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CAPÍTULO XIII

Ilustración de Sergio Bleda para el décimotercer capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Cuando Matías colgó el teléfono se sintió aliviado. El hecho de que Paula fuera a permanecer tres o cuatro días en la Gran Ciudad, le daba un margen de tiempo para aclarar su situación con Susana. Se sentía muy intranquilo por dentro manteniendo esa especie de doble juego amoroso. Aunque, por otro lado, no tenía nada claro qué iba a hacer, ni cuáles eran sus sentimientos.

Mientras se tomaba una tostada con mermelada y bebía lentamente su café con leche, Matías repasó mentalmente los sucesos del día anterior. Todo había ocurrido con tanta rapidez, que no sabía qué pensar. Era evidente que Paula le atraía mucho, pero quizás esa atracción fuera sólo de tipo sexual. Por otra parte, no la conocía lo suficiente como para saber si serían compatibles a la hora de mantener una relación estable.

“Claro que esas cosas nunca se saben hasta que no se convive —pensó— no es lo mismo verse unas horas que vivir bajo el mismo techo”. Por otra parte, y él no podía obviarlo, estaba el asunto de la edad. “A mí eso me da lo mismo” —reflexionó— aunque enseguida volvió a pensar que quizás no estuviera siendo del todo sincero al decir que le daba igual.

Matías pagó la consumición, miró el reloj y se encaminó hacia la Biblioteca. Hasta que él no llegase, no podía marcharse a desayunar el compañero que se quedaba en su puesto. Mientras recorría los escasos metros que había desde la cafetería al trabajo, Matías pensó cómo reaccionaría su madre ante la posibilidad de que él mantuviera una relación con Paula.

No hacía falta ser ningún adivino para comprender que Eva no admitiría de buen grado que su hijo tuviera una novia que, por la edad, podría ser su madre. De hecho, Paula sólo era diez años menor que Eva y esta circunstancia no iba a encajar en su esquema de valores. Eva esperaba que su hijo se casase con alguna joven y, más concretamente, con Susana.

Matías suspiró y concluyó que su madre jamás comprendería que él abandonase a una chica como Susana, de 22 años, para mantener una relación con una mujer viuda de 55. “De todas formas —pensó— todo esto debe ser secundario. No se trata de la vida de mi madre, sino de la mía”. Sin embargo, en su fuero interno sabía que este asunto de la edad le preocupaba más de lo que él quería admitir.

 De regreso a la Biblioteca, Matías decidió quedar esa misma tarde con Susana y hablar con ella. La llamó por teléfono a la farmacia y mantuvieron una breve conversación en la que acordaron que él iría a recogerla cuando terminase en el trabajo.

Matías notó a Susana muy distante. Seguramente aún seguía molesta por su desaparición del día anterior y por la frialdad con que se había comportado con ella durante las últimas semanas. Aún así, y aunque la conversación fue muy breve, Matías notó que Susana, como siempre, estaba dispuesta a perdonarle cualquier cosa, con tal de que siguieran juntos.

 La jornada laboral le resultó a Matías especialmente pesada. La mañana se le había hecho interminable. Como la Biblioteca no cerraba a mediodía y tenía que volver al trabajo por la tarde, sólo había dispuesto de una hora para comer un plato combinado en la cafetería, antes de regresar a trabajar.

Por la tarde, una fuerte inquietud se había instalado en su pecho. El tiempo discurría con lentitud y Matías no hacía más que mirar el reloj, esperando la hora de salida para encontrarse con Susana. Era un momento que deseaba y temía a la vez. Realmente, no sabía qué iba a decirle, por lo que decidió no pensar más en el asunto, y dejarlo todo a la improvisación para cuando se reuniese con ella.

Por otro lado, no se le iba de la cabeza la imagen de Paula y, sobre todo, la intensidad de la relación sexual que había vivido con ella el día anterior. Aunque le sonase raro, no tenía más remedio que admitir que la echaba de menos. Anhelaba su presencia, el contacto de su piel, su cara aniñada y pecosa, la inocente mirada de sus ojos verdes y sus caricias torpes y apasionadas.

