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CAPÍTULO XI

No había duda, aquello era un
moratón. Paula contempló el cardenal que tenía en el cuello
mirándose en el espejo del baño. Sonrió y se inspeccionó el resto
del cuerpo para ver si encontraba en su piel más huellas de la
pasión de Matías.
—Creo que mañana voy a tener unas
agujetas de muerte —dijo en voz alta, dirigiéndose a la imagen que
le reflejaba el espejo—. La falta de costumbre —añadió a modo de
explicación.
Mientras se aplicaba una crema
hidratante en el rostro, Paula rememoró la apasionada tarde que
había vivido con Matías. Cuatro veces habían hecho el amor, como si
a ambos les fuera la vida en ello. Como si hubieran pasado mucho
tiempo hambrientos, y al fin hubiera llegado la hora del festín.
Durante todo ese tiempo, apenas habían hablado. Sólo se acariciaban,
se besaban, se excitaban y empezaban otra vez.
Paula jamás había tenido una
experiencia similar. Nunca su cuerpo había vibrado así con las
caricias de su marido. Nunca se había mostrado tan desinhibida. Al
principio no, la primera vez apenas había hecho otra cosa que seguir
el consejo de Matías de “dejarse llevar”.
Luego, ella misma había explorado el
cuerpo de su amado y había hecho y dicho cosas que jamás se habría
atrevido a pensar ni en sueños. Era como si su sexualidad hubiera
despertado, después de permanecer dormida durante muchos años.
Al caer la tarde, exhaustos, se
habían vestido y habían salido a la terraza para contemplar cómo el
sol era tragado por el mar. Allí, abrazados, y besándose de vez en
cuando, habían permanecido en silencio viendo los colores del
atardecer y escuchando el murmullo de las olas, hasta que la noche
se echó encima y las estrellas tomaron sus habituales posiciones en
el cielo.
Luego, de pronto, Matías miró la hora
en su reloj, que había dejado en la mesilla de noche, y le entraron
muchas prisas por irse. Dijo que era muy tarde, y que su madre
estaría preocupada por él, al no haber dado señales de vida durante
todo el día. Paula le sugirió que la llamase para tranquilizarla,
pero Matías no quiso. Dijo que tenía que irse ya y que la llamaría
al día siguiente.
Antes de coger su coche para regresar
a San Roque, Matías se despidió de Paula estrechándola entre sus
brazos, con un apasionado beso. Hizo ademán de decir algo, pero
luego se calló:
—¿Qué ibas a decir? —preguntó ella.
—No, nada, que me gustas mucho...
Estoy un poco desconcertado ¿sabes? Hace siglos que no me sentía tan
bien con nadie —confesó— y eso me asusta.
Ahora, recordando esos momentos, la
tarde que habían pasado juntos, y lo rápido que había ocurrido todo,
Paula reconoció para sus adentros que ella también estaba asustada.
Más que asustada, estaba temblando. Todo eso era nuevo para ella.
Algo con lo que no contaba.
Por un momento le vino a la memoria
el día en que Paco y ella se comprometieron y el tiempo que
estuvieron de novios, antes de casarse. La idea de mantener
relaciones sexuales antes de la boda, en aquélla época, era
absolutamente impensable. A lo más que habían llegado era a cogerse
la mano, y hasta eso les causaba remordimientos; por lo menos a
ella.
Con Matías, sin embargo, todo había
ido tan deprisa que no le había dado tiempo ni a pensarlo. “Claro
que los tiempos han cambiado —razonó— y yo tampoco soy una
adolescente como cuando me enamoré de Paco”.
Apenas hacía una hora que Matías se
había marchado, y ya lo echaba de menos. ¿Cómo era eso posible?
—¿Cómo es posible que alguien a quien
acabas de conocer irrumpa de esa forma en tu vida, y de pronto te
resulte tan imprescindible? —se preguntó en voz alta.
A Paula se le pasó por la cabeza la
idea de llamarlo al móvil. Pero de pronto cayó en la cuenta de que
no tenía su número. Ella sí le había dejado el suyo cuando lo
conoció en la Biblioteca, pero Matías no se lo había dado.
