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CAPÍTULO II

Paula se dirigió hacia los primeros
bancos de la iglesia con el mismo paso firme que había llevado
durante todo el trayecto desde su casa. Desde lejos divisó a su hijo
y a su nuera y al fijarse un poco más comprobó que también habían
llegado ya de la Gran Ciudad Elena y su nieta Clara. Afortunadamente
no se veía a su yerno. Mientras avanzaba hasta el altar, Paula fue
consciente de llevar clavadas en el cogote todas las miradas de sus
amistades. Casi podía adivinar las murmuraciones. Esa sensación de
sentirse observada le gustó. Le hizo sonreír interiormente y pensó:
“Vaya, he dejado de ser invisible, por fin vuelve a mirarme
alguien”.
Pero sus amigos y conocidos no eran
los únicos en fijarse en Paula. También sus familiares se quedaron
con la boca abierta cuando la vieron llegar vestida de rojo.
Fernando, que cada vez se parecía más a su padre, no dijo nada, pero
la atravesó con la mirada. Paula le sonrió mientras pensaba: “Hoy
voy a escuchar dos sermones, el de la misa y el de mi hijo”. Su
nuera la miró, luego observó a su marido, y al ver la cara de mala
leche que tenía éste, bajó la cabeza para esconder una sonrisa. “Es
maja Amalia —pensó Paula— espero que Fernando no consiga contagiarle
su rigidez”. Elena, por su parte, no pudo evitar preguntar a su
madre, cuando Paula se sentó a su lado:
—¿De qué te has disfrazado, mamá?
Paula respondió con un tono retador:
—De Paula Segura. Una mujer que tiene
ganas de vivir.
Sólo su nieta celebró su apariencia.
Al acercarse a ella para darle un beso le dijo al oído, con
admiración:
—Abuelita, ¡qué guapa!
Al finalizar la misa algunos conocidos
se acercaron hasta Paula para saludarla, con el consiguiente
malestar de Fernando, que quería llevársela de la iglesia a toda
costa, para procurar que no la viera mucha gente. Paula, por el
contrario, se mostraba sonriente y de lo más locuaz, saludando a
todas sus amistades, con la alegría del que se encuentra en una
fiesta.
Era muy consciente del impacto que
estaba causando en los matrimonios amigos con los que se juntaba en
vida de Paco. Ellas cruzaban entre sí sonrisas y miradas de
complicidad, mientras sus maridos la observaban con gesto de
desaprobación. Marisa, una de las que se llevaba mejor con Paula
cuando salían juntas, se atrevió a decirle:
—Vaya, vaya, quién lo iba a decir. Tu
alegre atuendo va a dar mucho que hablar en los próximos días.
—Me alegro —respondió Paula con una
amplia sonrisa— cuando uno lleva una vida aburrida y sin emociones,
no tiene más remedio que ocuparse de la de los demás para pasar el
rato.
—Tú sabrás —le contestó Marisa,
clavándole la mirada, sin perder la sonrisa— la vida que llevamos es
la misma que tú llevabas antes.
—Llevas razón, Marisa —respondió Paula
sin achicarse— pero eso ya se ha acabado. Y ahora, si me disculpas,
tengo que irme porque me están esperando mis hijos.
Mientras se alejaba, escuchó la voz de
su amiga que le gritaba:
—Llámame si quieres y hablamos un
rato.
Sin pensarlo siquiera, se sorprendió a
sí misma respondiéndole:
—No voy a poder porque me voy a
trasladar a otro sitio.
—¿Te mudas de casa? —insistió Marisa
elevando aún más el tono de voz.
—No —contestó Paula a voces— me voy a
vivir a otra ciudad.
Marisa se quedó con la boca abierta al
escuchar la confesión de su amiga, pero no fue la única. En cuanto
llegó a donde estaban sus hijos, Fernando la agarró con fuerza del
brazo y mientras se alejaban le preguntó, visiblemente enfadado:
—¿Qué es eso de que te vas a vivir a
otra ciudad? Supongo que no lo habrás dicho en serio. Y ¿por qué te
has vestido así para el funeral?
—No me he vestido así para el funeral.
He decidido esta mañana quitarme el luto y ha dado la casualidad de
que hoy era el funeral.
—Vaya por Dios, ahora resulta que ha
sido sólo una casualidad. Podías haber esperado hasta después de la
misa, ¿no? Nos has dejado a todos en ridículo —subrayó, cada vez más
enfadado.
