo escrito después, Un
grito de soledad, a Pedro Tornero Amorós. Ellos han ilustrado
mis libros y me han apoyado siempre.
Decidios
a publicar, es laborioso y vale al pena. Como veis, yo
compagino la literatura con ser ama de casa y madre, así me he ido
enriqueciendo por dentro, y completando mis esfuerzos con algo tan
especial como es ESCRIBIR.
Difundir
la cultura debía de ser una meta de todos nosotros, y que las
generaciones venideras la conozcan y atiendan para saber
seguir nuestros pasos.

Diciembre 2004 |