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CAPÍTULO XIX

Matías
miraba fijamente las puertas de los vagones, para ver bajar a Paula.
Sus piernas temblaban ligeramente y no era debido al frío otoñal.
Con impaciencia, recorrió el andén buscándola. Llegó hasta la
cabecera del tren y no la vio. Dio media vuelta y, finalmente,
descubrió su silueta junto a un grupo de viajeros.
Paula vio
a Matías y, con gesto sonriente, se acercó hasta donde estaba. Él
salió a su encuentro de forma atolondrada, chocando con varias
personas. Cuando ambos se juntaron, quedaron quietos uno frente al
otro, sin saber qué decir. Matías la besó torpemente en las
mejillas. Se fijó en su pelo y, de forma instintiva, lo acarició
levemente.
—Estás
muy guapa —le dijo— te sienta muy bien ese color.
—Es el
mío. Son mis canas —respondió Paula, satisfecha con la aprobación de
Matías.
—Pues te
queda muy bien, incluso pareces más joven —insistió él.
Paula
sonrió. Matías le quitó de las manos la bolsa de viaje que traía, y
cargó con ella. Ambos se encaminaron hasta el coche, que estaba en
el aparcamiento de la estación.
A Paula
le latía el corazón con fuerza. Al llegar, se introdujo en el
vehículo mientras Matías dejaba la bolsa de viaje en el maletero.
Cuando éste se metió en el coche, la abrazó sin darle tiempo a
reaccionar y empezó a besarla de forma apasionada. Paula, sintiendo
una gran excitación, se dejó llevar.
Al cabo
de unos momentos, Matías miró por el espejo retrovisor, como para
comprobar que nadie los había visto besarse. Puso el coche en
marcha, lo sacó del aparcamiento, y cogió la carretera hacia Rossal.
Paula se
había quedado sin habla, como la vez anterior cuando estuvo con
Matías. Sólo sonreía como una estúpida, pero se daba cuenta de que
no controlaba la situación, y eso no le gustaba.
No supo
decir que no cuando Matías le anunció que podía pasar la noche con
ella, porque al día siguiente era fiesta y no trabajaba. Paula pensó
que hubiera preferido pasar la noche sola. De cualquier forma, lo
que respondió no tenía nada que ver con sus pensamientos.
—¡Qué
bien —dijo—, tenía muchas ganas de verte!
—Yo
también —afirmó Matías— y ahora que te he visto me doy cuenta de que
tenía aún más ganas de estar contigo de las que yo quería reconocer.
Apenas si
cruzaron palabra por el camino. Matías le preguntó por su hija y
Paula respondió que ya se encontraba mucho mejor. No dio más
explicaciones. No tenía ganas de empezar una conversación sobre la
situación de Elena y lo que ambas habían vivido en las últimas
semanas.
En menos
de media hora estuvieron en Rossal. Matías había conducido a gran
velocidad, como si tuviera prisa por llegar. Cuando aparcaron ante
la puerta de su casa, mientras Paula buscaba las llaves en el bolso,
notó que Matías miraba a un lado y a otro de la calle, como si
temiera que alguien pudiera verle entrar.
Paula,
por su parte, desvió la mirada hacia la casa de su vecino. Se
sobresaltó al ver los ojos penetrantes de Jano, observándola desde
una de sus ventanas. Hizo un gesto de saludo con la mano, pero el
hombre no le respondió. Se limitó a meterse dentro y a bajar la
persiana, como si le importase muy poco la vida de su vecina.
Mientras
abría la puerta, Paula pensó que al día siguiente iría a visitarlo,
con cualquier excusa, para hablar de Sara Bermúdez. Una vez dentro
de la casa, apenas si le dio tiempo a encender la luz.
Cuando
iba a decir “hogar, dulce hogar”, se quedó con la palabra en la boca
porque Matías la había arrinconado con suavidad contra la pared, y
ya tenía su mano bajo la blusa, acariciándole el pecho, al tiempo
que la besaba con rapidez y apasionamiento.
Paula
notó, apretándole su cuerpo, la gran excitación de Matías. Por unos
instantes algo en su interior quería resistirse, decirle que no
fuera tan rápido. Pero esa voz se hizo enseguida lejana y ella se
entregó a su fogosidad.