—¡Ah, pero sí lo tengo! —dijo de
pronto con una alegría infantil—. Debe estar grabado en mi móvil,
cuando me ha llamado esta mañana.
Con rapidez, se dirigió al salón y
buscó su teléfono. Lo cogió y miró en las llamadas recibidas.
“¡Anda que no me ha costado trabajo
aprenderme el funcionamiento de este chisme! ¡Con lo negada que soy
yo para el manejo de todos estos aparatos modernos!” —pensó mientras
examinaba las llamadas.
—¡Aquí está!
Como sólo la llamaban sus hijos y su
nuera, no había sido difícil localizar un número desconocido, que no
tenía grabado en su agenda. Con cuidado de no borrarlo lo registró
en la guía telefónica del móvil. Pero dudó antes de llamarlo. ¡Tenía
tantas ganas de volver a hablar con él!
De pronto le vino a la cabeza una
imagen que, sin que ella fuera consciente, se le había quedado
grabada en su mente. Fue cuando estaban en el restaurante, en el
momento en que él había recibido una llamada en su móvil y, con
gesto de contrariedad, lo había desconectado. Sin saber por qué, en
aquel momento Paula tuvo la certeza de que quien lo llamaba era una
mujer.
La sospecha de esta posibilidad
empezó a aguijonearle, aunque ella quiso quitársela de la cabeza.
—Bueno ¿y qué pasa si era una mujer?
—se preguntó a si misma, dejando el móvil sobre su cama revuelta,
mientras buscaba el pijama— Lo normal es que un chico de su edad,
que permanece soltero, tenga amigas.
Esta reflexión se introdujo en su
pecho como si fuera un taladro venenoso. Queriendo ignorarla, empezó
a estirar la ropa de la cama con una energía fuera de lugar.
—¿Y si me ha engañado y tiene novia?
Al verbalizar este pensamiento, que
no quería alimentar pero que estaba en su interior con ganas de
salir afuera, Paula se sintió repentinamente muy triste y, sin poder
evitarlo, se tumbó en la cama y se echó a llorar.
Después de un rato, cuando alivió la
tensión que se había instalado en su pecho, se incorporó y se
interrogó en voz alta:
—¿Pero qué es lo que te pasa, si se
puede saber? ¿Estás mal de la cabeza o qué? Vaya forma de aguarte la
fiesta —añadió reprendiéndose a sí misma—. Ya te ha dicho que no
tiene novia, ¿a qué viene todo esto? Desde luego, hija mía, te las
pintas sola para complicarte la vida y montarte películas absurdas.
No, si mi hija tiene razón cuando dice que...
Paula interrumpió su monólogo al
acordarse de Elena. Saltó de la cama y cogió el móvil para llamarla.
—¿Cómo he podido olvidarme de ella?
No tengo perdón de Dios —dijo mientras aguardaba, inquieta, a que su
hija cogiera el teléfono.
Pero no fue Elena la voz que
respondió, sino su nieta.
—Hola Clara, soy la abuela, ¿está
mamá?
La palabra abuela le pareció
totalmente fuera de lugar en esos momentos. Para nada se sentía una
abuela y, sin embargo, no porque hubiera hecho el amor toda la tarde
con Matías, dejaba de tener una nieta.
—Mamá está acostada en su habitación
—dijo la cría— ¿quieres que la llame?
—Pues... no sé —dudó Paula— ¿y tú que
estabas haciendo?
—Estaba viendo la tele.
—Muy bien. ¿Has ido hoy al cole?
—Pero abuela, si hoy es fiesta, no ha
habido colegio —respondió Clara con el tono que hubiera empleado una
persona adulta.
—¡Es verdad, que tonta soy!... Y
papá, ¿está ahí? —se atrevió a preguntar Paula.
—Papá ya no va a vivir aquí. Ha
cogido sus cosas y se ha marchado —añadió Clara, como si fuera lo
más natural del mundo—. Creo que se ha peleado con mamá.
Al escuchar las palabras de su nieta,
a Paula se le aceleró el corazón, y apenas tuvo fuerzas para
preguntar:
—¿Cómo que ya no va a vivir allí?
—Eso me ha dicho. Y que no me
preocupe, que vivirá en otra casa y yo podré ir a verle y quedarme a
dormir.