—Oye, oye —dijo Paula soltándose de la
mano que le apretaba— no me hables en ese tono que soy tu madre.
—Pues no lo parece. No parece que seas
una mujer adulta. ¿Es que no tienes sentido del ridículo? Tu nieta
tiene más conocimiento que tú.
—La abuelita está muy guapa —dijo la
niña cogiéndose de la mano de Paula.
—Tú cállate, Clara. Cuando hablan los
mayores los niños se callan —la reprendió Elena.
Tras un breve y embarazoso silencio,
Paula habló de nuevo con un tono calmado. Dirigiéndose a Fernando le
dijo:
—Mira, hijo, yo no me siento ridícula.
Tu padre hace un año que murió jugando a las batallitas en
Chinchilla. Un lugar perdido que yo ni sabía que existía y que,
además, tiene nombre de abrigo de pieles...
—Mi padre no jugaba a las batallitas
como tu insinúas —le interrumpió Fernando— mi padre era militar y
estaba de maniobras cumpliendo con su deber.
—Vale, vale, como tú quieras, cumplía
con su deber de ir a pegar tiros a un enemigo fantasma, donde Cristo
perdió el gorro. Pero la cuestión es que tu padre ha muerto y, te
aseguro, que yo lo siento infinitamente más que tú —añadió con la
voz quebrada— Pero eso ya no tiene remedio. Hasta esta mañana no me
había dado cuenta de que yo sigo viva, y si no aprendo a vivir sola,
estaré tan muerta como él.
—Tú no estás sola —insistió Fernando—
nos tienes a nosotros. Puedes venir a mi casa cuando quieras, si es
que no quieres ir a la Gran Ciudad a vivir con Elena. Eso ya lo
hemos hablado, y fuiste tú la que quisiste vivir sola.
—Y así pienso seguir. Vosotros tenéis
vuestra propia vida y yo, ¿qué vida tengo yo? —preguntó sin poder
evitar un sollozo— Mi vida ha sido la vuestra, la de tu padre. Yo
nunca he tenido vida propia. He sido vuestra madre y la esposa de
Francisco Valiente, y ahora ya no quiero seguir siendo su viuda
hasta que me muera. Por primera vez quiero ser yo: Paula Segura.
—¿Eso quiere decir que renuncias a tu
familia? —preguntó Fernando.
—No renuncia a su familia, Fernando,
no seas cerril —intervino Elena— sólo quiere disfrutar un poco de la
vida. Haces muy bien mamá. Te lo mereces.
—Gracias, hija —dijo Paula sonriendo a
Elena.
—¿Es que cuando vivía papá no
disfrutabas de la vida? —insistió Fernando.
Esta vez fue su mujer, Amalia, la que
dijo con rotundidad:
—Por Dios, Nando, ¿quieres dejarlo ya?
—¡Es que no lo entiendo! —remachó aún
Fernando.
—Bueno —cortó Paula— hace un día
espléndido y yo me siento generosa. Vamos a tomar el aperitivo a una
terraza, aprovechando el solecito, y luego os invito a comer al
restaurante al que solíamos ir tu padre y yo. ¿Os parece?
—Yo no puedo ir —se apresuró a
responder Fernando con un tono huraño— tengo que volver al despacho
porque estoy saturado de trabajo.
—¡Pero si hoy es sábado! ¿Es que no
descansas nunca? —preguntó Paula.
—Venga, vamos —dijo Amalia— tienes que
comer de todas formas.
—No, no, ve tú con ellas, si quieres.
Yo me vuelvo al despacho, ya comeré algo por allí —dijo a su mujer.
—Pues no se hable más —afirmó Paula
con ironía— mientras el hombre de la casa trabaja de forma
responsable para ganar el sustento, las mujeres nos vamos a comer y
a divertirnos.
Con su nieta de la mano y flanqueada
por su hija y su nuera, Paula las condujo a una terraza de la Plaza
Mayor, a las puertas de su casa, para tomar el aperitivo. Por una
parte le hubiera gustado contar con la presencia de Fernando. Por
otra, se veía aliviada con su ausencia. Este hijo suyo era aún más
cerrado de mollera que su padre. La repentina muerte de Paco le
había afectado mucho, porque ambos estaban muy unidos. Y al dolor de
esa pérdida se había sumado la certeza de que Amalia y él no podrían
tener hijos. Algo que para Fernando era un drama.
