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CAPÍTULO II

Ilustración de Sergio Bleda para el segundo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

 

Paula se dirigió hacia los primeros bancos de la iglesia con el mismo paso firme que había llevado durante todo el trayecto desde su casa. Desde lejos divisó a su hijo y a su nuera y al fijarse un poco más comprobó que también habían llegado ya de la Gran Ciudad Elena y su nieta Clara. Afortunadamente no se veía a su yerno. Mientras avanzaba hasta el altar, Paula fue consciente de llevar clavadas en el cogote todas las miradas de sus amistades. Casi podía adivinar las murmuraciones. Esa sensación de sentirse observada le gustó. Le hizo sonreír interiormente y pensó: “Vaya, he dejado de ser invisible, por fin vuelve a mirarme alguien”.

Pero sus amigos y conocidos no eran los únicos en fijarse en Paula. También sus familiares se quedaron con la boca abierta cuando la vieron llegar vestida de rojo. Fernando, que cada vez se parecía más a su padre, no dijo nada, pero la atravesó con la mirada. Paula le sonrió mientras pensaba: “Hoy voy a escuchar dos sermones, el de la misa y el de mi hijo”. Su nuera la miró, luego observó a su marido, y al ver la cara de mala leche que tenía éste, bajó la cabeza para esconder una sonrisa. “Es maja Amalia —pensó Paula— espero que Fernando no consiga contagiarle su rigidez”. Elena, por su parte, no pudo evitar preguntar a su madre, cuando Paula se sentó a su lado:

—¿De qué te has disfrazado, mamá?

Paula respondió con un tono retador:

—De Paula Segura. Una mujer que tiene ganas de vivir.

Sólo su nieta celebró su apariencia. Al acercarse a ella para darle un beso le dijo al oído, con admiración:

—Abuelita, ¡qué guapa!

Al finalizar la misa algunos conocidos se acercaron hasta Paula para saludarla, con el consiguiente malestar de Fernando, que quería llevársela de la iglesia a toda costa, para procurar que no la viera mucha gente. Paula, por el contrario, se mostraba sonriente y de lo más locuaz, saludando a todas sus amistades, con la alegría del que se encuentra en una fiesta.

Era muy consciente del impacto que estaba causando en los matrimonios amigos con los que se juntaba en vida de Paco. Ellas cruzaban entre sí sonrisas y miradas de complicidad, mientras sus maridos la observaban con gesto de desaprobación. Marisa, una de las que se llevaba mejor con Paula cuando salían juntas, se atrevió a decirle:

—Vaya, vaya, quién lo iba a decir. Tu alegre atuendo va a dar mucho que hablar en los próximos días.

—Me alegro —respondió Paula con una amplia sonrisa— cuando uno lleva una vida aburrida y sin emociones, no tiene más remedio que ocuparse de la de los demás para pasar el rato.

—Tú sabrás —le contestó Marisa, clavándole la mirada, sin perder la sonrisa— la vida que llevamos es la misma que tú llevabas antes.

—Llevas razón, Marisa —respondió Paula sin achicarse— pero eso ya se ha acabado. Y ahora, si me disculpas, tengo que irme porque me están esperando mis hijos.

Mientras se alejaba, escuchó la voz de su amiga que le gritaba:

—Llámame si quieres y hablamos un rato.

Sin pensarlo siquiera, se sorprendió a sí misma respondiéndole:

—No voy a poder porque me voy a trasladar a otro sitio.

—¿Te mudas de casa? —insistió Marisa elevando aún más el tono de voz.

—No —contestó Paula a voces— me voy a vivir a otra ciudad.

Marisa se quedó con la boca abierta al escuchar la confesión de su amiga, pero no fue la única. En cuanto llegó a donde estaban sus hijos, Fernando la agarró con fuerza del brazo y mientras se alejaban le preguntó, visiblemente enfadado:

—¿Qué es eso de que te vas a vivir a otra ciudad? Supongo que no lo habrás dicho en serio. Y ¿por qué te has vestido así para el funeral?

—No me he vestido así para el funeral. He decidido esta mañana quitarme el luto y ha dado la casualidad de que hoy era el funeral.

—Vaya por Dios, ahora resulta que ha sido sólo una casualidad. Podías haber esperado hasta después de la misa, ¿no? Nos has dejado a todos en ridículo —subrayó, cada vez más enfadado.