Sólo con pensarlo, Matías sentía una fuerte excitación, hasta el punto de que buena parte de la tarde la pasó en la Biblioteca con su pene erecto; cosa que no le ocurría desde que era un chaval. Parecía como si el contacto con Paula hubiera reavivado algún fuego interior. Nada que ver con los rescoldos que caldeaban los escasos encuentros sexuales que mantenía con Susana.

“Dios, esta mujer me pone como una moto” —dijo para sus adentros, echándose mano a la entrepierna con disimulo para colocarse bien el pantalón vaquero, que amenazaba con estallar.

Finalmente, llegó la hora de cierre de la Biblioteca, y Matías se encaminó hacia la farmacia donde trabajaba Susana. Al llegar allí, acababan de cerrar y ella ya estaba esperándole en la puerta. Con toda naturalidad, y con la amable sonrisa de siempre, la joven se acercó hacia él y lo besó en los labios.

Antes de que Matías pudiera abrir la boca, ella le dijo:

—Hoy me toca decidir a mí. Yo diré a dónde vamos ¿vale?

—Vale, como tú digas — respondió él con poco entusiasmo.

Susana le guió en silencio hasta el garaje de su casa, donde guardaba el coche de segunda mano que tenía, y le invitó a sentarse en el asiento de al lado del conductor. Una vez dentro del vehículo Matías, un tanto confuso, se atrevió a preguntar:

—¿A dónde vamos?

—¡Ah, es una sorpresa! Ya lo verás cuando lleguemos — se limitó a responder Susana, mientras le sonreía.

Ella condujo durante una media hora en silencio y Matías tampoco hizo nada por mantener una conversación. Casi se le corta la respiración al comprobar que al sitio dónde le conducía Susana, era a Rossal.

Cuando vio que ella enfilaba por la carretera, que conducía a la playa donde el día anterior había paseado con Paula, a Matías le entró verdadero pánico y pensó sí Susana sabría de la existencia de Paula. Con voz angustiosa volvió a preguntar, intentando disimular su preocupación:

—¿A dónde me llevas?

—Qué pesado eres —respondió Susana con un tono infantil— Te llevo a la playa de Rossal. Me han dicho que desde aquí se ven unas puestas de sol maravillosas. Espero que lleguemos a tiempo, y si no, por lo menos podremos contemplar las estrellas.

Matías no salía de su asombro. Aquello no podía ser una casualidad. En el año que llevaba saliendo con Susana, ésta jamás había dado muestras de querer ir a Rossal, a pesar de que era una playa muy cercana a San Roque. Durante la última primavera y algunos fines de semana del verano, habían ido a bañarse juntos, pero siempre se encaminaban hacia otras playas de la zona.

—¿Has visto alguna puesta de sol desde esta playa?— preguntó Susana, interrumpiendo las reflexiones de Matías.

Al escucharla, a él se le hizo un nudo en la garganta, pero se repuso para contestar balbuceando:

—No, nunca.

—Pues dicen que es un sitio magnífico para verlas. Tendremos que volver algún fin de semana para disfrutar más este lugar.

Matías no sabía qué pensar. ¿Sería posible que Susana hubiera descubierto su aventura con Paula? ¿Pero cómo? ¿Es que los habría visto algún conocido de San Roque cuando comían juntos, o cuando paseaban abrazados por la playa?

Se encontraba totalmente desconcertado aunque, por otro lado, estaba casi seguro de que Susana no sabía nada de la existencia de Paula. De haber sido así, no estaría tan sonriente y cariñosa, sino que se mostraría dolida y enfadada.

Embebido en sus propias reflexiones sólo volvió a la realidad del momento al darse cuenta de que Susana había aparcado el coche en un lugar apartado y con poca luz. Desde allí se veía un disco anaranjado por encima de la línea del horizonte del mar, y se escuchaba el rumor de las olas.

Antes de que pudiera reaccionar, Susana se desabrochó la blusa que llevaba puesta, le cogió una mano y la colocó encima de su pecho sobre un sujetador de puntillas negro, que la hacía muy sexi.  A Matías le pilló tan de improviso, que sólo fue capaz de decir:

—¿Qué haces?