Paula insistía, cuando él le permitía
hablar del tema, en que si no podían tenerlos de manera natural,
siempre había otros tratamientos alternativos, que en estos tiempos
estaban a su alcance. O incluso la posibilidad de adoptar un niño.
Pero su hijo no quería ni oír hablar de otras opciones que no fueran
el método natural y tradicional de reproducción.
Con una cerveza en la mano, y
disfrutando del sol primaveral, Paula alejó de su mente cualquier
pensamiento sombrío. Lo único que quería en esos momentos era
disfrutar del día, y de la compañía de su nieta, de su hija y de su
nuera. Amalia y Elena mantenían una animada conversación, sobre
cosas intrascendentes, mientras Clara jugaba en la plaza, y se
acercaba de vez en cuando a la mesa para dar pequeños sorbos a su
coca—cola sin cafeína.
Ella permanecía en silencio,
observando a la gente que había a su alrededor. Siguiendo el vuelo
de las cigüeñas por el cielo. Saboreando las pequeñas cosas de la
vida cotidiana. Sin saber por qué se sintió bien y pensó que, cuando
se fuera de Sahala, echaría de menos aquella Plaza monumental, que
siempre le había gustado tanto. Se sorprendió de aquel espontáneo
razonamiento. Era la segunda vez esa mañana que albergaba
pensamientos de abandonar la ciudad y de ir a vivir a otro sitio.
Pero ¿adónde? ¿Adónde iba a ir ella?
No tenía ni idea, y tampoco sabía de
dónde surgía esa seguridad repentina. Esa certeza de emigrar, aunque
para ello tuviera que abandonar su casa de toda la vida. Sin
embargo, tuvo que admitir que la necesidad de dejar Sahala estaba
ahí. Y era una sensación tan fuerte, que no podía volverle la
espalda. No podía hacer como si no existiera. “Bien —pensó para sus
adentros— habrá que meditarlo más detenidamente. Pero no ahora.
Ahora sólo quiero tomar el sol y beberme esta cerveza”.
Fue su hija la que interrumpió sus
pensamientos.
—Eh, mamá, vuelve aquí. ¿En qué estás
pensando ahí tan calladita?
—En nada, en nada. Bueno, sí
—rectificó Paula— necesito que me digáis si conocéis alguna
peluquería donde me den un tinte como Dios manda, sin que parezca
una muñeca chochona.
Su hija y su nuera celebraron la
ocurrencia y ambas empezaron a sugerirle disparatadas soluciones,
que iban desde ponerse burka, hasta una peluca. En esos momentos, el
cabello de Paula pasó a ser, para las tres mujeres, el centro del
universo. Y les dio pie para enredarse en un debate sobre si era
bueno o no teñirse, o si era mejor lucir las canas con naturalidad,
conforme se iba envejeciendo.
Después de la comida, y conforme fue
avanzando la tarde, Paula observó cómo se iba oscureciendo el
semblante de su hija. Tras despedirse de Amalia, Elena fue
mostrándose cada vez más irritada. Aunque intentaba disimularlo, era
evidente que algo la preocupaba, y Paula tenía la certeza de que su
yerno era el causante de la intranquilidad de su hija.
En numerosas ocasiones vio que Elena
se retiraba a llamar por su teléfono móvil. Ella, mientras, hablaba
con su nieta, y se hacía la despistada. Pero cuando su hija volvía,
llevaba grabada la inquietud en la cara. A pesar de todo, no confesó
lo que le preocupaba hasta por la noche, ya en su casa, después de
cenar y de acostar a Clara.
En esos momentos, al quedarse a solas
con su madre, Elena se derrumbó y empezó a llorar. Paula no se
atrevía a preguntarle qué era lo que le pasaba, pues temía oír lo
que su hija iba a decirle. Por eso se limitó a abrazarla y a tratar
de consolarla. Cuando se hubo desahogado un poco con el llanto,
Elena dijo al fin:
—Estoy pensando en separarme de Jorge.
Creo que tiene un lío y no lo puedo soportar. Esto es un infierno
—añadió sollozando de nuevo.
Paula esperaba oír algo así y,
realmente, no sabía qué decirle a su hija. A ella su yerno le caía
muy mal. Le parecía un estirado, un gilipollas. Uno de esos hombres
que van de seductores por la vida y que son encantadores con todo el
mundo, menos con su familia. Pero no podía decirle a su hija que se
separase, así sin más. Elena estaba enamorada de su marido. ¿Y
Clara? También había que pensar en la niña.
—¿Estás segura de que tiene un lío?
