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CAPÍTULO XI

Ilustración de Sergio Bleda para el undécimo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

No había duda, aquello era un moratón. Paula contempló el cardenal que tenía en el cuello mirándose en el espejo del baño. Sonrió y se inspeccionó el resto del cuerpo para ver si encontraba en su piel más huellas de la pasión de Matías.

—Creo que mañana voy a tener unas agujetas de muerte —dijo en voz alta, dirigiéndose a la imagen que le reflejaba el espejo—. La falta de costumbre —añadió a modo de explicación.

Mientras se aplicaba una crema hidratante en el rostro, Paula rememoró la apasionada tarde que había vivido con Matías. Cuatro veces habían hecho el amor, como si a ambos les fuera la vida en ello. Como si hubieran pasado mucho tiempo hambrientos, y al fin hubiera llegado la hora del festín.  Durante todo ese tiempo, apenas habían hablado. Sólo se acariciaban, se besaban, se excitaban y empezaban otra vez.

Paula jamás había tenido una experiencia similar. Nunca su cuerpo había vibrado así con las caricias de su marido. Nunca se había mostrado tan desinhibida. Al principio no, la primera vez apenas había hecho otra cosa que seguir el consejo de Matías de “dejarse llevar”.

Luego, ella misma había explorado el cuerpo de su amado y había hecho y dicho cosas que jamás se habría atrevido a pensar ni en sueños. Era como si su sexualidad hubiera despertado, después de permanecer dormida durante muchos años.

Al caer la tarde, exhaustos, se habían vestido y habían salido a la terraza para contemplar cómo el sol era tragado por el mar. Allí, abrazados, y besándose de vez en cuando, habían permanecido en silencio viendo los colores del atardecer y escuchando el murmullo de las olas, hasta que la noche se echó encima y las estrellas tomaron sus habituales posiciones en el cielo.

Luego, de pronto, Matías miró la hora en su reloj, que había dejado en la mesilla de noche, y le entraron muchas prisas por irse. Dijo que era muy tarde, y que su madre estaría preocupada por él, al no haber dado señales de vida durante todo el día. Paula le sugirió que la llamase para tranquilizarla, pero Matías no quiso. Dijo que tenía que irse ya y que la llamaría al día siguiente.

Antes de coger su coche para regresar a San Roque, Matías se despidió de Paula estrechándola entre sus brazos, con un apasionado beso. Hizo ademán de decir algo, pero luego se calló:

—¿Qué ibas a decir? —preguntó ella.

—No, nada, que me gustas mucho... Estoy un poco desconcertado ¿sabes? Hace siglos que no me sentía tan bien con nadie —confesó— y eso me asusta.

Ahora, recordando esos momentos, la tarde que habían pasado juntos, y lo rápido que había ocurrido todo, Paula reconoció para sus adentros que ella también estaba asustada. Más que asustada, estaba temblando. Todo eso era nuevo para ella. Algo con lo que no contaba.

Por un momento le vino a la memoria el día en que Paco y ella se comprometieron y el tiempo que estuvieron de novios, antes de casarse. La idea de mantener relaciones sexuales antes de la boda, en aquélla época, era absolutamente impensable. A lo más que habían llegado era a cogerse la mano, y hasta eso les causaba remordimientos; por lo menos a ella.

Con Matías, sin embargo, todo había ido tan deprisa que no le había dado tiempo ni a pensarlo. “Claro que los tiempos han cambiado —razonó— y yo tampoco soy una adolescente como cuando me enamoré de Paco”.

Apenas hacía una hora que Matías se había marchado, y ya lo echaba de menos. ¿Cómo era eso posible?

—¿Cómo es posible que alguien a quien acabas de conocer irrumpa de esa forma en tu vida, y de pronto te resulte tan imprescindible? —se preguntó en voz alta.

A Paula se le pasó por la cabeza la idea de llamarlo al móvil. Pero de pronto cayó en la cuenta de que no tenía su número. Ella sí le había dejado el suyo cuando lo conoció en la Biblioteca, pero Matías no se lo había dado.