Casi de
forma inmediata, estaban en su dormitorio, medio desnudos,
revolcándose en la cama. Paula estaba como embriagada. Con Paco
nunca había tenido relaciones tan ardientes. Hicieron el amor dos
veces, casi sin descanso entre medias. Sólo el suficiente para que
Matías se recuperase. Puesto que era él el que, en todo momento,
llevaba la iniciativa.
Después
de la segunda vez, exhaustos, se quedaron durmiendo abrazados.
Cuando se despertaron era después de la medianoche. La casa estaba
fría y Paula encendió el calentador y la calefacción.
Mientras
Matías se duchaba, Paula se vistió de nuevo y empezó a improvisar
una cena con latas que guardaba en la despensa, y el fiambre que
tenía en el frigorífico. Él había preferido quedarse en casa y, de
todas maneras, ya era muy tarde para encontrar algún sitio abierto
donde cenar.
Paula se
sentía un poco desconcertada. Pensó que el “revolcón” había estado
muy bien, mejor que bien; pero esa sensación de falta de control, de
estar dirigiéndose hacia el abismo, no sólo no se le iba de la
cabeza, sino que la tenía preocupada.
Durante
la cena, Matías estuvo muy cariñoso. Repitió varias veces que, al
verla, se había dado cuenta realmente de lo que la había echado de
menos y de lo que la necesitaba. Paula estuvo a punto de preguntarle
si, además de necesitarla, también la quería, pero se calló. Fue
Matías quien quiso saber si le había comentado a su hija algo sobre
él. Un tanto perpleja, Paula respondió que no.
—¿Por
qué? —quiso saber Matías.
—Pues no
sé —respondió ella— me ha parecido un poco prematuro. Al fin y al
cabo cuando yo me fui a la Gran Ciudad, sólo habíamos pasado un día
juntos.
—Si, es
verdad. Nada más conocernos te tuviste que marchar. Pero aquel día
fue muy importante. Al menos para mí.
Entre los
dos se instaló un pesado silencio. Parecía como si ambos estuvieran
sopesando la mejor forma de abordar la situación. Fue Matías el que
continuó preguntando:
—¿Y a ti
qué te parece lo que está pasando entre nosotros?
Paula
tragó saliva antes de responder. Se le acababa de hacer un nudo en
la garganta. Le hubiera gustado no tener esa conversación aquella
noche. Le parecía demasiado precipitada. Era como si Matías tuviera
prisa por tomar una decisión con respecto a ella.
Por otro
lado —pensó— quizás fuera un buen momento para hablar sinceramente y
aclarar las cosas. Para ver si merecía la pena o no seguir adelante.
Se imaginó que Matías tendría las mismas dudas que ella tenía.
Finalmente, respondió de forma sincera:
—La
verdad es que no lo sé. Esta forma de relacionarme es totalmente
nueva para mí. Yo sólo he estado con un hombre, mi marido, y desde
luego no se parecía mucho a ti, ni la situación tenía ninguna
semejanza. Era militar —añadió, como si eso aclarase algo por sí
solo—. Jamás se me habría pasado por la cabeza liarme con alguien
que, por la edad, podría ser mi hijo.
—¿Y a ti
la diferencia de edad te parece un obstáculo? —preguntó Matías,
queriendo llegar al fondo de la cuestión.
Paula se
detuvo a pensarlo antes de responder. Quería ser totalmente sincera.
No sólo con Matías, sino con ella misma. Tras unos momentos de
reflexión, dijo:
—Personalmente, no me supone ningún obstáculo la edad que tengas.
Creo que es más difícil asumirlo para ti que para mí. Tampoco digo
que para mí sea fácil —añadió—. Me costará mucho trabajo que mis
hijos lo entiendan. Bueno, sobre todo mi hijo. Se parece mucho a su
padre y está un poco chapado a la antigua. Creerá que estoy loca.
Pero al fin y al cabo se trata de mi vida, no de la suya. Yo no le
digo a él como tiene que vivir.