—preguntó sin mucha convicción.
—La verdad es que no lo sé —balbuceó
Elena sumida en el llanto— él dice que no.
“Y una mierda —pensó Paula— si mi hija
cree que tiene un lío, seguro que lo tiene”. Sin embargo, no fue eso
lo que le dijo a Elena.
—Si él dice que no, deberías darle un
margen de confianza ¿no te parece?
—No lo sé, mamá, no sé qué pensar. Él
siempre se está quejando de que le hago la vida imposible con mis
celos. Pero te aseguro que si soy celosa, es porque tengo motivos
para serlo. Hoy no ha venido conmigo al funeral porque, según él,
tenía guardia. La fecha de la misa estaba fijada desde hace un mes.
¡Si tenía guardia la podía haber cambiado!
—Quizás no haya podido cambiarla —la
interrumpió Paula.
—¡Cuando quiere las cambia! —dijo
Elena enfadada— Y yo creo que el aniversario de la muerte de mi
padre es una fecha importante como para que esté a mi lado. Pero eso
no es lo grave. Lo grave es que lo he estado llamando continuamente
al móvil, y no me lo ha cogido. Entonces he llamado al Hospital y me
han dicho que hoy no tenía guardia. ¿Te puedes imaginar cómo se me
ha puesto el cuerpo? —añadió desbordada por el llanto.
Paula abrazó a Elena otra vez, al
tiempo que pensaba: “valiente cabrón”. Cuando su hija se hubo
calmado, le preguntó:
—¿Y aún no has hablado con él?
—Si, ya he hablado —dijo su hija entre
sollozos.
—¿Y qué explicación te ha dado?
—¡¡Explicación!! —bramó Elena— Jorge
nunca da explicaciones. Se ha ofendido mucho.
—¿Se ha ofendido? —preguntó Paula,
perpleja.
—Si, ésa es siempre su táctica. Se
pone en el papel de víctima y se ofende. Por supuesto, dice que sí
está de guardia y que si en el hospital me han dicho que no, es
porque la telefonista es imbécil y no se entera.
—¿Y por qué no cogía el móvil? —se
interesó Paula.
—Dice que, como está de guardia, no
puede estar pendiente del teléfono cuando está agobiado viendo
enfermos —subrayó Elena, imitando el tono de voz de su marido.
—Hombre, eso es verdad —razonó Paula.
Inmediatamente se arrepintió de
haberlo dicho, al comprobar que estas palabras sumían a su hija en
una nueva crisis de llanto. La dejó llorar, y cuando se calmó, dijo:
—No sé qué decirte, hija. No me
gustaría echar más leña al fuego. Sufro viéndote sufrir y me dan
ganar de ir a tu casa, agarrarlo del cuello y... qué sé yo. No
quiero que lo pases mal, eso es lo único que me importa. Si crees
que lo mejor es separarte, sepárate. Hoy en día todo el mundo se
divorcia. Yo no sé qué es lo que pasa. No hay ningún matrimonio que
dure unos pocos años.
—A lo mejor es porque las mujeres ya
nos hemos cansado de aguantar, y antes soportabais lo que os
echasen: humillaciones, infidelidades, incluso malos tratos —subrayó
Elena mucho más serena—. Ahora, la mayoría ya no necesitamos
aguantar nada de eso porque nuestro marido ya no nos mantiene. Nos
ganamos la vida con nuestro propio trabajo.
—Sí, supongo que todo eso que dices
influye mucho. Pero desde ese punto de vista, y no digo que no
lleves razón, el matrimonio queda reducido a una especie de contrato
social. Y si uno no cumple las expectativas del otro —reflexionó—
enseguida se le sustituye por otra persona.
—No sé a donde quieres ir a parar,
mamá —respondió Elena con ganas de discutir.
—Yo tampoco lo sé, hija. Sólo digo que
además de la sociedad económica del matrimonio y de que la mujer se
gane la vida, al margen de su marido, se supone que cuando dos
personas están juntas es porque se quieren...
—Sí claro, el amor. ¡Se me olvidaba!
—dijo Elena en tono cínico— Parece mentira que digas eso, mamá.
¿Acaso en tus tiempos el amor contaba para algo? Porque yo te he
oído decir mil veces que te habían educado para buscar un marido que
fuera un buen partido. Y no creo que eso tenga mucho que ver con el
amor.
