¡La primera novela de Albacete
que se publica on-line y
por entregas, antes de su
edición en papel!

 
   

 

 
   

COMPRAR AQUÍ El Camino de Los Locos MÁS BARATO QUE EN LAS LIBRERÍAS

CAPÍTULO XVI

Ilustración de Sergio Bleda para el décimo sexto capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Daimon no me dejó descansar mucho tiempo antes de indicarme un nuevo viaje, esta vez a Egipto. Previamente, cuando regresé de Francia a mi casa en Rossal, quise contarle mi experiencia en las cuevas de Lombrives, pero él no parecía tener mucho interés.

Lombrives es la gruta más grande de Europa, con muchos kilómetros de galerías y siete niveles diferentes. Esta cueva era conocida ya por los romanos y durante la época medieval sirvió de refugio a numerosos personajes, así como de escondite a legendarios tesoros. Son muchas las leyendas generadas en torno a Lombrives.

En su interior existen multitud de marcas, cuyo significado aún no ha sido descifrado. También se han exhumado numerosos esqueletos dentro de sus galerías. Algunos con señales de trepanación y otros en cuclillas; lo que sugiere rituales ligados a la muerte. La cueva se hizo famosa porque los nazis buscaron en su interior el Santo Grial.

 

Yo intentaba relatar a Daimon a qué hora había llegado, qué decía la guía, y todo lo que había visto dentro de la cueva. Él me respondía:

—Nada de eso me interesa, Sara. Sólo lo que has sentido, si es que has sentido algo especial. Tú quieres contarme tu experiencia como si fueras una turista,  y ya te he dicho muchas veces que los viajes que estás haciendo forman parte de una peregrinación, que debe tener resonancia en tu interior. ¿Sentiste algo especial en Lombrives? —preguntó tajante.

—Sentí claustrofobia al pasar por un lugar estrecho en el que tenía que agacharme —dije rememorando ese angustioso momento—.  Sentí inquietud y miedo cuando la guía apagó momentáneamente los focos de la galería en la que nos encontrábamos, para experimentar la ominosa oscuridad que reinaba en el interior de la cueva.

¿Qué clase de miedo? —se interesó.

—Un nudo en el estómago, opresión en el pecho. Miedo a lo desconocido. Inquietud por las presencias que se percibían, aunque yo no las viera.  Había muchas cosas allá abajo.

—Muchas criaturas viven en las entrañas de la tierra, y algunas no son de este mundo —dijo Daimon, mirándome profundamente para ver mi reacción— ¿Qué más sentiste? —preguntó.

—Sentí que me encontraba en un lugar sagrado. Una especie de catedral inmensa ubicada bajo tierra. Las imágenes eran las formas naturales que el agua había ido creando con su erosión,  a través del tiempo. En el interior de una de las galerías había un lago. Tuve necesidad de meter las manos y mojarme la cara con esa agua limpia y cristalina. Al salir a la superficie de nuevo, me dio la impresión de que había estado en el interior de un protector útero terrestre. Aún así  agradecí inmensamente el calor y la luz del sol. Dentro de la cueva hacía frío.

 

Daimon se quedó pensativo un rato, como evaluando mi relato, y finalmente dijo:

 

—No sé si te has dado cuenta de lo que hiciste en el Languedoc francés. Por una parte subiste hasta el castillo de Montsègur, y por otra bajaste hasta las cuevas de Lombrives.

—Es cierto —respondí— no me había dado cuenta.

—Pues deberías haber sido consciente de ello.  Así es el camino que nos toca recorrer.  A veces hay que subir a los cielos, y otras hay que bajar a los infiernos.  No se puede andar por el camino del espíritu sin hacer estos dos viajes, hacia arriba y hacia abajo. No es una peregrinación en línea recta.

Asentí con la cabeza y reflexioné qué aplicación podría tener lo que decía Daimon, en mi vida cotidiana. Como si estuviera al tanto de mis pensamientos, él continuó:

 

—Vivimos en el mundo de la dualidad. Nada existe sin su contrario. Una parte muy importante del Camino consiste en saber —pero no con el intelecto, sino a través de la experiencia— que los contrarios no son tales contrarios, sino complementarios. El frío y el calor, la vida y la muerte, el amor y el odio, no son más que los extremos de una misma energía. Ya sea en el exterior o en el interior, en realidad es lo mismo.  No hay diferencia. Como arriba, así es abajo; Como adentro, así es afuera.