Matías
sonrió y cogió la mano de Paula, entendiendo lo difícil que le
estaba resultando aquella conversación. Al verla tan preocupada, le
pareció una persona sensata y honesta. Sintió un gran cariño por
ella, y remordimientos por no haberle hablado de Susana. En
realidad, aquella conversación que estaba planteando, era más
necesaria para él que para ella.
Pensó que
era él quien tenía que aclararse de una puñetera vez, y estaba
dispuesto a hacerlo. Al reencontrarla de nuevo, se había dado cuenta
de que quería estar con Paula. Le gustaba mucho, más que ninguna
otra mujer le había gustado nunca, y para estar con ella tenía que
ir cerrando otros capítulos de su vida. Incluyendo lo de permanecer
viviendo con sus padres.
—Por lo
que veo —dijo Matías— has pensado en nosotros y en lo que dirían tus
hijos de nuestra relación.
—Sí,
¡claro que he pensado! Aunque no he querido darle muchas vueltas
porque…
Paula
interrumpió su razonamiento. Matías la observaba con expectación, y
ella continuó:
—Porque
no sabía a ciencia cierta cuales eran tus sentimientos hacia mi…
¡Sólo pasamos un día juntos! —dijo como justificándose—. No sabía
cual iba a ser tu reacción cuando volviera, y si querrías seguir
viéndome.
—Pues
ahora ya la sabes —dijo él atrayéndola hacia sí y abrazándola— yo
quiero que sigamos juntos. Mi madre tampoco va a entender lo de la
diferencia de edad, y eso va a ser un obstáculo, no lo niego, pero
estoy dispuesto a saltarlo. ¡Ahora que te he encontrado, no te voy a
dejar escapar! —concluyó sonriendo.
Permanecieron abrazados durante largo rato. Después, quitaron la
mesa juntos y salieron un poco a la terraza. Contemplaron las
estrellas y el mar, escuchando el murmullo de las olas.
Aunque
afuera hacía frío, ellos no lo notaban. Matías se sentía feliz al
reencontrar a Paula, y dispuesto a ordenar su vida para continuar su
relación con ella. Por unos momentos estuvo tentado de hablarle de
Susana. Pero no lo hizo.
Pensó que
no merecía la pena, ahora que había decidido dejarla. Tenía muy
claro que no era a ella a quien quería. En realidad, nunca había
querido a Susana y no debía haberse dejado arrastrar por ella y por
su madre, para seguir manteniendo una relación que no le satisfacía.
Dejó de
pensar en Susana, en su madre, y en los problemas que tenía que
afrontar, al haber aparecido Paula en su vida. La contempló con
cariño y la apretó contra su pecho. En esos momentos se sentía
tranquilo y liberado, como niño con zapatos nuevos.
Sin
necesidad de mediar palabra, Matías y Paula salieron de la terraza y
se retiraron al dormitorio. Allí hicieron nuevamente el amor, con el
mismo apasionamiento que las veces anteriores, y cada vez más
compenetrados.
Paula se
sintió más cómoda con él que cuando habían llegado. La conversación
que habían tenido le había resultado clarificadora. Las barreras
internas que mantenía en torno a él, cedieron el paso a la
confianza. Relajada y tranquila, se durmió en sus brazos.
Durmieron
hasta bien entrada la mañana y cuando se despertaron, hicieron el
amor una vez más. Paula fue la primera en dejar la cama. Se pasó al
baño y se duchó. El día había amanecido fresco y soleado. Salió a la
terraza y respiró la brisa que llegaba del mar.
Mientras
Matías se duchaba, ella preparó el desayuno. Café y unas tostadas
con mantequilla y mermelada. Era el Día de Todos los Santos, la
gente llenaba los cementerios recordando a sus muertos. Ellos habían
decidido pasear por la playa y luego buscar algún sitio donde comer.
Durante
el desayuno, ninguno de los dos mencionó para nada la conversación
que habían tenido la noche anterior. Ambos se mostraban contentos y
cariñosos. Sólo hablaban o bromeaban sobre temas intrascendentes.
Al acabar
de desayunar, Matías dijo que iba a conectar el móvil, por si había
alguna llamada de su casa.
—Tal y
como está mi padre —aclaró a Paula— no puedo estar mucho tiempo
desconectado, por si surge algo. Con Adán nunca se sabe.
