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CAPÍTULO XVI

Daimon no me dejó descansar mucho
tiempo antes de indicarme un nuevo viaje, esta vez a Egipto.
Previamente, cuando regresé de Francia a mi casa en Rossal, quise
contarle mi experiencia en las cuevas de Lombrives, pero él no
parecía tener mucho interés.
Lombrives es la gruta más grande
de Europa, con muchos kilómetros de galerías y siete niveles
diferentes. Esta cueva era conocida ya por los romanos y durante la
época medieval sirvió de refugio a numerosos personajes, así como de
escondite a legendarios tesoros. Son muchas las leyendas generadas
en torno a Lombrives.
En su interior existen multitud
de marcas, cuyo significado aún no ha sido descifrado. También se
han exhumado numerosos esqueletos dentro de sus galerías. Algunos
con señales de trepanación y otros en cuclillas; lo que sugiere
rituales ligados a la muerte. La cueva se hizo famosa porque los
nazis buscaron en su interior el Santo Grial.
Yo intentaba relatar a Daimon a
qué hora había llegado, qué decía la guía, y todo lo que había visto
dentro de la cueva. Él me respondía:
—Nada de eso me interesa, Sara.
Sólo lo que has sentido, si es que has sentido algo especial. Tú
quieres contarme tu experiencia como si fueras una turista, y ya te
he dicho muchas veces que los viajes que estás haciendo forman parte
de una peregrinación, que debe tener resonancia en tu interior.
¿Sentiste algo especial en Lombrives? —preguntó tajante.
—Sentí claustrofobia al pasar por
un lugar estrecho en el que tenía que agacharme —dije rememorando
ese angustioso momento—. Sentí inquietud y miedo cuando la guía
apagó momentáneamente los focos de la galería en la que nos
encontrábamos, para experimentar la ominosa oscuridad que reinaba en
el interior de la cueva.
—¿Qué clase de miedo? —se
interesó.
—Un nudo en el estómago, opresión
en el pecho. Miedo a lo desconocido. Inquietud por las presencias
que se percibían, aunque yo no las viera. Había muchas cosas allá
abajo.
—Muchas criaturas viven en las
entrañas de la tierra, y algunas no son de este mundo —dijo Daimon,
mirándome profundamente para ver mi reacción— ¿Qué más sentiste?
—preguntó.
—Sentí que me encontraba en un
lugar sagrado. Una especie de catedral inmensa ubicada bajo tierra.
Las imágenes eran las formas naturales que el agua había ido creando
con su erosión, a través del tiempo. En el interior de una de las
galerías había un lago. Tuve necesidad de meter las manos y mojarme
la cara con esa agua limpia y cristalina. Al salir a la superficie
de nuevo, me dio la impresión de que había estado en el interior de
un protector útero terrestre. Aún así agradecí inmensamente el
calor y la luz del sol. Dentro de la cueva hacía frío.
Daimon se quedó pensativo un
rato, como evaluando mi relato, y finalmente dijo:
—No sé si te has dado cuenta de
lo que hiciste en el Languedoc francés. Por una parte subiste hasta
el castillo de Montsègur, y por otra bajaste hasta las cuevas de
Lombrives.
—Es cierto —respondí— no me había
dado cuenta.
—Pues deberías haber sido
consciente de ello. Así es el camino que nos toca recorrer. A
veces hay que subir a los cielos, y otras hay que bajar a los
infiernos. No se puede andar por el camino del espíritu sin hacer
estos dos viajes, hacia arriba y hacia abajo. No es una
peregrinación en línea recta.
Asentí con la cabeza y reflexioné
qué aplicación podría tener lo que decía Daimon, en mi vida
cotidiana. Como si estuviera al tanto de mis pensamientos, él
continuó:
—Vivimos en el mundo de la
dualidad. Nada existe sin su contrario. Una parte muy importante del
Camino consiste en saber —pero no con el intelecto, sino a través de
la experiencia— que los contrarios no son tales contrarios, sino
complementarios. El frío y el calor, la vida y la muerte, el amor y
el odio, no son más que los extremos de una misma energía. Ya sea en
el exterior o en el interior, en realidad es lo mismo. No hay
diferencia. Como arriba, así es abajo; Como adentro, así es afuera.