Como respuesta, Susana se acercó a él todo lo que le permitía la palanca de las marchas, empezó a bajarle la cremallera de la bragueta y metió su mano por el hueco para acariciarle por encima del calzoncillo.

Matías se quedó totalmente estupefacto. Desde luego, ése no era el comportamiento habitual de Susana. Aunque al principio pensó resistirse, su pene ya se había desconectado de su mente y, adquiriendo vida propia, se elevaba por encima de sus pensamientos.

 

A partir de esos momentos, un Matías fuertemente excitado tomó las riendas de la situación y respondió a las caricias de Susana como no lo había hecho desde la primera vez que mantuvieron relaciones sexuales, cuando él la desvirgó en su coche.

En algún momento del juego amoroso, sin que él supiera muy bien por qué, Susana se transformó en Paula y esto avivó su pasión. Ya no eran pechos jóvenes de pezones sonrosados los que succionaba con avidez, sino otros más grandes, de pezones más oscuros y maternales, los que aparecían ante sus ojos.

Fue al pensar en Paula cuando Matías se llevó a Susana a los asientos traseros del coche y la tumbó. Allí le quitó con gran urgencia los pantalones y las bragas, y se puso sobre ella penetrándola, con cierta brusquedad hasta que, en pocos segundos, eyaculó.

Tras unos instantes de desconcierto, Matías se incorporó mientras parte de su semen se deslizaba por los muslos de Susana. Ella, un poco asustada, no sabía qué decir. Nunca le había visto tan excitado.

Cuando ambos se vistieron de nuevo, fue Susana la que rompió el silencio.

—¿Quieres que demos un paseo por la playa?

Matías no quería, pero respondió con un lacónico “vale”.

 

Abandonaron el lugar dónde Susana había aparcado el coche, y se encaminaron hacia la playa. Estaba desierta y hacía un poco de fresco. Pasearon por la orilla en silencio, hasta que Susana le preguntó:

—¿Te pasa algo? Nunca te había visto así.

—¿A qué te refieres? — preguntó Matías, aunque sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo.

—No sé, así de excitado, no parecías tú.

—Perdona si te he hecho daño en algún momento, no era mi intención — dijo él.

—No me has hecho daño, no es eso. Es que no era tu comportamiento habitual…

—Tú también me has sorprendido a mí — la interrumpió Matías— tampoco el de hoy es tu comportamiento habitual. Nunca eres tan… lanzada, más bien todo lo contrario.

—Sí, es verdad — se rió Susana— he seguido los consejos de mi jefa.

—¿Hablas con tu jefa de nuestras relaciones sexuales? — preguntó Matías un tanto malhumorado—

—No, claro que no — respondió Susana dándole un manotazo cariñoso— qué cosas se te ocurren. Lo que pasa es que ayer me notó que estaba triste, me miró a la cara y me dijo: “Seguro que tienes mal de amores”, y antes de que yo respondiera, añadió: “Chiquilla, no hay nada que no se cure con un buen polvo. ¡Te lo digo yo que entiendo de medicinas!”. ¡Ya sabes lo burra que es!

A Matías le hizo gracia la ocurrencia, sonrió, echó el brazo por encima de los hombros de Susana y la atrajo hacia sí.

—Pues lleva razón tu jefa — dijo con un repentino buen humor.

Susana aceptó de buen grado el cambio de Matías y ambos siguieron paseando por la playa, hablando de cosas intrascendentes. En uno de los bares de los alrededores tomaron unas cervezas y bocadillos, y después Susana llevó a Matías a su casa. Se despidieron con un beso y quedaron en hablar al día siguiente.

Mientras esperaba el ascensor, Matías se sintió incómodo consigo mismo. Debería haber hablado con Susana. ¡Pero cómo podía decirle que había conocido a Paula, después de haber hecho el amor con ella! No, era obvio que ese no era buen momento y, por otro lado, sus sentimientos no sólo no se habían aclarado, sino que estaba más confuso todavía.

Suspiró profundamente, cogió el ascensor y subió a su casa. Desde el descansillo de la escalera se oían las voces de su padre discutiendo con su madre. Mientras introducía la llave en la cerradura, pensó: “Hogar, dulce hogar”.