—¡Ah, pero sí lo tengo! —dijo de pronto con una alegría infantil—. Debe estar grabado en mi móvil, cuando me ha llamado esta mañana.

Con rapidez, se dirigió al salón y buscó su teléfono. Lo cogió y miró en las llamadas recibidas.

“¡Anda que no me ha costado trabajo aprenderme el funcionamiento de este chisme! ¡Con lo negada que soy yo para el manejo de todos estos aparatos modernos!” —pensó mientras examinaba las llamadas.

—¡Aquí está!

Como sólo la llamaban sus hijos y su nuera, no había sido difícil localizar un número desconocido, que no tenía grabado en su agenda. Con cuidado de no borrarlo lo registró en la guía telefónica del móvil. Pero dudó antes de llamarlo. ¡Tenía tantas ganas de volver a hablar con él!

De pronto le vino a la cabeza una imagen que, sin que ella fuera consciente, se le había quedado grabada en su mente. Fue cuando estaban en el restaurante, en el momento en que él había recibido una llamada en su móvil y, con gesto de contrariedad, lo había desconectado. Sin saber por qué, en aquel momento Paula tuvo la certeza de que quien lo llamaba era una mujer.

La sospecha de esta posibilidad empezó a aguijonearle, aunque ella quiso quitársela de la cabeza.

—Bueno ¿y qué pasa si era una mujer? —se preguntó a si misma, dejando el móvil sobre su cama revuelta, mientras buscaba el pijama— Lo normal es que un chico de su edad, que permanece soltero, tenga amigas.

Esta reflexión se introdujo en su pecho como si fuera un taladro venenoso. Queriendo ignorarla, empezó a estirar la ropa de la cama con una energía fuera de lugar.

—¿Y si me ha engañado y tiene novia?

Al verbalizar este pensamiento, que no quería alimentar pero que estaba en su interior con ganas de salir afuera, Paula se sintió repentinamente muy triste y, sin poder evitarlo, se tumbó en la cama y se echó a llorar.

Después de un rato, cuando alivió la tensión que se había instalado en su pecho, se incorporó y se interrogó en voz alta:

—¿Pero qué es lo que te pasa, si se puede saber? ¿Estás mal de la cabeza o qué? Vaya forma de aguarte la fiesta —añadió reprendiéndose a sí misma—. Ya te ha dicho que no tiene novia, ¿a qué viene todo esto? Desde luego, hija mía, te las pintas sola para complicarte la vida y montarte películas absurdas. No, si mi hija tiene razón cuando dice que...

Paula interrumpió su monólogo al acordarse de Elena. Saltó de la cama y cogió el móvil para llamarla.

—¿Cómo he podido olvidarme de ella? No tengo perdón de Dios —dijo mientras aguardaba, inquieta, a que su hija cogiera el teléfono.

Pero no fue Elena la voz que respondió, sino su nieta.

—Hola Clara, soy la abuela, ¿está mamá?

 

La palabra abuela le pareció totalmente fuera de lugar en esos momentos. Para nada se sentía una abuela y, sin embargo, no porque hubiera hecho el amor toda la tarde con Matías, dejaba de tener una nieta.

 

—Mamá está acostada en su habitación —dijo la cría— ¿quieres que la llame?

—Pues... no sé —dudó Paula— ¿y tú que estabas haciendo?

—Estaba viendo la tele.

—Muy bien. ¿Has ido hoy al cole?

—Pero abuela, si hoy es fiesta, no ha habido colegio —respondió Clara con el tono que hubiera empleado una persona adulta.

—¡Es verdad, que tonta soy!... Y papá, ¿está ahí? —se atrevió a preguntar Paula.

—Papá ya no va a vivir aquí. Ha cogido sus cosas y se ha marchado —añadió Clara, como si fuera lo más natural del mundo—. Creo que se ha peleado con mamá.

Al escuchar las palabras de su nieta, a Paula se le aceleró el corazón, y apenas tuvo fuerzas para preguntar:

—¿Cómo que ya no va a vivir allí?

—Eso me ha dicho. Y que no me preocupe, que vivirá en otra casa y yo podré ir a verle y quedarme a dormir.