 

Daimon había captado totalmente mi interés. El concepto de dualidad era algo que, de siempre, me había hecho pensar mucho. No ya tanto la dualidad que podía percibirse con facilidad  en el mundo exterior, sino la otra más difícil. La que todos llevamos dentro. Así se lo hice saber, y él me respondió:

 

—Claro, esa dualidad es la más difícil de aceptar, sobre todo teniendo en cuenta que nuestra religión siempre nos ha enseñado a ser buenos y a rechazar lo malo. Eso hace que rechacemos una parte de nosotros mismos. Y al no aceptarnos a nosotros, difícilmente podremos aceptar a los demás. En realidad todos los conflictos con el exterior no son más que nuestros propios conflictos internos no resueltos. Ese es el mecanismo de la proyección.

—¿Cómo funciona? —pregunté interesada, aunque había leído mucho sobre el tema.

—De manera muy simple. Proyectamos en los demás cualidades nuestras, que no aceptamos en nosotros mismos, ya sean “buenas” o” malas”.  Cosas que llevamos dentro pero que rechazamos, que hemos escondido en nuestro subconsciente. Sin embargo esa parte nuestra que hemos relegado a la oscuridad,  quiere salir a la luz y ser aceptada, porque también forma parte de nuestra naturaleza. Pero como se lo impedimos, utiliza para salir al exterior la puerta de atrás, proyectándose en los demás.

—Quieres decir que si yo odio las mentiras, por ejemplo, ¿es porque en el fondo soy mentirosa y no quiero admitirlo?

—Pues sí, así funciona, siempre y cuando tu aversión a la mentira sea algo visceral —dijo Daimon, sonriendo al ver mi cara— Es duro, ¿verdad?

—A ver, a ver, eso no puede ser así —añadí a la defensiva.

 

La sonrisa de Daimon se convirtió en una sonora carcajada, al comprobar mi reacción. Cuando consiguió parar de reír, continuó:

 

—Ya sé que no te gusta nada. A nadie le gusta, pero así es. Todo lo que nos molesta de forma intensa y visceral en los demás, todo lo que no soportamos,  es porque también forma parte de nuestra naturaleza dual. Y también todo lo que admiramos en los otros.

—Según lo que dices, todas esas mujeres que tienen obsesión por la limpieza, por ejemplo, en el fondo son unas guarras.

—Más o menos —dijo Daimon volviendo a reírse—.  Su manía obsesiva por la limpieza externa es sólo un reflejo de su interior. Se produce porque no aceptan la suciedad que ellas mismas llevan dentro.  Esa suciedad está en todos, absolutamente en todos los seres humanos. ¿Quién no ha tenido alguna vez un pensamiento sucio no confesado?

—¿Y cómo no tenerlo? —pregunté.

—¡No se trata de no tenerlo! Si se tiene, hay que aceptarlo y desaparece de forma natural. Pero si no lo aceptas, lo niegas, y lo reprimes, entonces es cuando empieza a dar problemas y a llamar tu atención, proyectándose en otros. Es más, esa persona que rechaza su lado oscuro atraerá a su vida, de forma inconsciente, claro, toda esa oscuridad que no admite en su interior. Por eso se repiten las experiencias y nos encontramos con el mismo tipo de gente una y otra vez, hasta que uno no es consciente de su problema y lo integra. Porque el problema es tuyo, no del otro.

—¡Joder, qué fuerte!

  

—¡Joder, qué fuerte! —se le escapó a Paula la expresión, en voz alta.

Llevaba un buen rato leyendo, desde que se había acostado esa noche, el manuscrito de Sara Bermúdez. Y cada vez lo hacía con más interés. Durante todo el domingo y el día anterior había dedicado su tiempo y su atención a estar con sus hijos, su nuera y su nieta. Pero también había echado de menos la lectura de aquel libro, que cada vez conseguía atraerla más.