Daimon había captado totalmente
mi interés. El concepto de dualidad era algo que, de siempre, me
había hecho pensar mucho. No ya tanto la dualidad que podía
percibirse con facilidad en el mundo exterior, sino la otra más
difícil. La que todos llevamos dentro. Así se lo hice saber, y él me
respondió:
—Claro, esa dualidad es la más
difícil de aceptar, sobre todo teniendo en cuenta que nuestra
religión siempre nos ha enseñado a ser buenos y a rechazar lo malo.
Eso hace que rechacemos una parte de nosotros mismos. Y al no
aceptarnos a nosotros, difícilmente podremos aceptar a los demás. En
realidad todos los conflictos con el exterior no son más que
nuestros propios conflictos internos no resueltos. Ese es el
mecanismo de la proyección.
—¿Cómo funciona? —pregunté
interesada, aunque había leído mucho sobre el tema.
—De manera muy simple.
Proyectamos en los demás cualidades nuestras, que no aceptamos en
nosotros mismos, ya sean “buenas” o” malas”. Cosas que llevamos
dentro pero que rechazamos, que hemos escondido en nuestro
subconsciente. Sin embargo esa parte nuestra que hemos relegado a la
oscuridad, quiere salir a la luz y ser aceptada, porque también
forma parte de nuestra naturaleza. Pero como se lo impedimos,
utiliza para salir al exterior la puerta de atrás, proyectándose en
los demás.
—Quieres decir que si yo odio las
mentiras, por ejemplo, ¿es porque en el fondo soy mentirosa y no
quiero admitirlo?
—Pues sí, así funciona, siempre y
cuando tu aversión a la mentira sea algo visceral —dijo Daimon,
sonriendo al ver mi cara— Es duro, ¿verdad?
—A ver, a ver, eso no puede ser
así —añadí a la defensiva.
La sonrisa de Daimon se convirtió
en una sonora carcajada, al comprobar mi reacción. Cuando consiguió
parar de reír, continuó:
—Ya sé que no te gusta nada. A
nadie le gusta, pero así es. Todo lo que nos molesta de forma
intensa y visceral en los demás, todo lo que no soportamos, es
porque también forma parte de nuestra naturaleza dual. Y también
todo lo que admiramos en los otros.
—Según lo que dices, todas esas
mujeres que tienen obsesión por la limpieza, por ejemplo, en el
fondo son unas guarras.
—Más o menos —dijo Daimon
volviendo a reírse—. Su manía obsesiva por la limpieza externa es
sólo un reflejo de su interior. Se produce porque no aceptan la
suciedad que ellas mismas llevan dentro. Esa suciedad está en
todos, absolutamente en todos los seres humanos. ¿Quién no ha tenido
alguna vez un pensamiento sucio no confesado?
—¿Y cómo no tenerlo? —pregunté.
—¡No se trata de no tenerlo! Si
se tiene, hay que aceptarlo y desaparece de forma natural. Pero si
no lo aceptas, lo niegas, y lo reprimes, entonces es cuando empieza
a dar problemas y a llamar tu atención, proyectándose en otros. Es
más, esa persona que rechaza su lado oscuro atraerá a su vida, de
forma inconsciente, claro, toda esa oscuridad que no admite en su
interior. Por eso se repiten las experiencias y nos encontramos con
el mismo tipo de gente una y otra vez, hasta que uno no es
consciente de su problema y lo integra. Porque el problema es tuyo,
no del otro.
—¡Joder, qué fuerte!
—¡Joder, qué fuerte! —se le escapó a
Paula la expresión, en voz alta.
Llevaba un buen rato leyendo, desde
que se había acostado esa noche, el manuscrito de Sara Bermúdez. Y
cada vez lo hacía con más interés. Durante todo el domingo y el día
anterior había dedicado su tiempo y su atención a estar con sus
hijos, su nuera y su nieta. Pero también había echado de menos la
lectura de aquel libro, que cada vez conseguía atraerla más.
