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CAPÍTULO XIV

Ilustración de Sergio Bleda para el décimocuarto capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Los ojos saltones del demonio Asmodeo miraban hacia el suelo, como queriendo ignorar mi presencia. Sin embargo, yo estaba ahí, a la entrada de la iglesia de Rènnes le Château, un pequeño pueblo del Languedoc francés, que se hizo muy famoso a finales del siglo XIX.

Allí un cura, Francois Berenguer Saunière, descubrió dentro de un pilar visigótico que sostenía el altar mayor —durante las obras de restauración de la iglesia— unos enigmáticos pergaminos que cambiarían toda su vida.

Según me había contado Daimon, este descubrimiento puso al abad en contacto con grupos ocultistas parisinos de la época, que lo acogieron como uno de los suyos, dando la impresión de que el cura había hecho algún descubrimiento, o poseía algún secreto, que a ellos les resultaba de valor y utilidad.

Desde entonces, Sauniére empezó a derrochar enormes cantidades de dinero y a construir a diestro y siniestro. Entre otras cosas se edificó una espléndida mansión en Rènnes, que bautizó con el significativo nombre de “Villa Bethania”. Mandó construir también una torre, en la que ubicó su biblioteca, que llamó “Torre Magdala” en honor a María Magdalena.

La iglesia en la que yo me hallaba, la misma en la que se encontraron los pergaminos, estaba consagrada precisamente a esa mujer, la gran olvidada de los Evangelios, de la que se decía que pudo ser esposa de Jesús y con la que, según algunas fuentes, tuvo descendencia.

Daimon me contó que algunos estudiosos señalaban que los manuscritos encontrados por el cura francés, hacían referencia al secreto de los Templarios, sobre esa hipotética descendencia de Jesús y sobre la certeza de que éste no murió en la cruz.  Descubrimientos estos que tiraban por tierra los dogmas de la iglesia católica, al poner en entredicho la resurrección del nazareno. Yo, sinceramente, no compartía esas hipótesis.

Se suponía que la iglesia que me había mostrado Daimon en fotos, y que ahora contemplaba con mis propios ojos, escondía codificado en un peculiar Vía Crucis colgado de sus paredes, y en sus imágenes, este secreto descubierto por el abad Sauniére.

Pero yo no estaba allí para descubrir el secreto del cura. Mi presencia en ese lugar estaba relacionada con la peregrinación por lugares sagrados, que estaba llevando a cabo.

 

Paula estaba totalmente inmersa en la lectura. Aquel manuscrito tenía la virtud de atrapar totalmente su atención, como si fuera magnetizada por alguna fuerza oculta. Mientras lo leía, se olvidaba de todo lo demás. De los problemas de su hija, de Matías y hasta de ella misma.

Nunca había oído hablar de Rènnes le Château, ni del demonio Asmodeo, ni de ningún cura francés que hubiera descubierto ningún secreto de los Templarios. Pero lo cierto es que todo aquel relato le hablaba a alguna parte oculta de su ser, y ella no podía quitar la vista del papel, a pesar de lo cansada que se sentía después del viaje a la Gran Ciudad. Por eso suspiró profundamente y continuó leyendo, sin querer mirar la hora.

 

La primera imagen de juego me la dieron las baldosas que había en el suelo, a la entrada de la iglesia. Eran blancas y negras, como un tablero de damas o ajedrez. También resultaba extraño que el abad Sauniére colocase a la izquierda de la puerta, al demonio Asmodeo sosteniendo sobre sus hombros  una pila de agua bendita.

Sobre ella había cuatro ángeles, haciendo cada uno de ellos un gesto con su mano derecha que, entre todos, completaba la señal de la cruz. Cada  ángel miraba en una dirección de los cuatro puntos cardinales. Y el que estaba arrodillado y tenía su mano derecha en el pecho, indicaba con el índice de la mano izquierda una inscripción en francés: “Par ce signe tu le vaincras”. O lo que es lo mismo: “Con este signo tú le vencerás”

Una frase que recordaba a la visión que tuvo el emperador Constantino, cuando contempló en el cielo una cruz llameante con la leyenda: “In hoc signo vinces”. Sin embargo, aunque la frase pareciera la misma, no era exactamente igual. En la de la iglesia de Rènnes se añadía la palabra “le” para advertir que era al demonio Asmodeo al que habías de vencer.