Matías
conectó el móvil y, casi de inmediato, el aparato empezó a emitir
sonidos, sin interrupción. Su rostro cambió de color
—¿Pasa
algo? —le preguntó Paula, asustada.
—Son
llamadas perdidas desde mi casa, realizadas a última hora de anoche.
Algo ha pasado —dijo con un tono de preocupación.
Matías
llamó de forma inmediata a su madre, pero nadie cogía el teléfono.
—No lo
cogen —dijo— esa no es buena señal.
Además de
las llamadas que había desde su domicilio, Matías tenía otras que se
habían hecho desde el móvil de Susana. Esto le alarmó más todavía,
pero no se atrevió a llamarla. Cada vez más preocupado, insistió en
seguir llamando a su casa. Seguían sin cogerlo.
—¿No
tiene móvil tu madre? —le preguntó Paula
—No.
Siempre le estaba diciendo que tenía que comprarse uno, por la
situación de mi padre, pero ella siempre me respondía que no lo
necesitaba.
—¿Y no
puedes llamar al móvil de alguien, de alguna vecina o alguien que
viva cerca y te pueda informar? —dijo ella.
Matías se
quedó pensando unos momentos, y vio la ocasión para llamar a Susana.
Ella le informaría de lo que había pasado.
—Voy a
intentar llamar a otro número —le dijo a Paula mientras se salía a
la terraza, alegando que allí fuera había más cobertura.
Paula le
dejó con sus gestiones, y se dedicó mientras tanto a recoger de la
mesa las tazas del desayuno.
Susana,
que estaba en la farmacia porque tenía guardia, cogió el teléfono
casi de inmediato. Lo primero que hizo fue preguntarle a Matías
dónde estaba. Éste no contestó y se limitó a decir:
—¿Qué ha
pasado?
—A tu
padre le dio anoche un ataque al corazón. Como no te encontraba, tu
madre me avisó. Llamé a una ambulancia y se lo llevaron al Hospital,
ahora está en la UCI.
—Vale,
luego te llamo, yo voy ahora para allá.
—¿Dónde
estabas? —insistió ella— Tengo que hablar contigo.
—Ya te lo
contaré —respondió él secamente— yo también tengo que hablar
contigo. Hasta luego.
Con gesto
contrariado, Matías contó a Paula lo que le había pasado a su padre.
—No tengo
más remedio que irme para el Hospital.
—¿Quieres
que te acompañe? —dijo ella.
—No,
mejor no. Mi madre estará fatal y no es el mejor momento para
presentártela. Ya habrá tiempo. Tú quédate aquí. Luego te llamaré.
Paula
asintió con la cabeza y se abrazó a él. Matías le correspondió con
el abrazo, la estrechó contra su pecho y la besó en los labios. Ella
le acompañó hasta el coche. Antes de arrancar, Matías dijo:
—Ya ves
cuantas complicaciones. Se diría que hay una mano negra que no nos
permite estar juntos. O sales tú corriendo por tu hija, o salgo yo
por mi padre. Pero no te preocupes, volveré.
Paula
asintió con una sonrisa, y le dijo adiós con la mano. Después se
metió nuevamente en su casa. Antes de hacerlo, miró hacia las
ventanas de su vecino. No vio nada, la casa parecía estar vacía.
Ninguna señal de que allí viviera un ser humano.
Matías
condujo deprisa y en pocos minutos llegó al hospital de San Roque.
Pasó a la sala de espera de la UCI y allí se encontró a su madre,
muy abatida. Al verle, se abrazó a él y empezó a llorar, intentando
contarle lo que había pasado. Pero el llanto no le dejaba hablar.
Matías la estrechó contra sus brazos y le pidió que se
tranquilizara.
Cuando
estuvo más calmada, le contó que su padre se había encontrado mal de
repente y que ella se asustó mucho porque él no estaba.
—¿Dónde
te habías metido? —le preguntó Eva entre sollozos.
—En casa
de un amigo —mintió —. Lo siento. Siento no haber estado en casa
cuando me necesitabas. ¿Cómo está?