Haciendo un alto en la lectura, rememoró cómo durante el fin de semana había estado tentada varias veces de contarle a sus hijos que había encontrado ese manuscrito enterrado en su jardín. Al final no había hablado de su existencia. No sabía por qué, pero siempre que iba a mencionarlo, algo en su interior le decía que no lo hiciera, que lo mantuviera en secreto.

Tampoco le había contado nada a Matías. Aunque, a decir verdad, apenas si habían hablado durante el fin de semana. Ni el viernes por la noche, ni el sábado en todo el día mantuvieron ninguna conversación. Sólo había recibido una breve llamada el domingo, a la hora de comer, en la que lo había notado algo distante.

Durante todo el tiempo había estado rodeada de sus hijos, y no creía que fuera el momento de hablar con Matías. Tampoco a ellos les había contado nada sobre su relación con él.

“¿Qué les iba a decir —reflexionó en su interior— que su madre, que ya es abuela, ha perdido la cabeza liándose con un jovencito?” Paula pensó, un tanto aliviada, que quizás nunca llegase el momento de hablar con sus hijos de Matías porque, ¿realmente existía una relación entre ellos?

Aunque llevaba sólo tres días en la Gran Ciudad, le parecía que había transcurrido mucho tiempo, y que ese tiempo había influido poderosamente en contra de la historia que mantenía con Matías. En la breve conversación que habían tenido ese día, Paula se había dado cuenta de que, en realidad, no tenía nada que hablar con él.

Lo único que los unía hasta ese momento era el apasionado encuentro sexual que habían vivido durante una tarde y…nada más. Aunque le costase reconocerlo, y admitiendo que quizás se había hecho demasiadas ilusiones, aún era demasiado pronto para saber en qué iba a acabar esa historia. O, incluso, si habría alguna historia.

Paula suspiró profundamente, sin querer darle más vueltas, y volvió su atención hacia el  manuscrito de Sara Bermúdez que tenía entre las manos, diciéndose a sí misma: “Lo que tenga que ser, será”.

 

 

Daimon no quiso seguir profundizando en el tema de la dualidad. Dijo que ya habíamos hablado suficiente por ese día, y que las cosas no se hacen conscientes hablando sobre ellas, sino viviéndolas con luz interior.

—Sí claro, eso es muy fácil de decir —protesté— ¿pero eso cómo se come?

—Se come a través de la intuición —respondió como si fuera obvio— no con el pensamiento. Haciéndonos receptivos, a través de la energía femenina, dejándonos llevar, en lugar de intentar controlarlo todo.

—No es la primera vez que me lo dices. En otra ocasión dijiste que la vida es una peregrinación, y que cuando nos damos cuenta de ello nos relajamos en la existencia y nos dejamos conducir por ella. Eso es fácil de decir pero ¿cómo se hace? —pregunté con interés.

Daimon se rio a carcajadas. Se diría que estaba esperando mi pregunta para burlarse de mí.  Antes de contestarme, me dio unos golpecitos cariñosos en la espalda, como si hubiera tenido una ocurrencia buenísima.

—¡Pobre Sara! —dijo al fin—. Si todo fuera tan fácil como hablar sobre este camino tan difícil, en realidad ni tú ni yo estaríamos aquí.

Al ver mi cara de impotencia y decepción, me consoló:

—No te preocupes, todo lo averiguarás por ti misma.  Como te he dicho en otras ocasiones, tú ya tienes ese conocimiento, pero no lo recuerdas. Sin embargo, quieres recordar, estás aquí, en la tierra, para recordar quien eres. Todos estamos aquí para eso. Algo dentro de ti necesita ese conocimiento de su propia esencia, más que ninguna otra cosa en el mundo. Por eso todo en tu vida te ha conducido hasta este momento, y esta peregrinación.  Pero no te inquietes —insistió— ese conocimiento es tuyo, y nadie te lo va a quitar. Eso sí, para obtenerlo, tienes que emprender el camino de los locos y jugar el juego de la vida.

