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CAPÍTULO XXII
Paula paseaba descalza por la orilla
de la playa. El día era luminoso, pero fresco. Llevaba los
pantalones remangados y, en algunos momentos las olas le mojaban los
pies. El agua estaba fría, pero ella no la evitaba. Al contrario,
agradecía ese frescor que le estimulaba la circulación de la sangre.
Había leído que en los pies están
reflejados todos los órganos del cuerpo. Que son como una especie de
mapa de nuestro organismo, y que al masajear el lugar
correspondiente a un determinado órgano en la planta del pie, se
restituye la energía y el equilibrio en ese órgano concreto.
Ella, en esos momentos, necesitaba un
aporte de energía extra en su organismo porque, después de la
ruptura con Matías, se había quedado floja y desanimada, sin verle
demasiado sentido a su existencia. Lloraba con frecuencia y después
de hacerlo se sentía aún peor, porque no le gustaba experimentar
lástima por sí misma.
Habían pasado ya varios días desde la
ruptura, y esa misma mañana se había visto sorprendida por una
llamada de Matías. La conversación había sido breve, sólo para
informarle que se casaba el día 28 de diciembre.
Paula pensó que era una fecha muy
apropiada: el día de los inocentes. Al fin y al cabo lo que
propiciaba esa boda era la próxima llegada al mundo de un ser
inocente.
Aspirando la brisa fresca del mar,
recordó la conversación que habían tenido, unas horas atrás.
—No sé por qué me llamas para contarme
que te casas. ¿No me estarás invitando? ¿No pretenderás que vaya a
llevarte las arras? ¿O quizás me llamas para que le lleve la cola a
la novia? —le preguntó Paula, con sarcasmo e irritación.
—No, perdona. Quizás no haya sido
buena idea llamarte. No era mi intención enfadarte…
—Entonces ¿cuál era tú intención? —le
interrumpió ella con brusquedad.
—Verás, tengo muy mala conciencia con
respecto a ti. Creo que no me porté bien contigo. No espero que me
perdones en estos momentos, porque aún está todo muy reciente, pero
sí me gustaría que lo hicieras en el futuro.
—Ya. Vamos, que te portas como un
cerdo, y encima quieres quedar bien… ¿Por qué me llamas para decirme
que te casas? ¿No es suficiente con el daño que me has hecho? —dijo
Paula, sin poder evitar un sollozo al final de la frase.
Matías no respondió de inmediato. Un
denso silencio se interpuso entre ambos. Pasados unos momentos, se
disculpó otra vez.
—Lo siento, Paula, no quería hurgar en
la herida. Ha sido una tontería llamarte… Pero, aunque no lo creas,
me sentía en la obligación de decírtelo. No pienses que para mí está
resultando nada fácil —añadió— pensé romper con Susana y tratar de
recuperar tu cariño. Pero me di cuenta de que iba a ser imposible.
Se trata de mi hijo, y eso lo cambia todo. Aunque tú me hubieras
perdonado y siguiéramos juntos, ese niño se iba a interponer siempre
entre nosotros. Creo que lo más conveniente es lo que voy a hacer,
casarme… lo cual no quiere decir que sea lo mejor para mí.
Paula suspiró profundamente y
permaneció en silencio unos instantes. En realidad no sabía qué
responder. No podía decir que no comprendiera las razones de Matías
para casarse, pero eso no aliviaba su dolor. Finalmente, y tratando
de contener el llanto, dijo:
—Adiós, Matías. No vuelvas a llamarme…
Iba a decirte que espero que seas feliz, pero además de que me
parece una cursilada, en estos momentos estoy muy dolida contigo y
tu felicidad me importa un bledo.
—Claro, lo comprendo —dijo él—. No te
preocupes, no te molestaré más…
—Por cierto —le interrumpió Paula—
tengo la novela de Sara Bermúdez, “El color de las palabras”, que me
trajiste de la Biblioteca. La fecha de devolución ya se ha pasado…
lo digo porque el préstamo está a tu nombre y no quiero que tengas
problemas.
—Bueno, puedes quedártela. La compraré
y la repondré yo en la Biblioteca. No te preocupes.
—Bien, pues eso es todo. Adiós, Matías
—dijo Paula antes de colgar, sin darle tiempo a responder.
Paula se sentó en una mesa al sol, en
un pequeño bar que había junto a la playa. El recuerdo de la
conversación que acababa de mantener con Matías, le trajo a la
memoria la que había tenido lugar, unos días atrás, la misma noche
del entierro de su padre, cuando rompió con él.