Su madre
le explicó que no lo sabía, que no le habían dejado verlo desde que
ingresó en la UCI, y que todos los que estaban en la sala eran
familiares de enfermos ingresados en esta Unidad, que estaban
esperando la llegada del médico para que les informase.
Matías
intentó que su madre se marchase a casa, puesto que ya estaba allí
él para informarse. Pero Eva no quiso irse. Ambos esperarían al
médico y, según lo que dijera, ya verían lo que hacían.
Durante
la espera, Matías se separó de su madre y llamó a Paula para
informarle de la situación. Le dijo que ese día ya no iba a poder
volver a Rossal, pero que la llamaría en cuanto supiera algo más
concreto.
Al cabo
de una hora, que a Matías se le hizo eterna, apareció el médico y
empezó a llamar a los familiares de los ingresados para informarles.
Una media hora después, les tocó el turno a ellos.
El
médico, un hombre ya mayor, no se anduvo por las ramas y les dijo
que Adán había sufrido un infarto de consideración y que se
encontraba muy grave.
Según les
informó, aún era prematuro saber si respondería satisfactoriamente
al tratamiento, porque todavía no habían pasado las primeras 24
horas. Pero añadió que, a sus 85 años, no debían hacerse muchas
ilusiones, y sí estar preparados para lo peor.
Les dijo
que podían verlo durante unos minutos a través de un cristal. Y,
puesto que no podían estar con él, les aconsejó que después se
marchasen a su casa hasta el día siguiente.
—Hasta
mañana por la mañana no tendrán más información. Si se produce
alguna novedad, yo mismo les avisaré. Es mejor que se vayan a
descansar —añadió en tono suplicante—. Ustedes ya no pueden hacer
nada por él.
Matías y
su madre vieron a Adán, entubado y conectado a varias máquinas,
desde el cristal de un pasillo. El impacto de verle de aquella
manera fue muy fuerte para Eva, que sufrió un ataque de llanto y
ansiedad.
Rápidamente fue sacada de la UCI y atendida por una enfermera, que
le dio un tranquilizante. La mujer, profesional y acostumbrada a
esas escenas, aconsejó a Matías que se la llevase a su casa para que
pudiera descansar. Además, le dijo que la pastilla que le había dado
la haría dormir.
Aunque al
principio se resistió, Eva accedió finalmente a que se marchasen a
casa. Durante el trayecto en coche, no hablaron. Matías observó que
su madre iba como zombi. Pensó que era la pastilla que empezaba a
hacerle efecto. Al llegar, la acompañó a su habitación y la ayudó a
quitarse los zapatos y a tumbarse en la cama.
Eva
seguía sin hablar, aunque de vez en cuando gimoteaba.
—Venga
mamá, descansa un poco —le dijo Matías mientras bajaba la persiana.
—Yo creo
que se va a recuperar ¿verdad? —murmuró la mujer, con poca
convicción.
—Claro,
no te preocupes —mintió Matías, que no pensaba igual—. Ahora duerme
un poco.
Cuando
iba a cerrar la puerta del dormitorio de su madre, Matías oyó que
Eva le preguntaba:
—¿Dónde
estabas anoche?
—Ya te lo
he dicho, en casa de un amigo —volvió a mentir, con la seguridad de
que su madre no le había creído.
Paula
estaba sentada al sol en la terraza, contemplando el mar, cuando
recibió la llamada de Matías. Tenía el móvil junto a ella para poder
oírlo si él la llamaba. De forma precipitada lo conectó y escuchó la
voz que le llegaba del otro lado, con un tono de preocupación.
Matías le
explicó lo que les había dicho el médico, y las pocas esperanzas que
él tenía de que su padre saliera con vida de aquel infarto.
—Es
curioso —dijo él— mi padre y yo nunca nos hemos llevado bien y sin
embargo ahora me da mucha pena pensar que puede morirse.
Paula no
sabía qué decirle. Ella también estaba apenada. Aunque no conocía a
su padre, sentía lástima por Matías y porque a lo largo de su vida
no hubieran sido capaces de reconciliarse.