—Oye, oye —dijo Paula soltándose de la mano que le apretaba— no me hables en ese tono que soy tu madre.

—Pues no lo parece. No parece que seas una mujer adulta. ¿Es que no tienes sentido del ridículo? Tu nieta tiene más conocimiento que tú.

—La abuelita está muy guapa —dijo la niña cogiéndose de la mano de Paula.

—Tú cállate, Clara. Cuando hablan los mayores los niños se callan —la reprendió Elena.

Tras un breve y embarazoso silencio, Paula habló de nuevo con un tono calmado. Dirigiéndose a Fernando le dijo:

—Mira, hijo, yo no me siento ridícula. Tu padre hace un año que murió jugando a las batallitas en Chinchilla. Un lugar perdido que yo ni sabía que existía y que, además, tiene nombre de abrigo de pieles...

—Mi padre no jugaba a las batallitas como tu insinúas —le interrumpió Fernando— mi padre era militar y estaba de maniobras cumpliendo con su deber.

—Vale, vale, como tú quieras, cumplía con su deber de ir a pegar tiros a un enemigo fantasma, donde Cristo perdió el gorro. Pero la cuestión es que tu padre ha muerto y, te aseguro, que yo lo siento infinitamente más que tú —añadió con la voz quebrada— Pero eso ya no tiene remedio. Hasta esta mañana no me había dado cuenta de que yo sigo viva, y si no aprendo a vivir sola, estaré tan muerta como él.

—Tú no estás sola —insistió Fernando— nos tienes a nosotros. Puedes venir a mi casa cuando quieras, si es que no quieres ir a la Gran Ciudad a vivir con Elena. Eso ya lo hemos hablado, y fuiste tú la que quisiste vivir sola.

—Y así pienso seguir. Vosotros tenéis vuestra propia vida y yo, ¿qué vida tengo yo? —preguntó sin poder evitar un sollozo— Mi vida ha sido la vuestra, la de tu padre. Yo nunca he tenido vida propia. He sido vuestra madre y la esposa de Francisco Valiente, y ahora ya no quiero seguir siendo su viuda hasta que me muera. Por primera vez quiero ser yo: Paula Segura.

—¿Eso quiere decir que renuncias a tu familia? —preguntó Fernando.

—No renuncia a su familia, Fernando, no seas cerril —intervino Elena— sólo quiere disfrutar un poco de la vida. Haces muy bien mamá. Te lo mereces.

—Gracias, hija —dijo Paula sonriendo a Elena.

—¿Es que cuando vivía papá no disfrutabas de la vida? —insistió Fernando.

Esta vez fue su mujer, Amalia, la que dijo con rotundidad:

—Por Dios, Nando, ¿quieres dejarlo ya?

—¡Es que no lo entiendo! —remachó aún Fernando.

—Bueno —cortó Paula— hace un día espléndido y yo me siento generosa. Vamos a tomar el aperitivo a una terraza, aprovechando el solecito, y luego os invito a comer al restaurante al que solíamos ir tu padre y yo. ¿Os parece?

—Yo no puedo ir —se apresuró a responder Fernando con un tono huraño— tengo que volver al despacho porque estoy saturado de trabajo.

—¡Pero si hoy es sábado! ¿Es que no descansas nunca? —preguntó Paula.

—Venga, vamos —dijo Amalia— tienes que comer de todas formas.

—No, no, ve tú con ellas, si quieres. Yo me vuelvo al despacho, ya comeré algo por allí —dijo a su mujer.

—Pues no se hable más —afirmó Paula con ironía— mientras el hombre de la casa trabaja de forma responsable para ganar el sustento, las mujeres nos vamos a comer y a divertirnos.

Con su nieta de la mano y flanqueada por su hija y su nuera, Paula las condujo a una terraza de la Plaza Mayor, a las puertas de su casa,  para tomar el aperitivo. Por una parte le hubiera gustado contar con la presencia de Fernando. Por otra, se veía aliviada con su ausencia. Este hijo suyo era aún más cerrado de mollera que su padre. La repentina muerte de Paco le había afectado mucho, porque ambos estaban muy unidos. Y al dolor de esa pérdida se había sumado la certeza de que Amalia y él no podrían tener hijos. Algo que para Fernando era un drama.