En aquella llamada telefónica, Paula
no le dio opción a muchas explicaciones. Cuando llegó en taxi a su
casa, aún muy alterada por lo que acababa de oír, llamó a Matías y
le soltó de una que lo sabía todo. Que tenía novia, una tal Susana,
que estaba embarazada y que iban a casarse.
Matías se quedó atónito y tardó un
rato en reaccionar:
—¿Cómo te has enterado?
—Es curioso cómo me he enterado —dijo
Paula visiblemente afectada— he ido al entierro de tu padre y allí
he escuchado a dos mujeres hablar. Una se lo estaba contando a la
otra. Sé hasta que tu novia se hizo varias veces la prueba del
embarazo en una farmacia, y que todas le dio positiva.
Matías no podía dar crédito a lo que
estaba oyendo. ¿Cómo era posible que le estuviera ocurriendo algo
así?
—Ahora comprendo por qué ponías tanto
empeño en que no fuera al entierro de tu padre. No lo entendía, pero
ahora ya lo sé. No querías que viera a esa chica cogida de tu brazo,
haciéndote carantoñas durante el funeral. Pero la vi… ¡Qué imbécil,
pensé que sería algún familiar, alguna prima tuya o algo así…!
Bueno, tampoco iba tan desencaminada —añadió con ironía y rabia—
prácticamente era ya de la familia ¿no?
—Paula, no sé qué puedo decirte
—afirmó Matías con un tono de lamento en la voz.
—Sólo respóndeme a dos preguntas muy
sencillas. ¿Esta chica es tu novia? ¿Está embarazada?
—No es tan sencillo…
—¿Sí o no? —le apremió Paula, tajante—
Vamos, si no es verdad, dime que todo es mentira.
Matías resopló al otro lado del
teléfono, antes de responder:
—No, no es mentira. Me gustaría
decirte otra cosa, pero lo que me preguntas es verdad.
—Entonces no tenemos nada más que
hablar —dijo Paula con un tono de amargura, aguantando el llanto
antes de colgarle.
Matías volvió a llamarla por teléfono
esa misma noche, pero ella no lo cogió. Tampoco al día siguiente, ni
al otro. Después él dejó de llamar y, al cabo de una semana, Paula
borró el número del móvil. Como si con ese gesto pudiera apartarlo
definitivamente de su vida.
Pero las cosas no le estaban
resultando fáciles. Se sentía profundamente herida, engañada,
desamparada. Se sentía una víctima de la situación, y esa sensación
de cordero sacrificado era lo que más le molestaba.
Bebió un largo sorbo de la cerveza,
que comenzaba a calentarse por el efecto del sol, y sonrió al
recordar la fecha de la boda de Matías: “el 28 de diciembre, no te
jode.” —reflexionó para sus adentros.
Le dieron ganas de ponerse a llorar,
pero se aguantó. Ya había derramado demasiadas lágrimas por una
situación que no tenía remedio. Aún así, no pudo dejar de pensar que
Matías se casaba el día de los inocentes. Y así es como ella se
sentía, como una pobre inocente degollada por unas circunstancias
que en ningún momento había buscado ni propiciado. A su mente le
vino una imagen en la que Matías, como si fuera el mismísimo rey
Herodes, la cogía a ella del cuello y... zas, la degollaba.
La vivacidad de esta imagen mental la
desconcertó:
—¡Jesús! —murmuró entre dientes— qué
cosa más desagradable.
De pronto, y sin poder evitarlo, se
echó a reír porque la película que veía proyectada en su mente, más
que dramática, le pareció cómica. Matías vestía de emperador romano
con toga y sandalias. Y llevaba una corona de laurel, ladeada sobre
la cabeza. Pero, y ella…
La sonrisa se transformó en carcajada
al recrear la imagen. La cabeza y la cara eran suyas, sin lugar a
dudas, tal y como se veía en la actualidad. Pero esa cabeza
destacaba por su desproporción al verse sobre los hombros en un
cuerpo desnudo de bebé.
—¡Dios santo! —exclamó en voz alta,
sonriendo— qué disparate.
Nada más pronunciar estas palabras,
miró a un lado y a otro para comprobar si alguien, de los que
estaban alrededor, la habían escuchado. Cada uno parecía estar en lo
suyo. Sólo vio que el camarero, que servía otras mesas cercanas, la
miraba con cara de asombro.
Sin poder contener la risa, Paula le
hizo un gesto con la mano, al tiempo que pedía en voz alta:
—¡Me trae la cuenta, por favor!