Según me indicó Daimon, antes de partir hacia Rènnes le Château, dentro de mi peregrinación por determinados lugares sagrados, Asmodeo era uno de los más famosos demonios del Antiguo Testamento. Se le consideraba custodio de secretos y guardián de tesoros ocultos, que no necesariamente estaban relacionados con lo material, sino con el conocimiento divino.

Asmodeo era también el demonio que ayudó a Salomón a construir su legendario Templo de la sabiduría. En el que, según se decía,  se guardaba el Arca de la Alianza que contenía las tablas de Moisés. Tablas de la Ley Divina. “Tablas del Logos, del Verbo, de la Razón, de la Medida y del Número”. Porque, según se reflejaba en el Génesis, Dios había dicho: “He hecho todo con Número, con Medida y con Peso”

 

Permanecí más de una hora en la pequeña iglesia, recorriéndola despacio y empapándome de todos y cada uno de sus símbolos, aunque no los comprendiera. Daimon me había indicado que sólo debía hacer eso, permanecer allí, deambular por el recinto sagrado.

Pero no como una turista, sino como peregrina, con una actitud receptiva, para que los símbolos hablasen a mi subconsciente, como lo habían hecho durante mi recorrido por el Camino de Santiago. Me sorprendió saber que Rènnes le Château se hallaba junto a una antigua ruta de los peregrinos que iban desde el norte de Europa a Santiago de Compostela. También me enteré que Richard Wagner peregrinó a Rènnes, antes de componer su última obra “Parsifal”, sobre la leyenda del Grial.

Mi estancia allí se completó con la visita al cementerio, donde enterraron a Saunière, a “Villa Bethania” y, como no, a Torre Magdala, una peculiar construcción que preside el valle del Aude, orientada hacia el oeste, desde donde se pueden contemplar extraordinarias puestas de sol.

Era consciente de que todo en aquel simbólico lugar hablaba en un lenguaje apropiado para el alma, pero insuficiente para mi razón, que empezaba a rebelarse. Cuando cogí el coche que había alquilado y conduje hasta Carcasona, ciudad medieval en la que se encontraba mi hotel, mi parte racional quería a toda costa explicaciones: ¿Qué era lo que hacía allí? ¿ Por qué me había mandado Daimon hasta ese lugar?

Decidí que esa noche le llamaría por teléfono, antes de desplazarme a los otros dos lugares del Languedoc francés dónde él me había indicado que fuera: el castillo de Montségur y las cuevas de Lombrives.  Pero no hizo falta que yo lo llamase. 

Al poco de llegar al hotel, después de darme un baño caliente para relajar la tensión acumulada durante el día, sonó el teléfono y escuché con agrado la potente voz de Daimon.

 

—¿Cómo ha ido todo? —me preguntó.

—Gracias a Dios que has llamado. Iba a llamarte yo ahora —respondí, aliviada.

—¿Por alguna razón especial?

—¡Pues claro! Te parece poca razón el no saber qué hago aquí… ¿Qué es lo que estoy buscando, Daimon?

—No sé —contestó riéndose— ¿Estás buscando algo? Tú debes saberlo ¿no?

—¡Oh, Dios! No seas cruel conmigo. Sí estoy aquí es porque tú me has pedido que viniera, ¡Pero no sé qué coño hago aquí! Sólo me estoy dejando llevar…

—Muy mal, por cierto. Te dejas llevar muy mal —fingió regañarme— Está visto que eso de dejarte llevar no es lo tuyo, pero precisamente por eso me ha tocado acompañarte por esta senda.

—¿Qué senda? —pregunté un tanto malhumorada.

—Vamos, Sara, no te hagas la tonta. Si dejases de preguntarte continuamente qué hago aquí, y te limitases a estar y percibir en actitud abierta, utilizando tu intuición, no me estarías interrogando sobre tonterías.

 

Sus palabras tuvieron la virtud de calmar mi ansiedad. Actuaron como un bálsamo en mi interior. Respiré profundamente y me sentí mucho mejor. Daimon me preguntó:

—¿Acaso sabías por qué te fuiste al Camino de Santiago?

—No —reconocí.

—Y si no lo sabías ¿por qué emprendiste esa peregrinación?

—No lo sé, fue una especie de llamada. Tenía que ir, eso es todo.

—Bien —dijo satisfecho— pues esto es lo mismo. Estás allí porque tienes que estar, eso es todo.  Ese lugar, esa zona de Francia ¿no te dice nada?

Me quedé pensando en silencio, pero Daimon me apremió.