—Vaya, qué bien. Para saber lo que, según tú, ya sé, tengo que emprender un camino sin camino, y tengo que jugar el juego de la vida ¿Cómo lo voy a jugar, si no sé de qué se trata? — pregunté, desalentada.

—¡Si ya lo estás jugando! En realidad el juego es la vida misma, la de cada cual. Sé que con decirte esto no te estoy aclarando nada. Pero no te preocupes, lo sabrás. Tú déjate llevar por tu intuición, por la existencia, y sabrás cual es el juego que tienes que jugar.

 

Sus palabras me trajeron a la memoria una vieja canción infantil, a la que yo jugaba con mi hermana Carmen, dando palmadas y haciendo entrechocar nuestras manos. Decía así:

 

Antón, Antón, Antón pirulero

Cada cual, cada cual, que aprenda su juego

Y el que no lo aprenda, pagará una prenda…

 

Se la canté a Daimon y él dijo que era muy apropiada porque, realmente, cuando no aprendemos nuestro papel en el juego de la vida, pagamos una prenda detrás de otra hasta que nos damos cuenta, nos aceptamos como somos y aceptamos el papel hemos elegido para vivirlo en esta existencia, y que forma parte de un Plan superior. También me preguntó qué me decía el nombre de Antón.

Me quedé pensando un momento y de pronto me vino a la memoria que la de San Antón era una de los pocas imágenes que había en la peculiar iglesia de Rènnes le Château, además de ser el patrón de los animales, claro.

—Así es —dijo Daimon satisfecho— es un santo, digamos, muy especial. Vivió casi toda su vida como eremita en el desierto, en el siglo IV. La iglesia católica conmemora su festividad el día 17 de enero. ¿No te dice nada esa fecha?

 

A mi mente volvió a acudir otra vez la iglesia de Rènnes le Château, custodiada por el demonio Asmodeo, guardián de los secretos. Esa fecha aparece con insistencia, relacionada con todo el enigma del abad Sauniére. 

Estando allí, había leído en una guía para el visitante que en esa fecha, el 17 de enero, un rayo de sol penetra por la vidriera opuesta a donde está el santo ermitaño, alcanzando su imagen e iluminándola.  Según ese folleto, en ese mismo día murió San Antonio Abad, a la edad de 105 años.

 

Daimon escuchó mi relato, visiblemente satisfecho, aunque yo no acertaba a comprender qué tenía que ver San Antón con lo que estábamos hablando. Así se lo hice saber.

—Todo está relacionado. Todo son pistas para descubrir el juego y el papel que cada uno tiene que hacer en ese juego. En realidad, la existencia es apasionante y está llena de señales para descubrirnos. Es como si jugásemos al escondite con nosotros mismos. Nosotros nos escondemos y nosotros nos buscamos, hasta encontrarnos. ¿No es excitante?

Al ver la expresión de escepticismo pintada en mi cara, me dijo, riéndose:

—¡No te tomes todo tan en serio, Sara, te va a dar algo! Sé más liviana. ¡Juega, como jugabas de niña con tu hermana, cuando aún el mundo estaba por descubrir, cuando nada estaba decidido!

Asentí con la cabeza, no muy convencida. Él no me dejó respiro, y añadió:

—Por cierto, no sé si te he dicho que San Antón nació en Egipto, ¿cómo van los preparativos para tu peregrinación por Egipto?

 

No me dio tiempo a responder. Me apremió a hacer el viaje cuanto antes. Según dijo, no quedaba mucho tiempo. Intenté protestar. Yo quería aplazar ese viaje para el mes siguiente. Pero no admitió excusas. Dijo que ni él ni yo íbamos a vivir eternamente, y que había muchas cosas por hacer. Una semana después cogí el avión con destino a Asuán.

 

 

Paula  interrumpió la lectura unos momentos. Ella siempre había querido ir a Egipto, pero no había tenido ocasión. Desde niña le había atraído mucho todo lo relacionado con esa civilización.

Uno de sus tesoros más preciados era un pequeño colgante de plata, que representaba a la diosa egipcia Isis, arrodillada de perfil y con las alas desplegadas. Le tenía mucho cariño, y se lo ponía con frecuencia.