Paula abandonó el bar y se encaminó
hacía su casa. Comprobó que la ridícula imagen que había visto en su
mente, le había cambiado el humor. No le había venido mal ver a
Matías, con sus ridículas sandalias atadas a sus piernas peludas.
Pero lo más refrescante había sido reírse de sí misma, y de la
situación.
Sobre todo de la situación. Una parte
de ella quería seguir haciéndose la víctima. Pero otra, no estaba
por la labor y se mofaba de su intento por seguir considerándose
“inocente”.
Una frase resonó en su interior: “No
hay nadie inocente. Todos somos responsables de nuestra vida, y
atraemos a ella, aunque de manera inconsciente, las personas y las
circunstancias que necesitamos porque nos ayudan a evolucionar”.
La frase, saliera de donde saliera, le
gustó. “Aunque da un poco de miedo —pensó— porque, según esta teoría
no le puedes echar las culpas a nadie de las desgracias que te
ocurran. Sólo tú eres responsable de tu vida”.
Le pareció estar escuchando la voz de
Sara Bermúdez. O, al menos, la voz que ella creía que debía de tener
la escritora. Se paró en seco y se dio cuenta de que, en los últimos
días, desde que había roto con Matías, muchas veces había hablado
con ella misma para sus adentros, pero en realidad era como si
mantuviera una conversación con Sara. Y lo más curioso es que ésta,
a pesar de que estaba muerta, le contestaba. O eso le parecía a
ella.
—¡¡Será posible!! —exclamó, muy
afectada— ¿me estaré volviendo loca?
Esa palabra, “loca” sonó como un eco
en su interior y provocó que, al llegar a su casa, cogiera el
manuscrito de Sara, titulado “El camino de los locos”. Releyó
algunos párrafos y se lamentó, una vez más, de que las últimas
páginas estuvieran cortadas con unas tijeras.
Se había quedado sin saber qué
experiencias había vivido Sara, en el Camino de Santiago a Fisterra.
Recordó lo extraño que había sido encontrar aquel manuscrito
enterrado en su jardín. De pronto, siguiendo un impulso, se encaminó
con decisión a casa de Jano.
Aunque el corazón le latía tanto en el
pecho, que parecía que se le iba a salir, Paula venció el miedo que
le daba llamar a aquella puerta, y pulsó el timbre. Nadie respondió.
Ella estaba segura, sin embargo, de que su vecino se encontraba
dentro.
Pegó el oído a la puerta, y escuchó
música. Pero nada, nadie le abría. Esta vez sin contemplaciones, y
sabiendo que Jano estaba en su casa, aporreó la puerta con fuerza.
Como respuesta, la música que se escuchaba adentro subió el volumen,
pero nadie le abrió.
Un tanto irritada se volvió a su casa.
Al llegar a su verja, giró la cabeza bruscamente y le pareció que se
movían los visillos de una de las ventanas de la casa de Jano.
—¡Será imbécil! —dijo en voz alta— ya
me pedirá algún día algo y yo pondré la música a toda pastilla y me
haré la loca.
“Loca —pensó— otra vez la palabreja.
Así voy a terminar yo”
Entró a su casa y miró el reloj.
Faltaban quince minutos para que pasara por Rossal el autobús que
iba a San Roque. Pensaba cogerlo, porque tenía muchas cosas que
comprar.
Acababa de decidir que se iba a hacer
el Camino desde Santiago hasta Fisterra. Iba a comprarse todo lo
necesario: unas buenas botas, mochila, un bastón, pantalones
cómodos, un chubasquero…
—¡Ah, que no se me olvide! —dijo
mientras se cambiaba las zapatillas de deporte por unos zapatos y
metía dinero en el bolso— también me compraré un Tarot. Tengo ya
ganas de echarle la vista encima a ese arcano que se llama “El
Loco”.
Días después, Paula contemplaba la
mole de piedra de la catedral de Santiago, en su fachada oeste,
parada en el centro de la Plaza del Obradoiro. Justo donde se
encontraba una concha dorada en el suelo, y una marca indicando el
kilómetro cero.
Acababa de amanecer y se disponía a
iniciar el camino que la llevaría de Santiago a Fisterra,
recorriendo a pie casi cien kilómetros en tres días. Había llegado
hasta allí en autobús la tarde anterior, y había pasado la noche en
un hostal cercano a la Plaza del Obradoiro.
Apenas si había dormido, nerviosa,
pensando en la aventura que iba a emprender. Durante toda la noche
había escuchado las campanas de la Catedral dando las horas,
mientras ella contaba los minutos que faltaban para el amanecer.