 

Paula llegó a la Gran Ciudad con media hora de retraso sobre el horario previsto. El bullicio que había en la estación la incomodó y aún se sintió peor cuando salió a la puerta y vio esa enorme riada de tráfico. Con rapidez se dirigió a la parada de taxis y, casi inmediatamente consiguió subirse a uno. Le dio la dirección de la urbanización dónde vivía su hija, y procuró alejar la inquietud que experimentaba en su interior.

Al llegar al chalet adosado llamó a la puerta y aguardó un buen rato hasta que ésta se abrió. Fue su nieta Clara la que la recibió al otro lado.

—¡Abuelita! — gritó la cría abriendo los brazos.

—Ven aquí, tesoro — dijo Paula, respondiendo al abrazo de su nieta— ¿Dónde está mamá?

No hizo falta que Clara respondiera. Por la puerta de la cocina apareció una Elena demacrada. Al contemplar el rostro de su hija, Paula se asustó. Francamente, tenía muy mal aspecto.

—¿Cómo estás? — preguntó Paula mientras la besaba, aunque la pregunta le pareció estúpida.

—Pues ya ves, juzga por ti misma — respondió Elena con desgana—. Pasa, te acompaño a tu habitación para que dejes las cosas.

Paula subió las escaleras al piso superior detrás de su hija, cogida de la mano de su nieta, que se mostraba feliz de tenerla allí. En cuanto llegaron a la habitación en la que iba a dormir, la niña le preguntó:

—¿Cuántos días te vas a quedar, abuelita?

—¡Pero si acabo de llegar! ¿Es que quieres que me vaya? —bromeó Paula.

—Nooo, tonta —respondió Clara sonriendo— quiero que te quedes muchos días.

—Bueeeno, ya veremos. Tenemos que irnos tú y yo por ahí, como dos mujeres ¿vale?

—¡Al McDonald’s! Quiero que me lleves al McDonald`s.

—Pues allí te llevaré, preciosa.

—No molestes a la abuelita, Clara —regañó Elena a la niña.

—No me molestas —susurró Paula a su nieta— estoy encantada de verte y te llevaré dónde tú quieras.

La cría sonrió a su abuela con un gesto de complicidad y las tres se bajaron al salón. Paula se sentó en el sofá, frente a su hija, y tuvo la certeza de que su estancia allí no iba a ser fácil. Estaba claro que Elena se había cerrado herméticamente con su dolor, y no iba a permitir que nadie la consolara.

En aquellos momentos, la tensión flotaba en el ambiente. Afortunadamente estaba Clara para hacer más llevadera la situación. Fue Elena la que rompió el hielo y comenzó a hablar:

—Un rato antes de que vinieras he estado hablando con Fernando.

—¿Y se lo has dicho? — preguntó Paula.

—En realidad ya lo sabía, por eso me ha llamado. Antes que él llamó Amalia para decirme que iban a iniciar los trámites para adoptar una niña. Estaba muy contenta. Fue a ella a la que le conté que Jorge se había ido de casa. Ella se lo dijo a Fernando, y al rato me llamó él.

—¿Y qué te ha dicho tu hermano?

—Bueno, ya lo conoces, estas cosas no entran en su cabeza. Cuando él se casó lo hizo para toda la vida. Poco menos que quería venir a matar a Jorge —sonrió Elena con desgana—. Bastante tiene con asumir lo de la adopción. Él y Amalia van a venir mañana.

—¿Aquí, a la Gran Ciudad? —preguntó Paula con alegría.

—Sí, en cuanto le he dicho que tú estabas en camino, se ha empeñado en venir él también. ¡Por lo visto va a haber cónclave familiar! — añadió con cierto tono de desprecio en la voz.

—No creo que se trate de ningún cónclave. Estás pasando un mal momento y es lógico que tu familia quiera estar a tu lado —dijo Paula—. Yo me alegro mucho de que vengan y de que podamos juntarnos aquí. Seguro que si lo intentamos adrede, no conseguimos ponernos de acuerdo. ¿Cuándo llegarán?