—Anda Clara, bonica, dile a mamá que
se ponga —dijo Paula, cada vez más preocupada.
—¿Y si está durmiendo la despierto?
—preguntó la niña.
—Sí, aunque esté durmiendo
despiértala y dile que la abuela quiere hablar con ella... O mejor
aún, llévale el teléfono a la cama ¿vale?
—Vale —respondió Clara, llamando a su
madre por el pasillo mientras le acercaba el inalámbrico a su
dormitorio.
Hasta que Elena cogió el teléfono
transcurrieron unos segundos que a Paula le parecieron eternos.
Aunque en su fuero interno pensaba que lo mejor que podía haber
ocurrido era que su yerno abandonase la casa, estaba muy preocupada
pensando en el sufrimiento de su hija.
Pero, sobre todo, se sentía culpable
consigo misma por haberse olvidado durante todo el día de Elena. No
tenía más remedio que reconocer que, entre los brazos de Matías, su
papel de madre había quedado relegado a un segundo plano, desplazado
por el de mujer y amante. Y en esos momentos, era algo que no se
podía perdonar a sí misma.
Mientras se hacía estas reflexiones,
Elena cogió por fin el teléfono y, con una voz que parecía salida de
ultratumba, balbuceó:
—Hola, mamá
—¿Qué ha pasado? —preguntó Paula—.
Clara me ha dicho que Jorge se ha ido.
—Sí. Ha cogido la maleta y se ha ido
de casa —respondió Elena, lacónicamente.
—¿Y tú cómo te encuentras?
—Ya te lo puedes imaginar... No se
puede decir que éste sea mi mejor momento —respondió en un intento
patético por bromear.
Era evidente que Elena no tenía ganas
de hablar y Paula no quería forzarla. Aún así continuó preguntando.
No se le ocurría nada mejor para intentar consolarla.
—Bueno, ¿y cómo ha sido? ¿Habéis
discutido? ¿Cómo es que ha tomado esa decisión?
—La verdad es que no tengo muchas
ganas de hablar, mamá —respondió Elena suspirando—. Sólo tengo ganas
de llorar, pero ya no me quedan ni fuerzas ni lágrimas.
—Comprendo que no tengas ganas de
hablar ahora. Y, además, este no es un tema para tratarlo por
teléfono. Mira, mañana por la mañana cojo el primer tren que salga y
me voy a tu casa.
—Pero...
—Nada de peros —la interrumpió Paula
con contundencia—. Como tú decías, mi presencia allí era un estorbo
si estaba Jorge en casa... Pero ahora ya no está y tú me necesitas.
Las palabras de Paula fueron seguidas
por un molesto silencio. Finalmente, con voz serena, Elena dijo a su
madre:
—No te ofendas pero la verdad es que
no te necesito, mamá. Esta situación la tengo que afrontar yo sola,
y no creo que tu presencia me consuele.
Paula se quedó desconcertada al
escuchar a su hija, y no supo qué decir. Reflexionó unos segundos y
decidió que no era el momento de hacerse la ofendida. Lo supiera o
no, Elena la necesitaba. Armándose de valor, le respondió:
—Puede que tú no me necesites, pero
como soy tu madre, yo sí necesito ir allí para ver cómo te
encuentras. Como comprenderás, después de lo que estás pasando no me
voy a quedar tranquila con una simple llamada telefónica. Así que
mañana nos vemos... Ah, y no te preocupes por la hora de mi llegada
—añadió con resolución—. Cuando esté ahí cogeré un taxi y me iré
para tu casa. De todas formas, no llegaré antes de media tarde.
Paula dio por finalizada la
conversación con su hija, antes de que Elena pudiera protestar de
nuevo. Con decisión, sacó de un armario empotrado del pasillo un
bolso de viaje, y empezó a guardar algunas prendas de vestir. No
tenía ni idea del tiempo que iba a estar en la Gran Ciudad. De lo
que sí estaba segura, sin ninguna duda, era de que debía ir.
Mientras preparaba el equipaje,
rechazó la posibilidad de llamar por teléfono a Matías. “Mejor no le
llamo esta noche —razonó— ya tendré tiempo de hablarle mañana de mi
viaje. Ahora lo que tengo que hacer es acostarme cuanto antes,
porque mañana tengo que madrugar”.