Después de echar un último vistazo a
la imponente Catedral, Paula se giró y empezó a bajar por la Rua das
Hortas. Al pasar por la iglesia de San Fructuoso, hizo un gesto de
saludo con la cabeza, casi imperceptible, a las cuatro figuras que
había sobre el tejado.
Las que representaban a las virtudes
Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. O a los
cuatro palos de la baraja del Tarot. En un bolsillo de su mochila,
Paula llevaba, para que la acompañase en el Camino, la carta que
representaba el arcano del Loco.
Al principio siguió sin dificultad las
flechas amarillas que le indicaban la ruta, pero antes de salir de
Santiago se perdió y tuvo que volver sobre sus pasos para regresar
al camino correcto. Este incidente le enseñó que no se podía
despistar, que debía ir atenta para no equivocarse.
El primer albergue del Camino, donde
Paula pasaría la noche, era el de Negreira, situado a unos 25
kilómetros de Santiago. Según había leído en la guía que llevaba,
ésta era una villa de origen medieval, aludida por Ernest Hemingway
en su famosa novela “Por quien doblan las campanas”.
Paula llegó al albergue pasadas las
cinco de la tarde, a punto de pedir los santos óleos. Iba tan
cansada, que apenas si cruzó palabra con los escasos peregrinos que
se encontraban allí. Lo único que quería era darse una ducha
caliente, comer algo y descansar.
Y eso fue lo que hizo. No le habían
salido rozaduras ni ampollas en los pies, pero no recordaba haber
estado tan cansada en toda su vida. La noche la pasó en la parte
baja de una litera, metida en su saco de dormir, sin apenas pegar
ojo. Los ronquidos de algunos peregrinos y su estado de excitación,
le impidieron conciliar bien el sueño.
Fue de las primeras en levantarse y en
ponerse nuevamente en la ruta, al día siguiente, hacia el albergue
de un lugar llamado Olveiroa, que estaba a casi 35 kilómetros de
Negreira.
Al salir estaba nublado y caía una
lluvia fina y molesta para caminar. Se puso el chubasquero pero, al
cabo de una hora, tuvo que quitárselo porque, como la prenda no
dejaba transpirar, llevaba la camiseta empapada de sudor, con el
agravante de que el día estaba bastante fresco.
Durante toda la ruta no se encontró
con ningún peregrino. Paró en un bar junto a una carretera para
tomarse un bocadillo de tortilla y una cerveza. Después de descansar
un poco y tomar café, se puso de nuevo en marcha.
Si el día anterior la caminata le
había resultado muy dura, esa tarde creyó morir. Parecía que nunca
iba a llegar a Olveiroa y una y mil veces se preguntó qué estaba
haciendo allí, y por qué había abandonado la comodidad de su casa
para emprender aquel camino.
Pasaban las cinco de la tarde cuando
descansó junto a un extraño cementerio que había al borde de una
carretera. Estaba tan agotada, que pensó quedarse a pasar la noche
allí, aunque fuera al aire libre. Pero si las estatuas de ángeles ya
resultaban inquietantes a la luz del día, no quiso ni pensar cómo
resultarían por la noche.
Por eso, bebió agua, llenó la
cantimplora en una fuente que había junto al cementerio, y siguió su
camino. Media hora después, no podía más. Le dolía todo el cuerpo y,
era tal su desesperación, que se paró y empezó a reírse de forma
histérica.
—¡¡Dios mío!! —dijo en voz alta— ¿me
estaré volviendo loca?
El sonido de su propia voz y la imagen
del arcano del Loco, que llevaba en la mochila, provocaron en ella
más hilaridad. Entonces ocurrió algo extraordinario. Paula se sintió
partida, desdoblada y, como si se tratase de otra persona, se vio a
sí misma llorando de risa, sin poderse contener.
Instantes después, se apoderó de ella
un extraño estado de ánimo. Sin parar de reír, satisfecha y feliz,
alzó los brazos hacia el cielo y empezó a girar. En aquellos
momentos, todo le daba igual.
Pensó que le daba lo mismo vivir que
caer muerta en aquel lugar. La existencia era grandiosa, intensa,
misteriosa y apasionante. Ocurriera lo que ocurriera, era un
privilegio sentirse viva en este maravilloso mundo.
La extraña sensación de plenitud duró
sólo unos instantes. O quizás una eternidad. El tiempo no contaba en
aquellos momentos, se había detenido, pero el profundo sentimiento
de euforia y paz que Paula había experimentado, le daría fuerzas
para llegar a Olveiroa.