Se lo había traído una amiga de un viaje a Egipto, al que habían asistido varios matrimonios conocidos, todos ellos militares, cuando aún vivía su marido.

Ella deseó con todas su fuerzas ir en ese viaje, pero no pudo convencer a Paco. Él se había negado con la excusa de que aquella era una zona muy conflictiva. “No me apetece morir a manos de unos terroristas fanáticos, en un país lejano” —repetía, dando por terminada la discusión con su mujer.

Paula fantaseó con la idea de poder realizar ahora ese viaje soñado, en compañía de Matías. Ya se veía, junto a él, contemplando las pirámides. Pero, sin saber por qué, la fantasía empezó a diluirse en su imaginación, como si se tratara de una vieja película en mal estado. “Algo falla” —se dijo para sus adentros— y, sin querer pensar en ello, continuó con la lectura.

 

 

Cuando esperaba la salida del avión en el aeropuerto de la Gran Ciudad, vi a un hombre que llevaba una camiseta azul marino, con la flecha amarilla que indica el Camino de Santiago.  Eso me reconfortó y me hizo pensar que Daimon tenía razón y que yo continuaba con la misma peregrinación que había iniciado cuando empecé a andar por la Ruta de las Estrellas.

Tuve que aferrarme varias veces a la imagen de  esa señal del Camino, durante la semana que pasé en Egipto, ya que en muchas ocasiones me costaba trabajo asimilar mi viaje con una peregrinación, en un ambiente tan cargado de turistas, y en un país que parecía vivir sólo por y para el turismo.

Mi estancia en Egipto coincidió con el Ramadán, aunque a lo largo del crucero que realicé por el Nilo, subiendo desde Asuán hasta Luxor, esta circunstancia no tuvo ninguna incidencia. Salvo la curiosidad de ver, al pasar por los distintos poblados, cómo los habitantes realizaban sus oraciones de rodillas y después comían tras el ayuno, al ponerse el sol.

Ni que decir tiene que los distintos templos que íbamos visitando eran magníficos, pero yo no conseguía sentir nada especial. Ya en el Cairo, las Pirámides y la Esfinge me resultaron impresionantes. Me sentí sobrecogida al contemplar aquellas moles de piedra. Pero, sobre todo, aquella figura con cabeza de mujer y cuerpo de león, guardiana de legendarios secretos que, con su mirada inmóvil hacia el Este, clamaba en el silencio del desierto sobre enigmas indescifrables. Algo se removía en mi interior, pero yo no acertaba a comprender de qué se trataba.

Fue al visitar el templo de Hatshepsut, la única mujer que gobernó como reina y “faraona” de Egipto, cuando sentí algo realmente intenso que me trasladó a aquel lugar, en algún lejano tiempo.

El templo no se parecía en nada a los que mandaron construir los distintos faraones. La ubicación de éste la eligió la propia reina Hatshepsut y fue su amante, Senmut, el arquitecto encargado de  construirlo, siguiendo sus instrucciones.

Para llegar a este templo, desde donde aparcaban los autobuses cargados de turistas, había que coger un trenecillo que te acercaba hasta la entrada. Al llegar allí, te encontrabas con un santuario dedicado a Amón, excavado en una montaña, y distribuido en varios niveles.

Nada más llegar supe que aquel lugar no se encontraba en esos momentos como yo lo había visto en otros tiempos. En la avenida de acceso, faltaban las esfinges con el rostro de la reina, que había a ambos lados. No sé cómo lo supe, pero tuve la certeza interior de que así era.

Conforme me acercaba al templo, cuando empecé a subir las escaleras que conducían al segundo y al tercer nivel, mi cuerpo hizo el gesto de alzarme con las manos una supuesta túnica larga hasta los pies, que naturalmente no llevaba, con el fin de no tropezar y caerme.

Al darme cuenta del ademán absurdo que había realizado, ya que llevaba puestos unos cómodos pantalones, giré la cabeza hacia los lados para comprobar que nadie se había dado cuenta.