Paula se metió en la cama y apagó
inmediatamente la luz. Sin embargo, algo en su interior le impedía
conciliar el sueño. Era una especie de punzada que se había
instalado en su pecho y, aunque no quisiera reconocerlo, sabía cual
era el origen de su malestar.
Eran las palabras de su hija, cuando
había dicho que no la necesitaba. Al pensar en ellas, y sin poder
evitarlo, se le saltaron las lágrimas. Lloró un rato y sintió un
profundo desahogo. Más serena, empezó a pensar en la relación que
tenía con su hija. Tuvo que reconocer que, en realidad, era muy
superficial. Vivían en mundos distintos y rara vez se hacían
confidencias sobre lo que cada una sentía.
Pensó en Matías y el corazón se
aceleró en su pecho. ¿Le hablaría a Elena de su romance con él?
—¿Cómo le voy a decir a mi propia
hija que tengo un rollo con un jovencito que, por la edad, podría
ser mi hijo? —dijo en voz alta.
La palabra “rollo” salida de sus
labios la hizo sonreír. Pero luego se quedó muy seria. ¿Era un rollo
lo que había tenido con Matías o había algo más? ¿Aquello era amor o
sólo había sido un desahogo sexual?... Tanta pregunta empezaba a
provocarle dolor de cabeza.
—¡Para, Paula! —se ordenó a sí misma—
para, que te conozco. Se acabó el interrogatorio. Y ahora a dormir,
que mañana hay que madrugar.
Como si estuviera obedeciendo una
orden incuestionable, Paula se acurrucó bajo el edredón, se colocó
boca abajo, en su habitual posición para dormir y cerró los ojos.
Para evitar pensar, empezó a contar ovejitas.
Matías entró en su casa y detectó un
gesto de reproche en el rostro de su madre.
—¿Dónde te has metido? —preguntó—
Susana ha llamado varias veces porque no te localizaba. Dice que
tenías el móvil apagado.
—Sí, ya he visto que tenía varias
llamadas perdidas suyas —respondió Matías, ignorando la primera
pregunta.
—¿Te pasa algo? ¿Tienes algún
problema? —insistió su madre.
—No —dijo Matías de forma tajante,
mirándola fijamente— ¿Tengo cara de tener algún problema?
—Pues no sé. Últimamente estás muy
raro —dijo Eva.
—Hombre, por lo visto el único
problema que tengo es que no me puedo mover sin tener que dar
explicaciones a ti y a Susana... Y la verdad, tanto control me
cabrea un poco —respondió Matías con evidente mal humor.
—A mí no me tienes que dar
explicaciones —subrayó su madre— en todo caso se las tendrás que dar
a tu novia...
—¿A qué novia? —la interrumpió
Matías.
—¿A qué novia va a ser? A la tuya.
—Si te refieres a Susana, yo nunca he
dicho que fuera mi novia. Al menos no en el sentido que tanto ella
como tú os lo tomáis.
—¡Esta sí que es buena! —dijo Eva,
también de mal humor— si Susana no es tu novia, deberías decírselo.
A mi eso me da igual. ¡Bastante tengo con tu padre como para estar
pendiente de lo que tú haces o dejas de hacer!
Matías no respondió. En realidad su
madre no tenía la culpa del lío en el que se había metido. Porque,
evidentemente, había que estar mal de la cabeza para tener una novia
a la que no quería y, además, liarse con una mujer que podía ser su
madre. Por cierto, ¿qué pensaría Eva de una hipotética relación con
Paula? Sólo de pensarlo, empezó a dolerle la cabeza, pero no
verbalizó nada de lo que pasaba por su mente. Suavizando el tono de
voz, preguntó a su madre:
—Y Adán ¿te ha dado mucha guerra hoy?
—No, hoy se ha pasado todo el día
dormitando en el sillón. Yo creo que el tratamiento nuevo que le han
puesto lo está atontando... Cuando está así me paso todo el rato
mirándolo, para ver si respira —añadió sin poder evitar que se le
escapase un sollozo.