Una vez en el albergue, se duchó y se
arrastró como pudo a tomar un cola—cao caliente y una magdalena en
un bar cercano. Después, a pesar de que no eran más de las 8 de la
tarde, se acostó en la litera, se metió en su saco y se quedó
dormida casi al instante. No se despertó hasta doce horas después.
Con ánimo vitalista emprendió la
última jornada del Camino, para recorrer los más de 30 kilómetros
que la separaban de Fisterra. Cuando salió estaba nublado, pero
después el sol se dejó caer a plomo, a pesar de que era el mes de
noviembre.
Hacia mitad del Camino, al pasar por
un lugar llamado Hospital, la ruta se bifurcaba para ir a Fisterra,
o a Muxía. Ella siguió las flechas amarillas que la conducían hacia
su destino: el fin de la tierra.
Al cabo de unos pocos kilómetros, se
quedó paralizada y, emocionada, empezó a llorar. A la vuelta de un
recodo, en el alto de O Cruceiro da Armada, divisó el mar. Eufórica,
supo, sin lugar a dudas, que allí estaba su origen como ser vivo en
esta tierra.
Con fuerzas renovadas, bajó hasta la
localidad de Cee y allí, en un bar frente al mar, engulló un inmenso
bocadillo de tortilla recién hecha, bebió una cerveza que le supo a
gloria, y después del café continuó en dirección a Corcubión,
pasando por un bonito paseo marítimo.
Desde allí hasta Fisterra, se le hizo
muy cuesta arriba. El cansancio podía con ella cada vez que
adelantaba un paso. Al llegar a un bosque, bajó por unas escaleras
que la conducirían a una playa: la de Langostera. Fisterra estaba ya
a un tiro de piedra.
Cuando Paula llegó la playa estaba
desierta. Sólo a lo lejos se divisaban algunas personas, paseando
junto al mar. Aquel hermoso paisaje y la cercanía de su destino, la
hicieron detenerse.
Se quitó la mochila y se sentó en la
arena a descansar un rato y a contemplar el mar. El día continuaba
soleado. Después de un rato se dispuso a marcharse, pero algo la
retenía en aquella playa. Sintió unas ganas inmensas de bañarse, de
sumergirse en aquellas aguas limpias.
Dudó unos instantes, después pensó
que, si no se bañaba, no se lo iba a perdonar nunca:
—¡A la mierda los prejuicios! —dijo en
voz alta.
Con rapidez, se despojó de la ropa y
se quedó sólo con un body, que le haría las veces de bañador. Pensó
que se iba a trasparentar cuando se metiera en el agua, porque era
de color blanco, pero eso no la detuvo. Nada podía detenerla.
Con resolución, salió corriendo y se
metió en el agua. Estaba tan fría, que le cortaba la circulación;
aún así siguió adelante, lanzando pequeños aullidos cada vez que se
metía más adentro. Cuando el agua le llegaba casi por el cuello,
empezó a nadar.
Dio unas cuantas brazadas, pero estaba
tan congelada, que decidió salirse. Una vez en la orilla, cuando iba
a vestirse de nuevo, un impulso la hizo volver al agua. Esta vez
tenía intención de disfrutar el baño, a pesar del frío.
Y así fue. Estuvo nadando un buen
rato, hasta que no sintió lo helada que se encontraba el agua. Hizo
“el muerto”, se relajó, y se dejó mecer por el vaivén de las olas.
Pensó que su vida, a partir de esos
momentos, sería como aquel baño, extraordinario y placentero, a
pesar del frío. Decidió que se iba a sumergir en la existencia, sin
miedo, con la seguridad y la confianza de que la vida la llevaría
por los caminos más apropiados para ella. Con la certeza de que la
sostendría. De la misma forma que el mar la sostenía flotando en
esos momentos.
Se sintió muy emocionada, y con ganas
de llorar. Nadó todavía un poco más, ya no sentía ningún frío, el
agua estaba muy buena y no daban ganas de salirse. A pesar de todo,
tenía que seguir su camino. Cuando salía, se dio cuenta de que se
había dejado puesto el reloj, y de que éste se había parado. Sin
pensarlo, se lo quitó y lo arrojó al mar, todo lo lejos que pudo.
—A partir de estos momentos —dijo en
voz alta con cierta solemnidad— comienza un nuevo tiempo para mí.
Ese reloj, que me ha acompañado durante los últimos años, ya no me
sirve, por eso se ha parado. Por eso debe quedarse aquí.
Paula salió del agua y, mientras se
vestía, se dio cuenta de que un grupo de personas la miraban con
curiosidad, y hacían comentarios entre ellos. Seguramente llevaban
ya un rato observando cómo se bañaba. Pensó que, sin duda, su body
se transparentaba al salir del agua.