—Anda Clara, bonica, dile a mamá que se ponga —dijo Paula, cada vez más preocupada.

—¿Y si está durmiendo la despierto? —preguntó la niña.

—Sí, aunque esté durmiendo despiértala y dile que la abuela quiere hablar con ella... O mejor aún, llévale el teléfono a la cama ¿vale?

—Vale —respondió Clara, llamando a su madre por el pasillo mientras le acercaba el inalámbrico a su dormitorio.

Hasta que Elena cogió el teléfono transcurrieron unos segundos que a Paula le parecieron eternos. Aunque en su fuero interno pensaba que lo mejor que podía haber ocurrido era que su yerno abandonase la casa, estaba muy preocupada pensando en el sufrimiento de su hija.

Pero, sobre todo, se sentía culpable consigo misma por haberse olvidado durante todo el día de Elena. No tenía más remedio que reconocer que, entre los brazos de Matías, su papel de madre había quedado relegado a un segundo plano, desplazado por el de mujer y amante. Y en esos momentos, era algo que no se podía perdonar a sí misma.

Mientras se hacía estas reflexiones, Elena cogió por fin el teléfono y, con una voz que parecía salida de ultratumba, balbuceó:

—Hola, mamá

—¿Qué ha pasado? —preguntó Paula—. Clara me ha dicho que Jorge se ha ido.

—Sí. Ha cogido la maleta y se ha ido de casa —respondió Elena, lacónicamente.

—¿Y tú cómo te encuentras?

—Ya te lo puedes imaginar... No se puede decir que éste sea mi mejor momento —respondió en un intento patético por bromear.

Era evidente que Elena no tenía ganas de hablar y Paula no quería forzarla. Aún así continuó preguntando. No se le ocurría nada mejor para intentar consolarla.

—Bueno, ¿y cómo ha sido? ¿Habéis discutido? ¿Cómo es que ha tomado esa decisión?

—La verdad es que no tengo muchas ganas de hablar, mamá —respondió Elena suspirando—. Sólo tengo ganas de llorar, pero ya no me quedan ni fuerzas ni lágrimas.

—Comprendo que no tengas ganas de hablar ahora. Y, además, este no es un tema para tratarlo por teléfono. Mira, mañana por la mañana cojo el primer tren que salga y me voy a tu casa.

—Pero...

—Nada de peros —la interrumpió Paula con contundencia—. Como tú decías, mi presencia allí era un estorbo si estaba Jorge en casa... Pero ahora ya no está y tú me necesitas.

Las palabras de Paula fueron seguidas por un molesto silencio. Finalmente, con voz serena, Elena dijo a su madre:

—No te ofendas pero la verdad es que no te necesito, mamá. Esta situación la tengo que afrontar yo sola, y no creo que tu presencia me consuele.

 

Paula se quedó desconcertada al escuchar a su hija, y no supo qué decir. Reflexionó unos segundos y decidió que no era el momento de hacerse la ofendida. Lo supiera o no, Elena la necesitaba. Armándose de valor, le respondió:

—Puede que tú no me necesites, pero como soy tu madre, yo sí necesito ir allí para ver cómo te encuentras. Como comprenderás, después de lo que estás pasando no me voy a quedar tranquila con una simple llamada telefónica. Así que mañana nos vemos... Ah, y no te preocupes por la hora de mi llegada —añadió con resolución—. Cuando esté ahí cogeré un taxi y me iré para tu casa. De todas formas, no llegaré antes de media tarde.

 

Paula dio por finalizada la conversación con su hija, antes de que Elena pudiera protestar de nuevo. Con decisión, sacó de un armario empotrado del pasillo un bolso de viaje, y empezó a guardar algunas prendas de vestir. No tenía ni idea del tiempo que iba a estar en la Gran Ciudad. De lo que sí estaba segura, sin ninguna duda, era de que debía ir.

Mientras preparaba el equipaje, rechazó la posibilidad de llamar por teléfono a Matías. “Mejor no le llamo esta noche —razonó— ya tendré tiempo de hablarle mañana de mi viaje. Ahora lo que tengo que hacer es acostarme cuanto antes, porque mañana tengo que madrugar”.