Haciendo un alto en la lectura,
rememoró cómo durante el fin de semana había estado tentada varias
veces de contarle a sus hijos que había encontrado ese manuscrito
enterrado en su jardín. Al final no había hablado de su existencia.
No sabía por qué, pero siempre que iba a mencionarlo, algo en su
interior le decía que no lo hiciera, que lo mantuviera en secreto.
Tampoco le había contado nada a
Matías. Aunque, a decir verdad, apenas si habían hablado durante el
fin de semana. Ni el viernes por la noche, ni el sábado en todo el
día mantuvieron ninguna conversación. Sólo había recibido una breve
llamada el domingo, a la hora de comer, en la que lo había notado
algo distante.
Durante todo el tiempo había estado
rodeada de sus hijos, y no creía que fuera el momento de hablar con
Matías. Tampoco a ellos les había contado nada sobre su relación con
él.
“¿Qué les iba a decir —reflexionó en
su interior— que su madre, que ya es abuela, ha perdido la cabeza
liándose con un jovencito?” Paula pensó, un tanto aliviada, que
quizás nunca llegase el momento de hablar con sus hijos de Matías
porque, ¿realmente existía una relación entre ellos?
Aunque llevaba sólo tres días en la
Gran Ciudad, le parecía que había transcurrido mucho tiempo, y que
ese tiempo había influido poderosamente en contra de la historia que
mantenía con Matías. En la breve conversación que habían tenido ese
día, Paula se había dado cuenta de que, en realidad, no tenía nada
que hablar con él.
Lo único que los unía hasta ese
momento era el apasionado encuentro sexual que habían vivido durante
una tarde y…nada más. Aunque le costase reconocerlo, y admitiendo
que quizás se había hecho demasiadas ilusiones, aún era demasiado
pronto para saber en qué iba a acabar esa historia. O, incluso, si
habría alguna historia.
Paula suspiró profundamente, sin
querer darle más vueltas, y volvió su atención hacia el manuscrito
de Sara Bermúdez que tenía entre las manos, diciéndose a sí misma:
“Lo que tenga que ser, será”.
Daimon no quiso seguir
profundizando en el tema de la dualidad. Dijo que ya habíamos
hablado suficiente por ese día, y que las cosas no se hacen
conscientes hablando sobre ellas, sino viviéndolas con luz interior.
—Sí claro, eso es muy fácil de
decir —protesté— ¿pero eso cómo se come?
—Se come a través de la intuición
—respondió como si fuera obvio— no con el pensamiento. Haciéndonos
receptivos, a través de la energía femenina, dejándonos llevar, en
lugar de intentar controlarlo todo.
—No es la primera vez que me lo
dices. En otra ocasión dijiste que la vida es una peregrinación, y
que cuando nos damos cuenta de ello nos relajamos en la existencia y
nos dejamos conducir por ella. Eso es fácil de decir pero ¿cómo se
hace? —pregunté con interés.
Daimon se rio a carcajadas. Se
diría que estaba esperando mi pregunta para burlarse de mí. Antes
de contestarme, me dio unos golpecitos cariñosos en la espalda, como
si hubiera tenido una ocurrencia buenísima.
—¡Pobre Sara! —dijo al fin—. Si
todo fuera tan fácil como hablar sobre este camino tan difícil, en
realidad ni tú ni yo estaríamos aquí.
Al ver mi cara de impotencia y
decepción, me consoló:
—No te preocupes, todo lo
averiguarás por ti misma. Como te he dicho en otras ocasiones, tú
ya tienes ese conocimiento, pero no lo recuerdas. Sin embargo,
quieres recordar, estás aquí, en la tierra, para recordar quien
eres. Todos estamos aquí para eso. Algo dentro de ti necesita ese
conocimiento de su propia esencia, más que ninguna otra cosa en el
mundo. Por eso todo en tu vida te ha conducido hasta este momento, y
esta peregrinación. Pero no te inquietes —insistió— ese
conocimiento es tuyo, y nadie te lo va a quitar. Eso sí, para
obtenerlo, tienes que emprender el camino de los locos y jugar el
juego de la vida.