Paula insistía, cuando él le permitía hablar del tema, en que si no podían tenerlos de manera natural, siempre había otros tratamientos alternativos, que en estos tiempos estaban a su alcance. O incluso la posibilidad de adoptar un niño. Pero su hijo no quería ni oír hablar de otras opciones que no fueran el método natural y tradicional de reproducción.

Con una cerveza en la mano, y disfrutando del sol primaveral, Paula alejó de su mente cualquier pensamiento sombrío. Lo único que quería en esos momentos era disfrutar del día, y de la compañía de su nieta, de su hija y de su nuera. Amalia y Elena mantenían una animada conversación, sobre cosas intrascendentes, mientras Clara jugaba en la plaza, y se acercaba de vez en cuando a la mesa para dar pequeños sorbos a su coca—cola sin cafeína.

Ella permanecía en silencio, observando a la gente que había a su alrededor. Siguiendo el vuelo de las cigüeñas por el cielo. Saboreando las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Sin saber por qué se sintió bien y pensó que, cuando se fuera de Sahala, echaría de menos aquella Plaza monumental, que siempre le había gustado tanto. Se sorprendió de aquel espontáneo razonamiento. Era la segunda vez esa mañana que albergaba pensamientos de abandonar la ciudad y de ir a vivir a otro sitio. Pero ¿adónde? ¿Adónde iba a ir ella?

No tenía ni idea, y tampoco sabía de dónde surgía esa seguridad repentina. Esa certeza de emigrar, aunque para ello tuviera que abandonar su casa de toda la vida. Sin embargo, tuvo que admitir que la necesidad de dejar Sahala estaba ahí. Y era una sensación tan fuerte, que no podía volverle la espalda. No podía hacer como si no existiera. “Bien —pensó para sus adentros— habrá que meditarlo más detenidamente. Pero no ahora. Ahora sólo quiero tomar el sol y beberme esta cerveza”.

Fue su hija la que interrumpió sus pensamientos.

—Eh, mamá, vuelve aquí. ¿En qué estás pensando ahí tan calladita?

—En nada, en nada. Bueno, sí —rectificó Paula— necesito que me digáis si conocéis alguna peluquería donde me den un tinte como Dios manda, sin que parezca una muñeca chochona.

Su hija y su nuera celebraron la ocurrencia y ambas empezaron a sugerirle disparatadas soluciones, que iban desde ponerse burka, hasta una peluca. En esos momentos, el cabello de Paula pasó a ser, para las tres mujeres, el centro del universo. Y les dio pie para enredarse en un debate sobre si era bueno o no teñirse, o si era mejor lucir las canas con naturalidad, conforme se iba envejeciendo.

 

Después de la comida, y conforme fue avanzando la tarde, Paula observó cómo se iba oscureciendo el semblante de su hija. Tras despedirse de Amalia, Elena fue mostrándose cada vez más irritada. Aunque intentaba disimularlo, era evidente que algo la preocupaba, y Paula tenía la certeza de que su yerno era el causante de la intranquilidad de su hija. 

En numerosas ocasiones vio que Elena se retiraba a llamar por su teléfono móvil. Ella, mientras, hablaba con su nieta, y se hacía la despistada. Pero cuando su hija volvía, llevaba grabada la inquietud en la cara. A pesar de todo, no confesó lo que le preocupaba hasta por la noche, ya en su casa, después de cenar y de acostar a Clara.

En esos momentos, al quedarse a solas con su madre, Elena se derrumbó y empezó a llorar. Paula no se atrevía a preguntarle qué era lo que le pasaba, pues temía oír lo que su hija iba a decirle. Por eso se limitó a abrazarla y a tratar de consolarla. Cuando se hubo desahogado un poco con el llanto, Elena dijo al fin:

—Estoy pensando en separarme de Jorge. Creo que tiene un lío y no lo puedo soportar. Esto es un infierno —añadió sollozando de nuevo.

Paula esperaba oír algo así y, realmente, no sabía qué decirle a su hija. A ella su yerno le caía muy mal. Le parecía un estirado, un gilipollas. Uno de esos hombres que van de seductores por la vida y que son encantadores con todo el mundo, menos con su familia. Pero no podía decirle a su hija que se separase, así sin más. Elena estaba enamorada de su marido. ¿Y Clara? También había que pensar en la niña.