—No lo pienses. No dejes espacio para que tu mente racional enrede. ¿Qué has sentido hoy en Rènnes le Château?

Sin saber por qué respondí con convicción:

—Que ya había estado aquí…

—Bien, con eso es suficiente por hoy. Buenas noches.

—¡Eh, no vale! —protesté— ¿no vas a decirme nada más?

—Claro que no, ya te he dicho que es suficiente por hoy. Ahora tienes que descansar, mañana te espera una dura subida al castillo de Montségur. Te llamaré por la noche. Hasta mañana.

Con tono de resignación le respondí con un lacónico: “Vale, hasta mañana”. Pero antes de colgar me dijo:

—Espera, sólo una cosa.  El nombre de Asmodeo, está íntima y tradicionalmente ligado al tuyo, Sara. ¿Sabes por qué?

—¡Claro que no! —respondí elevando el tono de voz— ¡Dímelo tú!

—Felices sueños —dijo antes de colgarme el teléfono.

 

La despedida de Daimon me había dejado, no sólo irritada, sino también impotente.  Mi mente quería saber y yo no sabía cómo calmar esa profunda necesidad. Sentí gran agitación en el pecho, y me dejé caer en la cama, rendida.  De pronto, como si fuera una orden que se había introducido en mi cabeza, algo me dijo: “Mira en internet”.

De un salto me levanté de la cama, saqué del armario la cartera que contenía mi ordenador portátil, y me conecté buscando: “Asmodeo”. Sobre todo me interesaba saber la relación de este demonio con alguna persona de la antigüedad, que tenía mi mismo nombre.

Enseguida me aparecieron numerosos grabados y referencias, aunque la imagen que yo tenía en la cabeza era la del impresionante Asmodeo de ojos saltones y garras, de piel roja y túnica  verde, que guardaba los misterios ocultos en la iglesia de Rènnes le Château.

A través de la red, descubrí, primero, que la palabra diablo viene del griego y significa, “calumniador”. También  que Asmodeo era para los hebreos el demonio de la sensualidad y la lujuria, enemigo declarado de las uniones conyugales. Y el encargado de hacer pactos con los hombres.

Finalmente descubrí la relación de Asmodeo con Sara, aunque no me aclaró mucho. Según figura en el Antiguo Testamento, el demonio estaba enamorado de una joven que llevaba ese nombre y ahogó, durante la noche de bodas, a los siete maridos con los que ésta se fue desposando, antes de casarse con su primo Tobías.

Con Tobías ya no pudo Asmodeo, la ceguera que el demonio le provocó le fue curada gracias a la intervención del Arcángel San Rafael, quien le ayudó a derrotar al demonio y a casarse con Sara.

Tal y como me había contado Daimon, pude leer en mi ordenador que Asmodeo destronó a Salomón, pero éste finalmente le venció, le cargó de hierros y le obligó a ayudarle en la construcción de su Templo.

Se decía también que este demonio daba a los hombres anillos astrológicos y los ayudaba a hacerse invisibles. Asimismo, enseñaba a los humanos Geometría, Aritmética y Astronomía.

 

Suspiré profundamente y continué mirando en internet, pero con mucho menos interés. Estaba claro que por esa vía no iba a ningún sitio. No era la primera vez que me pasaba cuando buscaba a través de la red. Ya en una ocasión me había advertido Daimon, cuando me vio buscar explicación para un símbolo, con cierta desesperación.

“Ahí no hay nada que pueda saciar tu sed. En la red sólo vas a encontrar información, mucha información, pero no conocimiento. El conocimiento sólo nace de la experiencia directa y llega a través de la intuición, no de la razón. Cuando abras esa ventana, quédate sólo con aquella información que toque tu interior; aunque no comprendas lo que significa, y deshecha todo lo demás”.

Recordé sus palabras y me aparté unos momentos del ordenador. Cerré los ojos y me concentré en mi respiración, sin pensar en nada más. Experimenté una gran paz interior, después volví al ordenador y apareció una nueva información sobre Asmodeo, que sí hizo vibrar algo en mi interior.

Estaba relacionada con su nombre. Decía  que, en las leyendas talmúdicas, Asmo significaba “plan o propósito” y Deo, se refería, indudablemente, a Dios. Así pues, Asmodeo significaba “Plan de Dios”.

Este descubrimiento me impresionó. ¿Acaso un demonio podía cumplir un plan divino? ¿Estaban las fuerzas del mal al servicio de la divinidad? ¿Qué hacía, si no, la figura de Asmodeo a la entrada de la iglesia de Rènnes le Château?