Aunque había varios turistas a mi alrededor, todos parecían estar más preocupados por hacerse fotos, que por ver aquel extraordinario lugar o estar pendientes de lo que yo hacía.

No sabría explicar de qué manera, lo cierto es que, por unos breves instantes, el paisaje se transformó, la luz se hizo más intensa y, al mismo tiempo, aparecieron numerosas palmeras y albercas, otorgando un color verde y un frescor inusual a aquel desértico lugar.

Fue todo muy rápido. Yo seguí subiendo por aquellas escaleras, alzando mis pantalones como si se tratase de una túnica,  integrada en ese paisaje y en ese santuario excavado en la roca. Sintiendo que mi existencia estaba vinculada, como un elemento más de la naturaleza, a aquella vegetación y al agua clara y fresca que habían existido en otros tiempos. Era evidente que ya había estado allí.

 

La experiencia en el templo de Hatshepsut me tuvo conmocionada durante todo el día. Intenté ponerme en contacto con Daimon para contársela, pero fue imposible dar con él. Yo sospechaba que me estaba evitando. Por la noche la sospecha se convirtió en certeza. En mi móvil tenía un mensaje suyo en el que me decía: “No quiero que me cuentes nada hasta tu regreso. Ya hablaremos. Buen Camino, peregrina.”

Después del impacto tan fuerte que había experimentado en el templo de la reina—faraona, y a punto ya de volver a casa, creí que nada más podía ocurrirme en aquella mágica tierra de Egipto. Me equivoqué.

La víspera del día previsto para regresar, visitando el interior de la tumba de Ramsés IV, sentí una extraordinaria emoción al mirar al techo. Tanta, que sin poderme contener, me puse a llorar. 

Lo que vi fue un cielo azul cobalto estrellado,  rodeado por el cuerpo de una mujer, que contenía numerosas pinturas y grabados en su interior, dando la impresión de un viaje.

El impacto fue tan tremendo, que dediqué el resto del día a que el guía me explicase qué es lo que había visto, buscando saber por qué me había impactado de esa manera.

Lo que había visto era la representación del recorrido nocturno del sol, viajando por el interior del cuerpo de la Diosa Nut, que personificaba a la bóveda celeste.  Se decía que su risa era el trueno, y sus lágrimas la lluvia. Era la madre de todos los cuerpos celestes. Cada día éstos entraban por su boca y salían por su útero.

Según la mitología egipcia,  el sol viajaba a través del cuerpo de la diosa durante la noche, y las estrellas y la luna lo hacían durante el día. Según me explicó el guía, en el Libro de los Muertos, se recoge que Nut  pudo haber representado originariamente a la Vía Láctea.

Cuando escuché esta explicación, un escalofrío recorrió mi espalda y el vello de mi cuerpo se erizó. En aquel lejano país, en el cuerpo de la Diosa Nut, había encontrado la misma Ruta de las Estrellas que yo había recorrido con mis propios pies, a través del Camino de Santiago.

Daimon tenía razón. Todo estaba relacionado. Puede que los símbolos fueran distintos, pero todo empezaba a hablarme en un mismo lenguaje. El de la intuición, el que conectaba directamente con mi energía femenina. Yo empezaba a experimentarlo en mi propio cuerpo.

Al igual que Nut, sentía todo un universo celeste transitando por mi interior, recorriendo mi cuerpo para llegar hasta mi útero y salir a la luz.  En esos momentos no necesitaba comprender con mi mente qué me quería decir todo aquella amalgama de sentimientos.

Por primera vez en mi vida no quise saber. No me hacían falta las explicaciones. Me bastaba con mirar el cielo estrellado, para saber que yo formaba parte de ese universo.

Fue entonces cuando tuve la certeza de que todos los cuerpos celestes que estaban allí arriba, fuera de mí, también se encontraban en mi interior.

 

volver
volver a la web de la novela
EL CAMINO DE LOS LOCOS

ALBACETELITERARIO.COM promueve y gestiona esta iniciativa de edición on-line.

Enviar un correo electrónico a la redacción
Copyright © 2006 Rosa Villada, Sergio Bleda y Quevayanellos.com. Reservados todos los derechos.