—¿Estás segura de que tiene un lío? —preguntó sin mucha convicción.

—La verdad es que no lo sé —balbuceó Elena sumida en el llanto— él dice que no.

“Y una mierda —pensó Paula— si mi hija cree que tiene un lío, seguro que lo tiene”. Sin embargo, no fue eso lo que le dijo a Elena.

—Si él dice que no, deberías darle un margen de confianza ¿no te parece?

—No lo sé, mamá, no sé qué pensar. Él siempre se está quejando de que le hago la vida imposible con mis celos. Pero te aseguro que si soy celosa, es porque tengo motivos para serlo. Hoy no ha venido conmigo al funeral porque, según él, tenía guardia. La fecha de la misa estaba fijada desde hace un mes. ¡Si tenía guardia la podía haber cambiado!

—Quizás no haya podido cambiarla —la interrumpió Paula.

—¡Cuando quiere las cambia! —dijo Elena enfadada— Y yo creo que el aniversario de la muerte de mi padre es una fecha importante como para que esté a mi lado. Pero eso no es lo grave. Lo grave es que lo he estado llamando continuamente al móvil, y no me lo ha cogido. Entonces he llamado al Hospital y me han dicho que hoy no tenía guardia. ¿Te puedes imaginar cómo se me ha puesto el cuerpo? —añadió desbordada por el llanto.

Paula abrazó a Elena otra vez, al tiempo que pensaba: “valiente cabrón”. Cuando su hija se hubo calmado, le preguntó:

—¿Y aún no has hablado con él?

—Si, ya he hablado —dijo su hija entre sollozos.

—¿Y qué explicación te ha dado?

—¡¡Explicación!! —bramó Elena— Jorge nunca da explicaciones. Se ha ofendido mucho.

—¿Se ha ofendido? —preguntó Paula, perpleja.

—Si, ésa es siempre su táctica. Se pone en el papel de víctima y se ofende. Por supuesto, dice que sí está de guardia y que si en el hospital me han dicho que no, es porque la telefonista es imbécil y no se entera.

—¿Y por qué no cogía el móvil? —se interesó Paula.

—Dice que, como está de guardia, no puede estar pendiente del teléfono cuando está agobiado viendo enfermos —subrayó Elena, imitando el tono de voz de su marido.

—Hombre, eso es verdad —razonó Paula.

Inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho, al comprobar que estas palabras sumían a su hija en una nueva crisis de llanto. La dejó llorar, y cuando se calmó, dijo:

—No sé qué decirte, hija. No me gustaría echar más leña al fuego. Sufro viéndote sufrir y me dan ganar de ir a tu casa, agarrarlo del cuello y... qué sé yo. No quiero que lo pases mal, eso es lo único que me importa. Si crees que lo mejor es separarte, sepárate. Hoy en día todo el mundo se divorcia. Yo no sé qué es lo que pasa. No hay ningún matrimonio que dure unos pocos años.

—A lo mejor es porque las mujeres ya nos hemos cansado de aguantar, y antes soportabais lo que os echasen: humillaciones, infidelidades, incluso malos tratos —subrayó Elena mucho más serena—. Ahora, la mayoría ya no necesitamos aguantar nada de eso porque nuestro marido ya no nos mantiene. Nos ganamos la vida con nuestro propio trabajo.

—Sí, supongo que todo eso que dices influye mucho. Pero desde ese punto de vista, y no digo que no lleves razón, el matrimonio queda reducido a una especie de contrato social. Y si uno no cumple las expectativas del otro —reflexionó— enseguida se le sustituye por otra persona.

—No sé a donde quieres ir a parar, mamá —respondió Elena con ganas de discutir.

—Yo tampoco lo sé, hija. Sólo digo que además de la sociedad económica del matrimonio y de que la mujer se gane la vida, al margen de su marido, se supone que cuando dos personas están juntas es porque se quieren...

—Sí claro, el amor. ¡Se me olvidaba! —dijo Elena en tono cínico— Parece mentira que digas eso, mamá. ¿Acaso en tus tiempos el amor contaba para algo? Porque yo te he oído decir mil veces que te habían educado para buscar un marido que fuera un buen partido. Y no creo que eso tenga mucho que ver con el amor.