—Vaya, qué bien. Para saber lo
que, según tú, ya sé, tengo que emprender un camino sin camino, y
tengo que jugar el juego de la vida ¿Cómo lo voy a jugar, si no sé
de qué se trata? — pregunté, desalentada.
—¡Si ya lo estás jugando! En
realidad el juego es la vida misma, la de cada cual. Sé que con
decirte esto no te estoy aclarando nada. Pero no te preocupes, lo
sabrás. Tú déjate llevar por tu intuición, por la existencia, y
sabrás cual es el juego que tienes que jugar.
Sus palabras me trajeron a la
memoria una vieja canción infantil, a la que yo jugaba con mi
hermana Carmen, dando palmadas y haciendo entrechocar nuestras
manos. Decía así:
Antón, Antón, Antón pirulero
Cada cual, cada cual, que aprenda
su juego
Y el que no lo aprenda, pagará
una prenda…
Se la canté a Daimon y él dijo
que era muy apropiada porque, realmente, cuando no aprendemos
nuestro papel en el juego de la vida, pagamos una prenda detrás de
otra hasta que nos damos cuenta, nos aceptamos como somos y
aceptamos el papel hemos elegido para vivirlo en esta existencia, y
que forma parte de un Plan superior. También me preguntó qué me
decía el nombre de Antón.
Me quedé pensando un momento y de
pronto me vino a la memoria que la de San Antón era una de los pocas
imágenes que había en la peculiar iglesia de Rènnes le Château,
además de ser el patrón de los animales, claro.
—Así es —dijo Daimon satisfecho—
es un santo, digamos, muy especial. Vivió casi toda su vida como
eremita en el desierto, en el siglo IV. La iglesia católica
conmemora su festividad el día 17 de enero. ¿No te dice nada esa
fecha?
A mi mente volvió a acudir otra
vez la iglesia de Rènnes le Château, custodiada por el demonio
Asmodeo, guardián de los secretos. Esa fecha aparece con
insistencia, relacionada con todo el enigma del abad Sauniére.
Estando allí, había leído en una
guía para el visitante que en esa fecha, el 17 de enero, un rayo de
sol penetra por la vidriera opuesta a donde está el santo ermitaño,
alcanzando su imagen e iluminándola. Según ese folleto, en ese
mismo día murió San Antonio Abad, a la edad de 105 años.
Daimon escuchó mi relato,
visiblemente satisfecho, aunque yo no acertaba a comprender qué
tenía que ver San Antón con lo que estábamos hablando. Así se lo
hice saber.
—Todo está relacionado. Todo son
pistas para descubrir el juego y el papel que cada uno tiene que
hacer en ese juego. En realidad, la existencia es apasionante y está
llena de señales para descubrirnos. Es como si jugásemos al
escondite con nosotros mismos. Nosotros nos escondemos y nosotros
nos buscamos, hasta encontrarnos. ¿No es excitante?
Al ver la expresión de
escepticismo pintada en mi cara, me dijo, riéndose:
—¡No te tomes todo tan en serio,
Sara, te va a dar algo! Sé más liviana. ¡Juega, como jugabas de niña
con tu hermana, cuando aún el mundo estaba por descubrir, cuando
nada estaba decidido!
Asentí con la cabeza, no muy
convencida. Él no me dejó respiro, y añadió:
—Por cierto, no sé si te he dicho
que San Antón nació en Egipto, ¿cómo van los preparativos para tu
peregrinación por Egipto?
No me dio tiempo a responder. Me
apremió a hacer el viaje cuanto antes. Según dijo, no quedaba mucho
tiempo. Intenté protestar. Yo quería aplazar ese viaje para el mes
siguiente. Pero no admitió excusas. Dijo que ni él ni yo íbamos a
vivir eternamente, y que había muchas cosas por hacer. Una semana
después cogí el avión con destino a Asuán.
Paula interrumpió la lectura unos
momentos. Ella siempre había querido ir a Egipto, pero no había
tenido ocasión. Desde niña le había atraído mucho todo lo
relacionado con esa civilización.