 

Empezó a dolerme mucho la cabeza y decidí que era el momento de dormir. Me acosté y apagué la luz, sin leer como tenía por costumbre, para dejarme llevar en los brazos de Morfeo y no seguir dándole vueltas a todas las impresiones que había vivido a lo largo del día. A pesar de todo, me costó quedarme dormida. Finalmente, el sueño me rindió.

 

A Paula también la estaba rindiendo el sueño, pero no quería dejar la lectura del manuscrito. Descansó un momento y miró el reloj. Eran más de las dos de la madrugada, y debía estar ya durmiendo. Sin embargo, algo en su interior la empujaba a seguir leyendo, a llegar hasta el final del capítulo de aquel extraño libro que había permanecido enterrado en su jardín, esperando que ella lo encontrara.

“¿Por qué enterraría Sara Bermúdez este manuscrito en el jardín de su casa? —se preguntó para sus adentros— no tiene ninguna lógica”. Sus pensamientos la hicieron sonreír. Últimamente nada de lo que le pasaba tenía lógica alguna. “¿Llevará razón Daimon, al decir que hay que mirar el mundo con otros ojos distintos a los de la razón?”

Esta vez sus razonamientos le hicieron soltar una carcajada, no por lo que había pensado, sino porque había hablado de Daimon como si fuera un viejo conocido suyo.

—Creo que este manuscrito me está afectando —dijo en voz alta, antes de continuar leyendo.

 

Me desperté sobresaltada y comprobé, a través de las cortinas de la habitación, que estaba amaneciendo. Acababa de tener un sueño totalmente vívido que me había impresionado. La imagen de Asmodeo, que había visto en la iglesia de Rènnes le Château, intentaba seducirme en el interior de una cueva.

Yo estaba tumbada en el suelo, desnuda, y él me acariciaba el cuerpo, hasta que conseguía penetrarme. Fue entonces cuando me desperté, presa de una gran excitación. Lo más curioso del caso es que, cuando abrí los ojos, aún sentía el suave contacto de sus garras en mi piel, y era una sensación muy placentera.

 Estoy segura de que fue esa sensación de placer lo que me asustó.  Algo en mi la rechazaba y por eso desperté bruscamente del vívido sueño. Me incorporé en la cama y resoplé, sin saber muy bien lo que me estaba pasando.  Tras unos minutos de descanso, decidí levantarme, me metí bajo la ducha y, una vez vestida cogí el coche de alquiler, que tenía aparcado en el garaje del hotel, y puse rumbo a Montségur.

 

Conforme me iba acercando veía el majestuoso castillo en lo alto de una montaña que se consideraba sagrada. En el interior de la fortaleza sufrieron asedio, durante nueve meses, los últimos cátaros. Finalmente fueron quemados por la Inquisición al pie del castillo, en un prado verde que se conoce hoy como el Camp des Crémats, el 16 de marzo de 1244.

La historia y la leyenda coinciden al señalar que, la noche anterior al exterminio, tres de los llamados “puros”, se descolgaron desde el castillo, por la pared norte de la montaña, un sendero difícil de escalar, para poner a salvo el tesoro de los cátaros, que no era otro que el Santo Grial; fuera lo que fuera ese Grial.

Para algunos autores, el Santo Grial es la copa en la que bebió Jesús durante la última cena, que luego sirvió para recoger su sangre en la cruz. Copa mágica con múltiples propiedades curativas para el cuerpo y el espíritu.

 Otros consideran que el Santo Grial era un joven o una joven, o ambos, descendientes de la unión entre Jesús y María Magdalena, que fueron evacuados y puestos a salvo, junto con tesoros y numerosos documentos en Rènnes le Château. Los mismos que siglos después encontraría el abad Saunière.

 

Cuando enfilé el sendero que subía al castillo por el monte Tabor, lo primero que encontré fue un obelisco que recordaba la matanza de los cátaros. La emoción contenida que experimentaba en mi interior, estalló de pronto sin que lo pudiera evitar y allí, junto a aquella estela, me puse a llorar.

Permanecí llorando largo rato, con un fuerte soponcio. Algo dentro de mí se había desgarrado. Sentía una inmensa y profunda pena y, a la vez, un poderoso sentimiento de rabia. Cuando conseguí calmarme, continué subiendo la escarpada cuesta, hasta que llegué al interior de las ruinas del castillo.