“¿Y qué más da? —reflexionó— no tengo
nada que ocultar”. Se volvió, hacia esas personas, sonrió, y los
saludó con la mano. Nadie respondió a su saludo, y el grupo de
mirones continuó su camino. Ella terminó de vestirse, se puso su
mochila, cogió su bastón y siguió hacia el pueblo.
Desde la playa, un sendero de los que
se hacen para que la gente camine, la condujo a Fisterra. Llegó
enseguida. El baño la había revitalizado y caminó a muy buen ritmo.
Además, por dentro se sentía eufórica y muy contenta de haber
emprendido esa ruta desde Santiago.
Al llegar al albergue, se duchó
rápidamente, se cambió de ropa y se dispuso a subir hasta el faro,
desde donde vería la puesta de sol. Afortunadamente el día estaba
claro, no había una sola nube, y podría divisar sin problemas, cómo
las aguas del Atlántico se tragaban al astro rey.
Salió del albergue llevando en la mano
una de las camisetas que había llevado puesta durante el Camino, con
la intención de quemarla al llegar al faro.
Le habían dicho que quemar una prenda
era un acto simbólico que representaba la muerte de lo viejo y
caduco, y el renacimiento a una nueva vida, algo muy significativo
para ella.
Como símbolo de esa nueva vida, Paula
llevaba una camiseta azul marino, que había comprado en el albergue
de Fisterra, que tenía en el pecho una flecha amarilla. Una flecha
similar a las muchas que había visto a lo largo de la ruta,
indicándole el camino correcto para que no se perdiera. En esos
momentos, todos esos símbolos enlazaban directamente con su
existencia.
Al llegar al faro, quemó a duras penas
la camiseta porque arriba se movía mucho viento, y las pequeñas
llamas del mechero que había comprado, resultaban insuficientes para
prender en la tela.
Después se sentó frente al horizonte,
y se dispuso a ver la puesta de sol en silencio. Otros peregrinos
iban llegando también para contemplar el espectáculo. No hablaban
entre ellos, cada uno estaba recogido en sí mismo, con sus propios
pensamientos, esperando el sagrado momento.
Poco a poco el disco solar fue
descendiendo hacia el mar, tiñendo de color anaranjado todo el
horizonte. Paula sentía una gran emoción por dentro. Sólo por
contemplar lo que estaba viendo, merecía la pena haber andado tantos
kilómetros y haber penado tanto hasta llegar allí.
En unos instantes, la gran bola de
fuego empezó a sumergirse en las aguas y, momentos después,
desapareció. Sin saber por qué, a Paula se le saltaron las lágrimas.
Se quedó allí, paralizada, sin poderse mover, disfrutando del
momento, sabiendo en su interior que todo estaba bien.
Sintió que todo lo que existe en el
universo responde a unas pautas establecidas. Que nada sucede al
azar. Que el sol que ahora se había tragado el mar en el fin de la
tierra, aparecería al amanecer en el otro extremo, para inundar la
vida con su luz y su calor.
Un escalofrío recorría su espalda,
cuando escuchó detrás de ella una voz que le decía:
—Hola, Paula.
Sin darle tiempo a pensar que allí
nadie la conocía, se giró y vio a una atractiva mujer que le
sonreía. Se quedó extrañada por unos instantes, sin saber qué decir,
como si la presencia de aquella mujer no encajara en ese lugar.
Momentos después, supo con toda seguridad quien era ella, aunque la
escena no tuviera ninguna lógica.
—¿Sara? ¿Eres Sara Bermúdez?… ¿No
estabas muerta? —se atrevió a preguntar, mientras el vello se le
erizaba.
—Sí, soy Sara… y ya ves que no estoy
muerta —respondió riéndose.
Paula se levantó y se dejó abrazar por
Sara. Quiso decir algo, pero no le salían las palabras. Pensó que
aquello no podía ser verdad, que seguramente era una alucinación
producida por la emoción del momento.
Como si estuviera al tanto de sus
pensamientos, Sara le cogió las manos y se las apretó ligeramente,
en un gesto cariñoso, antes de decir:
—No intentes buscarle explicación
lógica a todo, hay otras razones que están por encima de la razón
que nosotros conocemos. Ven —dijo llevándosela un poco más atrás—
quiero presentarte a alguien.
Paula se dejaba llevar como si
estuviera sonámbula, pero su mente bullía sin parar.
—Te presento a Daimon —dijo Sara.
—¡¡Jano!! —gritó Paula sin poderse
contener— ¡¡Es Jano!! ¿no?