Paula se metió en la cama y apagó inmediatamente la luz. Sin embargo, algo en su interior le impedía conciliar el sueño. Era una especie de punzada que se había instalado en su pecho y, aunque no quisiera reconocerlo, sabía cual era el origen de su malestar.

Eran las palabras de su hija, cuando había dicho que no la necesitaba. Al pensar en ellas, y sin poder evitarlo, se le saltaron las lágrimas. Lloró un rato y sintió un profundo desahogo. Más serena, empezó a pensar en la relación que tenía con su hija. Tuvo que reconocer que, en realidad, era muy superficial. Vivían en mundos distintos y rara vez se hacían confidencias sobre lo que cada una sentía.

Pensó en Matías y el corazón se aceleró en su pecho. ¿Le hablaría a Elena de su romance con él?

—¿Cómo le voy a decir a mi propia hija que tengo un rollo con un jovencito que, por la edad, podría ser mi hijo? —dijo en voz alta.

La palabra “rollo” salida de sus labios la hizo sonreír. Pero luego se quedó muy seria. ¿Era un rollo lo que había tenido con Matías o había algo más? ¿Aquello era amor o sólo había sido un desahogo sexual?... Tanta pregunta empezaba a provocarle dolor de cabeza.

—¡Para, Paula! —se ordenó a sí misma— para, que te conozco. Se acabó el interrogatorio. Y ahora a dormir, que mañana hay que madrugar.

Como si estuviera obedeciendo una orden incuestionable, Paula se acurrucó bajo el edredón, se colocó boca abajo, en su habitual posición para dormir y cerró los ojos. Para evitar pensar, empezó a contar ovejitas.

 

Matías entró en su casa y detectó un gesto de reproche en el rostro de su madre.

—¿Dónde te has metido? —preguntó— Susana ha llamado varias veces porque no te localizaba. Dice que tenías el móvil apagado.

—Sí, ya he visto que tenía varias llamadas perdidas suyas —respondió Matías, ignorando la primera pregunta.

—¿Te pasa algo? ¿Tienes algún problema? —insistió su madre.

—No —dijo Matías de forma tajante, mirándola fijamente— ¿Tengo cara de tener algún problema?

—Pues no sé. Últimamente estás muy raro —dijo Eva.

—Hombre, por lo visto el único problema que tengo es que no me puedo mover sin tener que dar explicaciones a ti y a Susana... Y la verdad, tanto control me cabrea un poco —respondió Matías con evidente mal humor.

—A mí no me tienes que dar explicaciones —subrayó su madre— en todo caso se las tendrás que dar a tu novia...

—¿A qué novia? —la interrumpió Matías.

—¿A qué novia va a ser? A la tuya.

—Si te refieres a Susana, yo nunca he dicho que fuera mi novia. Al menos no en el sentido que tanto ella como tú os lo tomáis.

—¡Esta sí que es buena! —dijo Eva, también de mal humor— si Susana no es tu novia, deberías decírselo. A mi eso me da igual. ¡Bastante tengo con tu padre como para estar pendiente de lo que tú haces o dejas de hacer!

 

Matías no respondió. En realidad su madre no tenía la culpa del lío en el que se había metido. Porque, evidentemente, había que estar mal de la cabeza para tener una novia a la que no quería y, además, liarse con una mujer que podía ser su madre. Por cierto, ¿qué pensaría Eva de una hipotética relación con Paula? Sólo de pensarlo, empezó a dolerle la cabeza, pero no verbalizó nada de lo que pasaba por su mente. Suavizando el tono de voz, preguntó a su madre:

—Y Adán ¿te ha dado mucha guerra hoy?

—No, hoy se ha pasado todo el día dormitando en el sillón. Yo creo que el tratamiento nuevo que le han puesto lo está atontando... Cuando está así me paso todo el rato mirándolo, para ver si respira —añadió sin poder evitar que se le escapase un sollozo.