Uno de sus tesoros más preciados era
un pequeño colgante de plata, que representaba a la diosa egipcia
Isis, arrodillada de perfil y con las alas desplegadas. Le tenía
mucho cariño, y se lo ponía con frecuencia.
Se lo había traído una amiga de un
viaje a Egipto, al que habían asistido varios matrimonios conocidos,
todos ellos militares, cuando aún vivía su marido.
Ella deseó con todas su fuerzas ir
en ese viaje, pero no pudo convencer a Paco. Él se había negado con
la excusa de que aquella era una zona muy conflictiva. “No me
apetece morir a manos de unos terroristas fanáticos, en un país
lejano” —repetía, dando por terminada la discusión con su mujer.
Paula fantaseó con la idea de poder
realizar ahora ese viaje soñado, en compañía de Matías. Ya se veía,
junto a él, contemplando las pirámides. Pero, sin saber por qué, la
fantasía empezó a diluirse en su imaginación, como si se tratara de
una vieja película en mal estado. “Algo falla” —se dijo para sus
adentros— y, sin querer pensar en ello, continuó con la lectura.
Cuando esperaba la salida del
avión en el aeropuerto de la Gran Ciudad, vi a un hombre que llevaba
una camiseta azul marino, con la flecha amarilla que indica el
Camino de Santiago. Eso me reconfortó y me hizo pensar que Daimon
tenía razón y que yo continuaba con la misma peregrinación que había
iniciado cuando empecé a andar por la Ruta de las Estrellas.
Tuve que aferrarme varias veces a
la imagen de esa señal del Camino, durante la semana que pasé en
Egipto, ya que en muchas ocasiones me costaba trabajo asimilar mi
viaje con una peregrinación, en un ambiente tan cargado de turistas,
y en un país que parecía vivir sólo por y para el turismo.
Mi estancia en Egipto coincidió
con el Ramadán, aunque a lo largo del crucero que realicé por el
Nilo, subiendo desde Asuán hasta Luxor, esta circunstancia no tuvo
ninguna incidencia. Salvo la curiosidad de ver, al pasar por los
distintos poblados, cómo los habitantes realizaban sus oraciones de
rodillas y después comían tras el ayuno, al ponerse el sol.
Ni que decir tiene que los
distintos templos que íbamos visitando eran magníficos, pero yo no
conseguía sentir nada especial. Ya en el Cairo, las Pirámides y la
Esfinge me resultaron impresionantes. Me sentí sobrecogida al
contemplar aquellas moles de piedra. Pero, sobre todo, aquella
figura con cabeza de mujer y cuerpo de león, guardiana de
legendarios secretos que, con su mirada inmóvil hacia el Este,
clamaba en el silencio del desierto sobre enigmas indescifrables.
Algo se removía en mi interior, pero yo no acertaba a comprender de
qué se trataba.
Fue al visitar el templo de
Hatshepsut, la única mujer que gobernó como reina y “faraona” de
Egipto, cuando sentí algo realmente intenso que me trasladó a aquel
lugar, en algún lejano tiempo.
El templo no se parecía en nada a
los que mandaron construir los distintos faraones. La ubicación de
éste la eligió la propia reina Hatshepsut y fue su amante, Senmut,
el arquitecto encargado de construirlo, siguiendo sus
instrucciones.
Para llegar a este templo, desde
donde aparcaban los autobuses cargados de turistas, había que coger
un trenecillo que te acercaba hasta la entrada. Al llegar allí, te
encontrabas con un santuario dedicado a Amón, excavado en una
montaña, y distribuido en varios niveles.
Nada más llegar supe que aquel
lugar no se encontraba en esos momentos como yo lo había visto en
otros tiempos. En la avenida de acceso, faltaban las esfinges con el
rostro de la reina, que había a ambos lados. No sé cómo lo supe,
pero tuve la certeza interior de que así era.
Conforme me acercaba al templo,
cuando empecé a subir las escaleras que conducían al segundo y al
tercer nivel, mi cuerpo hizo el gesto de alzarme con las manos una
supuesta túnica larga hasta los pies, que naturalmente no llevaba,
con el fin de no tropezar y caerme.