—Vendrán en su coche y saldrán de Sahala lo antes posible, cuando él termine en el bufete por la tarde. O sea que llegarán ya por la noche. Su intención es pasar aquí el sábado y volverse el domingo. El lunes, además de que Fernando tiene un juicio, los han citado para lo de la adopción.

Tras facilitar a su madre esta información, Elena se quedó callada y ausente. Clara seguía jugando con sus cosas y, de vez en cuando, enseñaba algún juguete a su abuela. El silencio entre ellas era cada vez más pesado y Paula no sabía qué decir. Finalmente, se atrevió a preguntar:

—¿Has ido hoy a trabajar?

—No, no he ido, he cancelado las citas que tenía hasta el lunes. De todas formas, aprovechando que tú estás aquí y puedes quedarte con Clara, me gustaría ir mañana a la clínica. Tengo que hablar con la enfermera…

—Claro, yo me quedo con la niña — la interrumpió Paula, contenta por ser de alguna utilidad—. Tú haz lo que tengas que hacer y no te preocupes por nada. Clara y yo lo pasaremos estupendamente, ¿verdad? — dijo dirigiéndose a su nieta.

La niña asintió y el silencio volvió a instalarse entre madre e hija. Al cabo de unos minutos Elena preguntó a Paula si le importaba poner la cena a Clara. Ella se iba a ir a la cama, porque se encontraba muy cansada.

Antes de acostarse, Elena indicó a su madre lo que podían utilizar para cenar, de los alimentos que había en el frigorífico. También le facilitó una copia de las llaves de la casa, por si quería llevar a la niña al parque durante la mañana o dar una vuelta, y le anunció que ella se marcharía temprano a la clínica y estaría de vuelta a la hora de comer.

—¿Y Clara no va a ir al colegio? —preguntó Paula— yo puedo llevarla y recogerla, puesto que está aquí al lado.

—No te preocupes, ya irá a partir del lunes, cuando todos estemos más serenos —respondió su hija.

Sin más comentarios, Elena besó a su hija y a su madre y subió a su dormitorio. Poco después, Paula y la niña cenaron juntas en la cocina, y después acostó a su nieta. Antes de apagarle la luz le leyó un cuento en la cama y ambas convinieron en que, cuando se levantasen al día siguiente, irían a un parque cercano para que Clara subiera en los columpios.

Después de acostar a la niña, Paula bajó al salón y se dejó caer en un sillón. Estaba cansada del viaje pero, además, se sentía muy triste al ver cómo estaba afectando a su hija la separación. Era obvio que no la aceptaba, ni siquiera ahora que su yerno se había ido de la casa.

“Si no acepta la situación —pensó— lo va a pasar muy mal. No sólo va a ser la ausencia de Jorge lo que le va a amargar la vida. Ya verás cuando empiece el papeleo del divorcio y lo que se queda uno y otro, y la pensión de la niña… Pobre Elena, le esperan unos meses muy malos, hasta que consiga recuperarse de la separación”.

“Luego, cuando lo asimile, yo creo que va a estar mucho mejor —continuó con sus pensamientos— pero de momento no hay quien le quite el sufrimiento”

—¿Por qué serán tan complicadas las relaciones de pareja? —se preguntó en voz alta.

Al hacerlo, se acordó de Matías. Ella también tenía sus propios problemas. Le gustaría hablar con su hija de él. Decirle al menos que había conocido a una persona que podía ser importante en su vida. Pero no parecía ese el momento más adecuado. ¡Ya habría tiempo después!

—¿Pero lo habrá? ¿Durará lo suficiente como para tener que presentárselo a mis hijos? —se interrogó en voz baja, incapaz de responderse.

Como si Matías estuviera al tanto de sus pensamientos, sonó el teléfono móvil de Paula y ésta comprobó en la pantalla que era él quien llamaba. El corazón le dio un vuelco. Se puso tan nerviosa, que casi no atinaba con la tecla correspondiente. Cuando descolgó, dijo:

—Hola, qué alegría que me llames.

—Es que te echo mucho de menos —respondió Matías con voz melosa— no voy a olvidarme de ti porque te hayas ido un poco más lejos.

—No sabes cómo agradezco tu llamada —dijo Paula, orgullosa.

—¿Cómo están las cosas por ahí? —preguntó él.