—Ya ves
cómo se complica todo. Si Adán muere, mi madre me va a necesitar a
su lado más que nunca…
Paula le
interrumpió:
—Escúchame, no creo que éste sea el momento para hablarle a tu madre
de mí. Ya habrá tiempo. Ahora debes estar a su lado, pase lo que
pase. ¡Nosotros tenemos toda la vida por delante! Soy vieja, pero no
tanto —añadió Paula en tono alegre, queriendo animar a Matías.
La
conversación no duró mucho más. Llamaban a la puerta de su casa y
Matías dijo a Paula que tenía que abrir. Ella le pidió que la
tuviera informada, y él quedó en volver a llamarla después.
Matías no
se sorprendió cuando al abrir la puerta se encontró a Susana. Sin
poder evitar un gesto de contrariedad, le indicó que pasase y
respondió con frialdad a su abrazo. Pensó que tenía el don de la
oportunidad. “La que faltaba” —dijo para sus adentros.
Susana
notó que, por muy afectado que estuviera con lo de su padre, la
actitud de Matías con ella no era normal. Por eso se apresuró a
preguntarle con firmeza:
—¿Qué es
lo que te pasa?
Matías
reflexionó unos momentos antes de responder. Por una parte, se daba
cuenta de que no era el mejor momento para hablarle de Paula. Por
otra parte, estaba ya harto de engaños y quería aclarar las cosas
cuanto antes. Finalmente, optó por decir:
—La
verdad, Susana, me pasan muchas cosas, pero no creo que éste sea el
mejor momento para hablar de ellas, cuando mi padre se está
muriendo.
—Pues yo
tengo algo que decirte. Me he escapado un rato de la farmacia para
hablar contigo —dijo ella con seguridad.
—¿Tan
importante es que no puede esperar? —preguntó Matías de mala gana.
—Sí, es
muy importante, y creo que no puede esperar. A mí me hubiera gustado
que las circunstancias fueran otras, pero…
—Vale,
pues tú dirás —dijo Matías con frialdad e impaciencia.
Susana se
sentó en un sillón de la sala de estar e indicó a Matías que hiciera
lo mismo. Éste lo hizo con desgana, pero antes de que ella empezara
a hablar, oyeron gritos que procedían del dormitorio de su madre.
Se
miraron y, sin mediar palabra, ambos se levantaron deprisa y
acudieron corriendo al lado de Eva. Cuando llegaron a la habitación,
la mujer estaba presa otra vez de un ataque de llanto y ansiedad.
Paula
rebuscó en la despensa y el frigorífico algo para comer. No tenía
ganas de salir ella sola. Seguro que los restaurantes y bares de la
zona estaban hasta arriba, y prefería quedarse en casa. Además,
Matías podía llamar en cualquier momento y era mejor que la pillara
en casa.
También
ella quería llamar a sus hijos para comunicarles que había llegado
bien y que ya estaba en Rossal instalada de nuevo. Era raro que
ninguno de los dos la hubiera llamado todavía. Pensó que quizás eso
era un buen síntoma de que ya la consideraban mayorcita y podían
prescindir de su tutela.
Como no
había mucho surtido para comer, terminó haciéndose un sándwich de
jamón de york con queso, y abriéndose una cerveza para tomarlo todo
en la terraza. El día era estupendo. Al sol incluso hacía calor.
Mientras comía, pensó en Matías y en todo lo que había pasado desde
que volvió de la Gran Ciudad.
—¡Dios
mío —dijo en voz alta— si ni siquiera hace 24 horas! Últimamente
parece como si toda mi vida se hubiera acelerado. Como si tuviera
prisa por recuperar todo lo que no he vivido en los últimos años.
El sol de
la terraza y el buen tiempo hicieron que Paula se adormeciera un
poco después de la comida. Cuando se despertó, se preparó un café
para espabilarse y buscó en la bolsa de viaje, que aún tenía sin
deshacer, el manuscrito de Sara Bermúdez.
Cogió las
gafas, se acomodó en una tumbona, y se dispuso a leerlo en el punto
donde lo había dejado el día anterior, cuando volvía a San Roque en
el tren.
Recordó
la última frase que había leído:
… repasé
mi vida y me di cuenta de que, efectivamente, tenía muchas cosas que
corregir y resolver, antes de seguir mi camino.
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