—Hola, la saludó el hombre tendiéndole
la mano, ya nos conocemos. Sí, para ti he sido Jano, pero también
soy Daimon.
—No… no entiendo nada —dijo Paula
sintiendo un ligero mareo.
—Bueno, vamos a tomar algo caliente y
te lo explicamos. Aquí empieza a hacer frío.
Los tres se subieron a un coche, que
estaba en el aparcamiento del faro y que condujo Sara. Daimon se
sentó a su lado, y Paula se situó en la parte de atrás. Al cabo de
unos minutos llegaron a un restaurante que había junto al puerto, y
eligieron una discreta mesa que había en un rincón.
Pidieron la consumición y, antes de
que Paula abriera la boca, Sara empezó a hablar.
—En primer lugar y, como verás, no
estoy muerta, no soy ninguna aparición.
—Pero tu hijo, que me vendió la casa,
me dijo que habías muerto.
—Rodrigo te lo dijo porque yo le pedí
que lo hiciera.
—Pero él me dijo que había heredado la
casa —insistió Paula.
—Esa casa, en la que tú vives, siempre
ha estado a su nombre. Cuando la compré, aunque era yo la que iba a
vivir allí, la puse a nombre de Rodrigo. Es mi único hijo y fue un
regalo que le hice. Después me trasladé a vivir a otro lugar, muy
cerca de Rossal, por cierto, ya lo verás, y la casa se puso en
venta. Daimon se instaló en la suya, después de que nos conociéramos
en el Camino de Santiago, como ya habrás leído en el manuscrito.
—¡¡Claro, el manuscrito!! Ya me
resultaba un poco sospechoso que Jano, quiero decir Daimon, —aclaró
mientras éste se reía— me hubiera indicado que excavase en el lugar
exacto en el que lo encontré.
Las palabras de Paula fueron
celebradas con risas por sus compañeros de mesa, como si hubiera
contado un chiste.
—¡Nosotros lo pusimos ahí para que tú
lo encontraras! Yo lo escribí para ti. —dijo Sara.
—Y como eras bastante torpe —aclaró
Daimon— tuve que decirte exactamente dónde debías cavar. Mientras lo
hacías, ambos te observábamos desde mi casa.
—¿Quéee? ¿Pero por qué? —preguntó
Paula incrédula, sin entender nada de nada.
—Bueno, verás…Digamos que te echamos
el ojo. Daimon te lo echó.
—¿Cómo que me echasteis el ojo?
—preguntó Paula, mirándolos a ambos como si estuvieran mal de la
cabeza.
—No, no estamos locos —dijo Sara, como
si le leyera el pensamiento.
—Aunque sigamos el camino de los locos
—continuó Daimon.
Estas palabras provocaron nuevas risas
entre Sara y Daimon, que parecían dos chiquillos celebrando la
ocurrencia. Paula, por su parte, no sabía qué pensar. Estaba
reuniendo el valor suficiente para levantarse y huir de allí a toda
prisa.
—No, no te vayas —dijo Sara intentando
poner un gesto de sobriedad— ya te lo explicamos, pero debes tener
una mente abierta para comprenderlo.
—Soy toda oídos —dijo Paula en actitud
receptiva, sin estar segura de querer escuchar.
Daimon también se puso serio e hizo un
gesto con la cabeza como para dar permiso a las explicaciones de
Sara. Esta pidió a Paula que no la interrumpiera.
—Cuando digo que Daimon te vio, me
estoy refiriendo a que vio la energía que rodea tu cuerpo y supo que
debíamos enseñarte el camino de los locos.
Paula iba a abrir la boca, pero Sara
le hizo un gesto con la mano para que no lo hiciera.
—Daimon y yo hemos abandonado el mundo
de apariencias que normalmente confundimos con la auténtica vida.
Vivimos en el mundo, claro, comemos y tenemos las mismas necesidades
materiales que los demás, pero dedicamos toda nuestra energía y
nuestra existencia a facilitar que otros inicien el mismo camino
espiritual que nosotros recorremos.
—¿Sois una especie de maestros
espirituales o algo así? —preguntó Paula sin poder contenerse.
—No somos maestros, porque en este
sendero tú eres tu propio maestro. Simplemente somos personas que
estamos en el mismo camino y contactamos con otros que quieran
iniciarse en él. Les mandamos señales.
—¿Cómo las flechas amarillas del
Camino de Santiago? —quiso saber Paula.
—Sí, eso es, como las flechas
amarillas —aprobó Sara la imagen, señalando a la camiseta de Paula—.