Paula se vio atrapada en el
razonamiento de su hija, y se sintió molesta con el curso que iba
tomando la conversación. Lo que ella quería decirle a Elena, y no se
atrevía, es que no le diera tantas vueltas y se preguntase,
honestamente, si aún quería a Jorge. Si la respuesta era afirmativa,
tendría que luchar por salvar su matrimonio, y si no lo era, los
demás argumentos no servían de nada. Lo mejor era separarse. Sin
embargo, no era capaz de verbalizar sus pensamientos.
Elena seguía hablando, pero Paula no
la escuchaba. La conversación con su hija le había removido algo en
su interior. No sabía muy bien de qué se trataba, pero se sentía
molesta. Quizás porque, de alguna manera, veía en el matrimonio de
su hija un reflejo del suyo propio. No es que Paco le hubiera sido
infiel, al menos que ella supiese, pero desde que se había
despertado esa misma mañana, tenía una voz interna metida en su
cabeza que le hablaba de una vida distinta a la que ella creía haber
llevado.
Haciendo un gran esfuerzo por
desbloquearse, intentó dar por finalizada la conversación con Elena.
Aprovechó una pausa de su hija para decir:
—Estoy muy cansada. Si te parece
continuamos mañana con esta conversación.
—Sí, ya veo que estás ausente —dijo
Elena intentando mantener un tono cariñoso con su madre— perdona si
te he hecho pasar un mal rato con mis problemas... son míos, y sólo
yo puedo solucionarlos.
—No, no. Tus problemas también son los
míos, aunque a veces no te sirva de mucha ayuda.
—¡Claro que me sirves de ayuda, mamá!
Sólo con escucharme ya me estás ayudando —dijo mientras besaba a
Paula en la frente, a modo de despedida antes de irse a la cama.
—Sólo te pido que no tomes una
decisión precipitada.
—No lo haré, mamá.
—Ya sabes que, hagas lo que hagas, yo
estaré a tu lado —afirmó Paula mientras su hija se marchaba hacia el
dormitorio.
Al quedarse sola, Paula se puso a
llorar procurando no hacer ruido, para que su hija no pudiera oírla.
Después de un rato, se secó las lágrimas con la manga y suspiró
profundamente. En realidad no sabía por qué había llorado. ¿Lloraba
por su hija, o lloraba por ella? El día había estado cargado de
emociones. Había sido muy intenso. Lo repasó mentalmente y se dio
cuenta de que había experimentado sensaciones para todos los gustos.
Se había sentido feliz y llena de
vida. Pero también había sufrido una profunda tristeza por lo que le
había contado su hija. “Pero no, no ha sido por ella —pensó— ha sido
por mí”. Aunque le costaba trabajo reconocerlo, Paula no tuvo más
remedio que admitir que la verdadera razón de su pena, el
desasosiego interno que experimentaba, se debía a los recuerdos que
habían acudido a su mente esa misma mañana.
—¿Cómo he podido enterrar durante
todos estos años un suceso tan terrible? —se preguntó en voz alta.
No tenía fuerzas para responder a esa
pregunta. Al menos esa noche. Lo único que quería era dormir. Con
cierto esfuerzo, se levantó del sofá, miró a su alrededor, para
comprobar que todo estaba en su sitio, y apagó la luz del salón.
Arrastrando los pies se dirigió hacia el baño, y pensó que debería
adelgazar un poco para estar más ágil. Encendió la luz y sus ojos
verdes se reflejaron en el espejo. Tenía ojeras y el rostro caído,
dando muestras de cansancio.
Mientras se miraba, e intentaba
compadecerse de sí misma, se acordó de que esa misma mañana había
tenido un orgasmo en sueños. Ese recuerdo la hizo sonreír, y al
cambiar el aspecto de su rostro, notó cómo se modificaba también su
estado de ánimo. Volvió entonces a contemplarse en el espejo, pero
esta vez más alegre.
—Mira —dijo señalándose a sí misma con
el dedo índice de la mano derecha— se acabaron los sufrimientos.
Estoy viva, y tú no vas a amargarme la existencia. Estoy hasta el
gorro de penas y lamentos. Ya he perdido demasiado tiempo pasándolo
mal. A partir de ahora, voy a pasarlo bien. Y pobre de ti que me
agües la fiesta —sentenció, advirtiéndole a su propia imagen—
—Para empezar pienso cambiarme este
pelo panocha que no me favorece nada —continuó con su monólogo— Y
luego... luego ya puedes ir haciendo las maletas porque nos vamos a
vivir donde nadie nos conozca. ¡Vaya si nos vamos!
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