Al escuchar a su madre, Matías sintió remordimientos. Debería preocuparse más por su padre, pero estaba harto. ¿Acaso no tenía derecho a un poco de asueto? ¡Se sentía tan agobiado!

—Venga, no te preocupes —consoló a Eva— ya sabes que si no está medio atontado por la medicación, es mucho peor. No hay quien lo controle. ¿Cuántas veces se ha escapado de casa y no hemos sabido dónde estaba? ¿Cuántas veces se ha puesto agresivo y se ha metido en follones con la gente? Ya sé que es duro, mamá, pero no hay más remedio que tenerlo medio sedado. Nos lo ha explicado el psiquiatra muchas veces.

—Sí, ya lo sé —respondió Eva con resignación— pero es que vivir así no es vivir. Ni él ni nosotros. Esto no es vida, es un infierno.

Matías permaneció en silencio escuchando las palabras de su madre. El sonido de su teléfono móvil le sobresaltó. Cogió el aparato del bolsillo de la chaqueta y comprobó, con fastidio, que se trataba de Susana. “La que faltaba”, pensó.

Por unos instantes dudó. No sabía si cogerlo o no, aunque estaba claro que no deseaba hablar con ella. Su madre dijo: “Será Susana otra vez”, y Matías razonó que, si no lo cogía, ella seguiría insistiendo. Finalmente, apretó a la tecla verde que descolgaba, y escuchó su voz:

—¡Por fin! ¿Dónde te has metido? Estaba muy preocupada.

—Vaya —dijo Matías— eso mismo me ha dicho mi madre. Ni que os hubierais puesto de acuerdo.

Sus palabras fueron seguidas de un tenso silencio. Susana captaba perfectamente que Matías no estaba de humor para hablar y que le molestaba su llamada. Aún así insistió:

—Es que te he llamado varias veces y tenías el móvil desconectado. Como tampoco estabas en tu casa, y tu madre no sabía dónde habías ido...

Matías ni escuchaba ni tenía ganas de responder. Tampoco estaba de humor para tener una bronca con Susana. No, esa noche no, aunque era evidente que la situación se iba poniendo inaguantable, y en algún momento habría que aclararla. “Claro que para eso tendré que aclararme yo primero” —pensó. Susana seguía hablando, y Matías la interrumpió:

—No me pasa nada. Pero me siento muy agobiado. Por eso he cogido el coche y me he ido a pasar el día por ahí yo solo. Necesito soledad y no me ayuda nada el que tú me estés llamando continuamente por teléfono para ver dónde estoy, qué pienso y qué hago. Por eso he desconectado el móvil, porque necesitaba estar solo. Solo. ¿Lo entiendes? Yo creo que no es tan difícil.

El tono de voz era lo suficientemente convincente como para que Susana lo entendiera, sin ningún género de dudas. Mucho menos alterada que al principio de la conversación le respondió:

—Perdona, no sabía que necesitabas estar solo. Si me lo hubieras dicho, no te habría llamado —dijo en tono conciliador— ¿Cómo no voy a entender que necesites estar solo? Todo el mundo lo necesita.

Si Susana hubiera seguido echándole la bronca, Matías lo habría comprendido, pero lo que le ponía de los nervios era precisamente que ella utilizase ese tono comprensivo y bondadoso. Esa especie de candidez que la caracterizaba. Por eso Matías decidió ser cínico, y poner fin a la conversación cuanto antes.

—Me alegro mucho que me comprendas. De verdad. Como mañana te toca descansar después de la guardia, si quieres hablamos. Ahora estoy bastante agotado y me gustaría meterme en la cama cuanto antes. ¿Te parece?

—Sí, claro —respondió una Susana sonriente— Espero que la soledad de hoy al menos te haya servido para poner en orden tus ideas y tranquilizarte.

 

“No te jode. Eso tiene, que me he aclarado. Si tú supieras...” pensó Matías. No obstante, respondió a Susana:

 

—Sí, me ha servido mucho... Gracias por tu comprensión, Susana. Hasta mañana —añadió, colgando, antes de escuchar la respuesta al otro lado.

 

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