Al darme cuenta del ademán
absurdo que había realizado, ya que llevaba puestos unos cómodos
pantalones, giré la cabeza hacia los lados para comprobar que nadie
se había dado cuenta.
Aunque había varios turistas a mi
alrededor, todos parecían estar más preocupados por hacerse fotos,
que por ver aquel extraordinario lugar o estar pendientes de lo que
yo hacía.
No sabría explicar de qué manera,
lo cierto es que, por unos breves instantes, el paisaje se
transformó, la luz se hizo más intensa y, al mismo tiempo,
aparecieron numerosas palmeras y albercas, otorgando un color verde
y un frescor inusual a aquel desértico lugar.
Fue todo muy rápido. Yo seguí
subiendo por aquellas escaleras, alzando mis pantalones como si se
tratase de una túnica, integrada en ese paisaje y en ese santuario
excavado en la roca. Sintiendo que mi existencia estaba vinculada,
como un elemento más de la naturaleza, a aquella vegetación y al
agua clara y fresca que habían existido en otros tiempos. Era
evidente que ya había estado allí.
La experiencia en el templo de
Hatshepsut me tuvo conmocionada durante todo el día. Intenté ponerme
en contacto con Daimon para contársela, pero fue imposible dar con
él. Yo sospechaba que me estaba evitando. Por la noche la sospecha
se convirtió en certeza. En mi móvil tenía un mensaje suyo en el que
me decía: “No quiero que me cuentes nada hasta tu regreso. Ya
hablaremos. Buen Camino, peregrina.”
Después del impacto tan fuerte
que había experimentado en el templo de la reina—faraona, y a punto
ya de volver a casa, creí que nada más podía ocurrirme en aquella
mágica tierra de Egipto. Me equivoqué.
La víspera del día previsto para
regresar, visitando el interior de la tumba de Ramsés IV, sentí una
extraordinaria emoción al mirar al techo. Tanta, que sin poderme
contener, me puse a llorar.
Lo que vi fue un cielo azul
cobalto estrellado, rodeado por el cuerpo de una mujer, que
contenía numerosas pinturas y grabados en su interior, dando la
impresión de un viaje.
El impacto fue tan tremendo, que
dediqué el resto del día a que el guía me explicase qué es lo que
había visto, buscando saber por qué me había impactado de esa
manera.
Lo que había visto era la
representación del recorrido nocturno del sol, viajando por el
interior del cuerpo de la Diosa Nut, que personificaba a la bóveda
celeste. Se decía que su risa era el trueno, y sus lágrimas la
lluvia. Era la madre de todos los cuerpos celestes. Cada día éstos
entraban por su boca y salían por su útero.
Según la mitología egipcia, el
sol viajaba a través del cuerpo de la diosa durante la noche, y las
estrellas y la luna lo hacían durante el día. Según me explicó el
guía, en el Libro de los Muertos, se recoge que Nut pudo haber
representado originariamente a la Vía Láctea.
Cuando escuché esta explicación,
un escalofrío recorrió mi espalda y el vello de mi cuerpo se erizó.
En aquel lejano país, en el cuerpo de la Diosa Nut, había encontrado
la misma Ruta de las Estrellas que yo había recorrido con mis
propios pies, a través del Camino de Santiago.
Daimon tenía razón. Todo estaba
relacionado. Puede que los símbolos fueran distintos, pero todo
empezaba a hablarme en un mismo lenguaje. El de la intuición, el que
conectaba directamente con mi energía femenina. Yo empezaba a
experimentarlo en mi propio cuerpo.
Al igual que Nut, sentía todo un
universo celeste transitando por mi interior, recorriendo mi cuerpo
para llegar hasta mi útero y salir a la luz. En esos momentos no
necesitaba comprender con mi mente qué me quería decir todo aquella
amalgama de sentimientos.
Por primera vez en mi vida no
quise saber. No me hacían falta las explicaciones. Me bastaba con
mirar el cielo estrellado, para saber que yo formaba parte de ese
universo.
Fue entonces cuando tuve la
certeza de que todos los cuerpos celestes que estaban allí arriba,
fuera de mí, también se encontraban en mi interior.
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