Al escuchar a su madre, Matías sintió
remordimientos. Debería preocuparse más por su padre, pero estaba
harto. ¿Acaso no tenía derecho a un poco de asueto? ¡Se sentía tan
agobiado!
—Venga, no te preocupes —consoló a
Eva— ya sabes que si no está medio atontado por la medicación, es
mucho peor. No hay quien lo controle. ¿Cuántas veces se ha escapado
de casa y no hemos sabido dónde estaba? ¿Cuántas veces se ha puesto
agresivo y se ha metido en follones con la gente? Ya sé que es duro,
mamá, pero no hay más remedio que tenerlo medio sedado. Nos lo ha
explicado el psiquiatra muchas veces.
—Sí, ya lo sé —respondió Eva con
resignación— pero es que vivir así no es vivir. Ni él ni nosotros.
Esto no es vida, es un infierno.
Matías permaneció en silencio
escuchando las palabras de su madre. El sonido de su teléfono móvil
le sobresaltó. Cogió el aparato del bolsillo de la chaqueta y
comprobó, con fastidio, que se trataba de Susana. “La que faltaba”,
pensó.
Por unos instantes dudó. No sabía si
cogerlo o no, aunque estaba claro que no deseaba hablar con ella. Su
madre dijo: “Será Susana otra vez”, y Matías razonó que, si no lo
cogía, ella seguiría insistiendo. Finalmente, apretó a la tecla
verde que descolgaba, y escuchó su voz:
—¡Por fin! ¿Dónde te has metido?
Estaba muy preocupada.
—Vaya —dijo Matías— eso mismo me ha
dicho mi madre. Ni que os hubierais puesto de acuerdo.
Sus palabras fueron seguidas de un
tenso silencio. Susana captaba perfectamente que Matías no estaba de
humor para hablar y que le molestaba su llamada. Aún así insistió:
—Es que te he llamado varias veces y
tenías el móvil desconectado. Como tampoco estabas en tu casa, y tu
madre no sabía dónde habías ido...
Matías ni escuchaba ni tenía ganas de
responder. Tampoco estaba de humor para tener una bronca con Susana.
No, esa noche no, aunque era evidente que la situación se iba
poniendo inaguantable, y en algún momento habría que aclararla.
“Claro que para eso tendré que aclararme yo primero” —pensó. Susana
seguía hablando, y Matías la interrumpió:
—No me pasa nada. Pero me siento muy
agobiado. Por eso he cogido el coche y me he ido a pasar el día por
ahí yo solo. Necesito soledad y no me ayuda nada el que tú me estés
llamando continuamente por teléfono para ver dónde estoy, qué pienso
y qué hago. Por eso he desconectado el móvil, porque necesitaba
estar solo. Solo. ¿Lo entiendes? Yo creo que no es tan difícil.
El tono de voz era lo suficientemente
convincente como para que Susana lo entendiera, sin ningún género de
dudas. Mucho menos alterada que al principio de la conversación le
respondió:
—Perdona, no sabía que necesitabas
estar solo. Si me lo hubieras dicho, no te habría llamado —dijo en
tono conciliador— ¿Cómo no voy a entender que necesites estar solo?
Todo el mundo lo necesita.
Si Susana hubiera seguido echándole
la bronca, Matías lo habría comprendido, pero lo que le ponía de los
nervios era precisamente que ella utilizase ese tono comprensivo y
bondadoso. Esa especie de candidez que la caracterizaba. Por eso
Matías decidió ser cínico, y poner fin a la conversación cuanto
antes.
—Me alegro mucho que me comprendas.
De verdad. Como mañana te toca descansar después de la guardia, si
quieres hablamos. Ahora estoy bastante agotado y me gustaría meterme
en la cama cuanto antes. ¿Te parece?
—Sí, claro —respondió una Susana
sonriente— Espero que la soledad de hoy al menos te haya servido
para poner en orden tus ideas y tranquilizarte.
“No te jode. Eso tiene, que me he
aclarado. Si tú supieras...” pensó Matías. No obstante, respondió a
Susana:
—Sí, me ha servido mucho... Gracias
por tu comprensión, Susana. Hasta mañana —añadió, colgando, antes de
escuchar la respuesta al otro lado.
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