Daimon fue mi flecha, y lo sigue siendo. Ahora yo seré tu flecha
—añadió mirando fijamente y con dulzura a Paula— y algún día tú
también serás flecha para alguien… Esto es así —concluyó a modo de
explicación.
—¿Y por qué yo? —preguntó Paula con
gesto de preocupación.
La pregunta provocó nuevamente las
risas de Sara y Daimon.
—No nos reímos de ti —se apresuró a
aclarar Sara—. Nos reímos porque todos nos hacemos siempre la misma
pregunta. ¿Por qué tú? Porque ese es un camino que todos,
absolutamente todos, recorreremos antes o después. Quizás por
distintos senderos, que son múltiples y variados, según la
personalidad y la naturaleza de cada cual… En realidad, la pregunta
es incorrecta. No es ¿por qué yo?, sino ¿por qué ahora?
—¿Y por qué ahora? —preguntó Paula.
—Porque ahora, y no antes, es cuando
estás preparada para recibir la enseñanza. Así de simple. Es ahora
porque cuando uno está preparado, cuando su personalidad ha vivido y
superado numerosas pruebas, es cuando aparecen en su vida las
personas y circunstancias idóneas para reconducir su existencia por
los caminos de la espiritualidad. ¿Lo entiendes?
—Más o menos —dijo Paula, sin entender
demasiado.
Daimon la miró fijamente, con esos
ojos que tanto habían asustado a Paula en otras ocasiones. Sin
embargo, en esos momentos no sintió miedo, sino una gran
tranquilidad.
Como si estuviera hipnotizada, se
abandonó a la profundidad de aquella mirada y una vívida imagen
acudió a su mente. Era la imagen de ella misma unas horas atrás,
flotando en el mar, abandonada a la existencia, con la seguridad
interna de que ésta la mantendría en la superficie y le indicaría el
camino que debía tomar. Su camino: ¿El camino de los locos?
—Este no es un camino fácil —dijo
Sara— pero no tengas ninguna duda de que es el tuyo. Si no, nosotros
no estaríamos aquí, no te habríamos encontrado. Y no es un camino
fácil porque aquí no hay maestros, ni guías, ni gurús. Es el camino
solitario que recorre “El Loco” del Tarot.
Paula sintió una corriente eléctrica
que empezaba en la coronilla y recorría su espalda a través de la
columna vertebral. Con gran emoción, sacó del bolsillo de su
pantalón la carta de “El Loco”, y la puso encima de la mesa. Sara y
Daimon se miraron, y asintieron con la cabeza. Sara continuó:
—Este es el Camino del eterno
peregrino, el que no encuentra acomodo en ningún sitio. Somos los
críticos de la sociedad, nuestro sino consiste en poner en
entredicho todo lo establecido, pero no con la intención de
cambiarlo, sino porque ese es nuestro destino. Sabemos que no hay
nada que cambiar, que todo ocurre por alguna razón, que todo está
bien y responde a un Plan Superior. No nos importa el poder sobre
los demás —continuó— Nuestro camino está en el lugar donde nos
encontramos en cada momento, en el eterno presente, y eso cambia a
cada instante. En este camino, admitir la propia ignorancia es la
mayor sabiduría a la que se puede aspirar y ésta, precisamente, es
la condición esencial de todo aprendizaje. Este, Paula, es el Camino
sin camino, sin mapas ni guías que nos muestren el recorrido. A
excepción de nuestro guía interior y de esa gran maestra que es la
vida.
Paula no entendía muy bien todo lo que
Sara le decía. Aquello, lo que estaba viviendo, le parecía una
locura, pero algo en su interior conectaba con las palabras de
aquella mujer.
Con lágrimas en los ojos y una
tremenda emoción que le aplastaba el pecho, Paula supo que aquel
encuentro sólo era el principio de una nueva etapa en su vida. Algo
que la cambiaría por completo.
Supo con toda certeza que Sara sería
la flecha amarilla que la ayudaría a recorrer el camino de los locos
y que ambas compartirían muchas conversaciones y muchas
experiencias.
Se sintió una persona muy afortunada,
agradecida a la vida por haber conocido a aquel par de “locos”, y
experimentó una gran paz interior, como nunca antes la había
sentido.
Sara cesó de hablar, sabía que Paula
no la estaba escuchando, y quería dejarle saborear la emoción de
aquel momento tan importante y tan trascendental para ella.
Permaneció en silencio unos momentos y
sonrió a Daimon, que también estaba emocionado. Después, Sara cogió
la mano de Paula y, con firmeza, pero con gran dulzura en la voz, le
anunció:
—Tenemos
mucho camino por delante.

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