Paula se vio atrapada en el razonamiento de su hija, y se sintió molesta con el curso que iba tomando la conversación. Lo que ella quería decirle a Elena, y no se atrevía, es que no le diera tantas vueltas y se preguntase, honestamente, si aún quería a Jorge. Si la respuesta era afirmativa, tendría que luchar por salvar su matrimonio, y si no lo era, los demás argumentos no servían de nada. Lo mejor era separarse. Sin embargo, no era capaz de verbalizar sus pensamientos.

Elena seguía hablando, pero Paula no la escuchaba. La conversación con su hija le había removido algo en su interior. No sabía muy bien de qué se trataba, pero se sentía molesta. Quizás porque, de alguna manera, veía en el matrimonio de su hija un reflejo del suyo propio. No es que Paco le hubiera sido infiel, al menos que ella supiese, pero desde que se había despertado esa misma mañana, tenía una voz interna metida en su cabeza que le hablaba de una vida distinta a la que ella creía haber llevado.

Haciendo un gran esfuerzo por desbloquearse, intentó dar por finalizada la conversación con Elena. Aprovechó una pausa de su hija para decir:

—Estoy muy cansada. Si te parece continuamos mañana con esta conversación.

—Sí, ya veo que estás ausente —dijo Elena intentando mantener un tono cariñoso con su madre— perdona si te he hecho pasar un mal rato con mis problemas... son míos, y sólo yo puedo solucionarlos.

—No, no. Tus problemas también son los míos, aunque a veces no te sirva de mucha ayuda.

—¡Claro que me sirves de ayuda, mamá! Sólo con escucharme ya me estás ayudando —dijo mientras besaba a Paula en la frente, a modo de despedida antes de irse a la cama.

—Sólo te pido que no tomes una decisión precipitada.

—No lo haré, mamá.

—Ya sabes que, hagas lo que hagas, yo estaré a tu lado —afirmó Paula mientras su hija se marchaba hacia el dormitorio.

 

Al quedarse sola, Paula se puso a llorar procurando no hacer ruido, para que su hija no pudiera oírla. Después de un rato, se secó las lágrimas con la manga y suspiró profundamente. En realidad no sabía por qué había llorado. ¿Lloraba por su hija, o lloraba por ella? El día había estado cargado de emociones. Había sido muy intenso. Lo repasó mentalmente y se dio cuenta de que había experimentado sensaciones para todos los gustos.

Se había sentido feliz y llena de vida. Pero también había sufrido una profunda tristeza por lo que le había contado su hija. “Pero no, no ha sido por ella —pensó— ha sido por mí”. Aunque le costaba trabajo reconocerlo, Paula no tuvo más remedio que admitir que la verdadera razón de su pena, el desasosiego interno que experimentaba, se debía a los recuerdos que habían acudido a su mente esa misma mañana.

—¿Cómo he podido enterrar durante todos estos años un suceso tan terrible? —se preguntó en voz alta.

No tenía fuerzas para responder a esa pregunta. Al menos esa noche. Lo único que quería era dormir. Con cierto esfuerzo, se levantó del sofá, miró a su alrededor, para comprobar que todo estaba en su sitio, y apagó la luz del salón. Arrastrando los pies se dirigió hacia el baño, y pensó que debería adelgazar un poco para estar más ágil. Encendió la luz y sus ojos verdes se reflejaron en el espejo. Tenía ojeras y el rostro caído, dando muestras de cansancio.

Mientras se miraba, e intentaba compadecerse de sí misma, se acordó de que esa misma mañana había tenido un orgasmo en sueños. Ese recuerdo la hizo sonreír, y al cambiar el aspecto de su rostro, notó cómo se modificaba también su estado de ánimo. Volvió entonces a contemplarse en el espejo, pero esta vez más alegre.

—Mira —dijo señalándose a sí misma con el dedo índice de la mano derecha— se acabaron los sufrimientos. Estoy viva, y tú no vas a amargarme la existencia. Estoy hasta el gorro de penas y lamentos. Ya he perdido demasiado tiempo pasándolo mal. A partir de ahora, voy a pasarlo bien. Y pobre de ti que me agües la fiesta —sentenció, advirtiéndole a su propia imagen—

—Para empezar pienso cambiarme este pelo panocha que no me favorece nada —continuó con su monólogo— Y luego... luego ya puedes ir haciendo las maletas porque nos vamos a vivir donde nadie nos conozca. ¡Vaya si nos vamos!

 

 

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