Cuando entré en lo que en otros tiempos había sido la fortaleza, quedé totalmente paralizada.  Supe que yo ya había estado allí. También tuve la certeza de que no había muerto quemada en la hoguera, sino que había escapado de la terrible situación, dejando en Montségur a personas queridas.

Este descubrimiento me impactó y tuve que contener las lágrimas, para no volver a caer en una nueva crisis de llanto.  Recorrí las ruinas y me senté en una piedra porque las piernas me temblaban. No muy lejos de donde yo me encontraba un joven guía se dirigía en francés y en otros idiomas a los turistas que visitaban el castillo.

Era un grupo bastante numeroso, donde había personas de distintos países. Algunos de los presentes eran niños, y escuchaban muy atentamente las explicaciones del guía. Yo tuve entonces la absoluta certeza de que muchos de los que allí se encontraban en esos momentos habían sido cátaros y habían muerto quemados en el valle de abajo.

Es difícil describir el estado de ánimo que tenía en esos momentos. A pesar de haber sido educada en el catolicismo, yo siempre había creído en la reencarnación. Pero jamás me había planteado qué o quién había sido en una vida anterior. Me pregunté por qué en esos momentos me estaba siendo revelada una identidad pasada, y qué tenía que ver todo ello con mi vida actual.

 

Tan absorta estaba en mis pensamientos que no me di cuenta de que el guía había terminado sus explicaciones y se sentaba a mi lado.  “¿Española?”, preguntó, y sin esperar mi respuesta continuó interrogándome:

—¿Sabes por qué los cátaros decidieron rendirse el día 16 de marzo?

—No —respondí un tanto asombrada por la familiaridad con que me hablaba.

—Porque ese año el equinoccio de primavera caía en esas fechas y ellos tenían mucho interés de permanecer aquí hasta entonces. Por eso pactaron entregarse al día siguiente. Te habrás fijado en la peculiar forma que tiene el castillo. Esta construcción no era una fortaleza destinada a la defensa, aunque no tuvo más remedio que representar ese papel.

—¿Qué era entonces? —me atreví a preguntar.

—Era un templo solar consagrado al culto religioso, en sintonía con el movimiento de los astros. Aquí se hacían rituales en los solsticios y equinoccios, durante los eclipses y los alineamientos de planetas… Pero bueno — añadió levantándose de mi lado— seguro que tú ya sabes todo eso.

—¿Por qué habría de saberlo? —pregunté elevando la voz, mientras el joven se alejaba de mi lado para reunir a los turistas, que deambulaban por el recinto.

No obtuve ninguna respuesta, sólo una agradable sonrisa y un gesto de adiós con la mano.

 

Los turistas y el guía que me había hablado empezaron a descender del castillo, mientras que un nuevo grupo de japoneses y una nueva guía —esta vez mujer— iniciaban el recorrido por las ruinas. Yo aún permanecí allí largo rato, moviéndome de un lugar a otro, hasta que sentí la necesidad de marcharme.

Cuando descendía por la empinada cuesta que me llevaba de nuevo al Campo de los Quemados, volví a experimentar una fuerte emoción y las lágrimas acudieron a mi rostro. Una vez abajo, en el prado, tuve que sentarme a descansar. La fuerte bajada y la tensión que yo vivía interiormente, provocaron un temblor de piernas que me hizo estar a punto de caer.

Después de comer al aire libre en un patio decorado con muchas plantas, en un agradable restaurante de la zona, volví a subirme al coche con destino a las cuevas de Lombrives, donde expediciones nazis se habían internado para buscar el Santo Grial.

 

Eran más de las tres de la madrugada y Paula, a pesar de su creciente interés por el manuscrito de Sara Bermúdez, no pudo seguir leyendo. El sueño la rendía y dejó el libro sobre la mesilla. Antes de dormirse, se dirigió al baño que había en el pasillo y comprobó que por debajo de la puerta del dormitorio de su hija se colaba la luz encendida.

Se quedó parada unos instantes, y dudó si debía llamar por si Elena se encontraba mal. Pegó el oído a la puerta, pero no escuchó ningún ruido. Se dirigió de puntillas al dormitorio de su nieta y comprobó que ésta dormía. Finalmente, se encaminó al baño, orinó y regresó a su cama, disponiéndose a dormir.

Pero no le resultó tan fácil. Un sin fin de imágenes, sobre todo lo que acababa de leer, se mezclaban en su cabeza. Después de largo rato consiguió dormirse. Esa noche soñó que Matías era un demonio que intentaba seducirla.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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