—Mal. Elena, así es como se llama mi hija —aclaró— se encuentra más afectada de lo que yo creía y, lo que es peor, está cerrada herméticamente a cualquier tipo de ayuda; al menos por mi parte.

—Quizás no puedas ayudarla. Es difícil ayudar a nadie en una situación así, cuando te han abandonado. Debe ser muy duro que te dejen para irse con otra persona.

Paula estuvo a punto de preguntarle si a él nunca le había abandonado nadie, pero no lo hizo. No le conocía lo suficiente como para hacerle una pregunta tan directa. Aunque en realidad se moría de ganas por saber cosas de su vida sentimental, de las novias que había tenido, de por qué un joven con 35 años no tenía a nadie en su vida; si es que no lo tenía.

Sin saber por qué, Paula experimentó una punzada de dolor en el pecho y en algún rincón de su mente apareció de nuevo la duda de si Matías la engañaba. Rechazando de plano esa posibilidad, volvió a retomar la conversación y le dijo a Matías que, al día siguiente, su hijo y su nuera se iban a desplazar a la Gran Ciudad.

—Entonces estarás contenta —dijo él— vas a tener allí a toda la familia.

—Sí, tengo ganas de ver a Fernando y a Amalia, van a adoptar una hija ¿sabes?

—Bueno, supongo que cuando lo hacen es porque lo desean. Si es así, me alegro por ellos.

—¡Claro que lo desean! —dijo Paula, extrañada— deseaban con toda su alma tener un hijo, pero como no puede ser, han decidido adoptarlo.

—Perdona que me extrañe, es que lo de tener hijos es algo que no entra para nada en mis planes.

Paula recibió esta confesión con una mezcla de sentimientos. Por un lado se alegró. Si Matías quería tener hijos, su relación no podía durar mucho. Era evidente que ella ya no tenía edad de concebir, porque hacía años que había entrado en la menopausia. Pero por otra parte, había algo en su tono de voz, cuando decía que no quería tener hijos, que no le gustaba a Paula. Sin saber qué decir, optó por callarse hasta que Matías reanudó la conversación, preguntándole:

—¿A qué no sabes dónde he estado hoy al salir del trabajo?

—Ni idea, ¿dónde has estado?

—He ido a la playa de Rossal. Te echaba de menos y me apetecía pasear por allí, recordando lo bien que lo pasamos ayer.

Paula se sintió muy halagada por las palabras de Matías y notó cómo el pulso se le aceleraba al recordar la intensidad de sus abrazos y la pasión con la que hicieron el amor.

—¿Se puede saber qué es lo que me has dado, que no dejo de pensar en ti? —continuó Matías— yo creo que me has embrujado porque nunca me había sentido tan atraído por nadie, a pesar de que apenas nos conocemos.

—A lo mejor es por eso, porque no nos conocemos —intentó bromear Paula, aunque lo dijo saliéndole del alma.

Matías ignoró la respuesta y le preguntó cuándo pensaba volver. Paula respondió:

—Aún no lo sé, pero no será antes del domingo. Mi hijo y mi nuera llegarán mañana ya tarde y pasarán aquí el sábado. Quizás cuando ellos se marchen el domingo  me iré yo también. O puede que me quede algún día más para estar a solas con mi hija. Ya te lo diré cuando lo sepa.

La conversación entre ambos duró poco más y cuando terminó de hablar, a Paula le quedó un sabor agridulce. Aparentemente todo iba bien. Él parecía sincero cuando decía que la echaba de menos. Ella estaba deseando volver a acostarse con él. Pero, aparte de lo bien que lo habían pasado en la cama ¿existía un lazo más sólido entre ellos?

“Mira que eres ceporra —se regañó Paula a sí misma, como si fuera otra persona— ¡si os acabáis de conocer! ¿Qué quieres, que te pida en matrimonio?”

Para no darle más vueltas al asunto, Paula decidió irse a la cama. Después de asearse se puso un camisón y cogió de la bolsa de viaje el manuscrito de Sara Bermúdez, que había estado leyendo en el tren. Se metió entre las sábanas y, tras ponerse las gafas de leer, abrió el libro en el lugar dónde lo había dejado.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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