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CAPÍTULO XXII

Ilustración de Sergio Bleda para el vigésimo segundo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Paula paseaba descalza por la orilla de la playa. El día era luminoso, pero fresco. Llevaba los pantalones remangados y, en algunos momentos las olas le mojaban los pies. El agua estaba fría, pero ella no la evitaba. Al contrario, agradecía ese frescor que le estimulaba la circulación de la sangre.

Había leído que en los pies están reflejados todos los órganos del cuerpo. Que son como una especie de mapa de nuestro organismo, y que al masajear el lugar correspondiente a un determinado órgano en la planta del pie,  se restituye la energía y el equilibrio en ese órgano concreto.

Ella, en esos momentos, necesitaba un aporte de energía extra en su organismo porque, después de la ruptura con Matías, se había quedado floja y desanimada, sin verle demasiado sentido a su existencia. Lloraba con frecuencia y después de hacerlo se sentía aún peor, porque no le gustaba experimentar lástima por sí misma.

Habían pasado ya varios días desde la ruptura, y esa misma mañana se había visto sorprendida por una llamada de Matías. La conversación había sido breve, sólo para informarle que se casaba el día 28 de diciembre.

Paula pensó que era una fecha muy apropiada: el día de los inocentes. Al fin y al cabo lo que propiciaba esa boda era la próxima llegada al mundo de un ser inocente.

Aspirando la brisa fresca del mar, recordó la conversación que habían tenido, unas horas atrás.

 

—No sé por qué me llamas para contarme que te casas. ¿No me estarás invitando? ¿No pretenderás que vaya a llevarte las arras? ¿O quizás me llamas para que le lleve la cola a la novia? —le preguntó Paula, con sarcasmo e irritación.

—No, perdona. Quizás no haya sido buena idea llamarte. No era mi intención enfadarte…

—Entonces ¿cuál era tú intención? —le interrumpió ella con brusquedad.

—Verás, tengo muy mala conciencia con respecto a ti. Creo que no me porté bien contigo. No espero que me perdones en estos momentos, porque aún está todo muy reciente, pero sí me gustaría que lo hicieras en el futuro.

—Ya. Vamos, que te portas como un cerdo, y encima quieres quedar bien… ¿Por qué me llamas para decirme que te casas? ¿No es suficiente con el daño que me has hecho?  —dijo Paula, sin poder evitar un sollozo al final de la frase.

 

Matías no respondió de inmediato. Un denso silencio se interpuso entre ambos. Pasados unos momentos, se disculpó otra vez.

 

—Lo siento, Paula, no quería hurgar en la herida. Ha sido una tontería llamarte… Pero, aunque no lo creas, me sentía en la obligación de decírtelo. No pienses que para mí está resultando nada fácil —añadió— pensé romper con Susana y tratar de recuperar tu cariño. Pero me di cuenta de que iba a ser imposible. Se trata de mi hijo, y eso lo cambia todo. Aunque tú me hubieras perdonado y siguiéramos juntos, ese niño se iba a interponer siempre entre nosotros. Creo que lo más conveniente es lo que voy a hacer, casarme… lo cual no quiere decir que sea lo mejor para mí.

 

Paula suspiró profundamente y permaneció en silencio unos instantes. En realidad no sabía qué responder. No podía decir que no comprendiera las razones de Matías para casarse, pero eso no aliviaba su dolor. Finalmente, y tratando de contener el llanto, dijo:

 

—Adiós, Matías. No vuelvas a llamarme… Iba a decirte que espero que seas feliz, pero además de que me parece una cursilada, en estos momentos estoy muy dolida contigo y tu felicidad me importa un bledo.

—Claro, lo comprendo —dijo él—. No te preocupes, no te molestaré más…

—Por cierto —le interrumpió Paula— tengo la novela de Sara Bermúdez, “El color de las palabras”, que me trajiste de la Biblioteca. La fecha de devolución ya se ha pasado… lo digo porque el préstamo está a tu nombre y no quiero que tengas problemas.

—Bueno, puedes quedártela. La compraré y la repondré yo en la Biblioteca. No te preocupes.

—Bien, pues eso es todo. Adiós, Matías —dijo Paula antes de colgar, sin darle tiempo a responder.

 

Paula se sentó en una mesa al sol, en un pequeño bar que había junto a la playa. El recuerdo de la conversación que acababa de mantener con Matías, le trajo a la memoria la que había tenido lugar, unos días atrás, la misma noche del entierro de su padre, cuando rompió con él.

En aquella llamada telefónica, Paula no le dio opción a muchas explicaciones. Cuando llegó en taxi a su casa, aún muy alterada por lo que acababa de oír, llamó a Matías y le soltó de una que lo sabía todo. Que tenía novia, una tal Susana, que estaba embarazada y que iban a casarse.

 

Matías se quedó atónito y tardó un rato en reaccionar:

 

—¿Cómo te has enterado?

—Es curioso cómo me he enterado —dijo Paula visiblemente afectada— he ido al entierro de tu padre y allí he escuchado a dos mujeres hablar. Una se lo estaba contando a la otra. Sé hasta que tu novia se hizo varias veces la prueba del embarazo en una farmacia, y que todas le dio positiva.

 

Matías no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo era posible que le estuviera ocurriendo algo así?

 

—Ahora comprendo por qué ponías tanto empeño en que no fuera al entierro de tu padre. No lo entendía, pero ahora ya lo sé. No querías que viera a esa chica cogida de tu brazo, haciéndote carantoñas durante el funeral. Pero la vi… ¡Qué imbécil, pensé que sería algún familiar, alguna prima tuya o algo así…! Bueno, tampoco iba tan desencaminada —añadió con ironía y rabia—  prácticamente era ya de la familia ¿no?

—Paula, no sé qué puedo decirte —afirmó Matías con un tono de lamento en la voz.

—Sólo respóndeme a dos preguntas muy sencillas. ¿Esta chica es tu novia? ¿Está embarazada?

—No es tan sencillo…

—¿Sí o no? —le apremió Paula, tajante— Vamos, si no es verdad, dime que todo es mentira.

 

Matías resopló al otro lado del teléfono, antes de responder:

 

—No, no es mentira. Me gustaría decirte otra cosa, pero lo que me preguntas es verdad.

—Entonces no tenemos nada más que hablar —dijo Paula con un tono de amargura, aguantando el llanto antes de colgarle.

 

Matías volvió a llamarla por teléfono esa misma noche, pero ella no lo cogió. Tampoco al día siguiente, ni al otro. Después él dejó de llamar y, al cabo de una semana, Paula borró el número del móvil. Como si con ese gesto pudiera apartarlo definitivamente de su vida.

Pero las cosas no le estaban resultando fáciles. Se sentía profundamente herida, engañada, desamparada. Se sentía una víctima de la situación, y esa sensación de cordero sacrificado era lo que más le molestaba.

Bebió un largo sorbo de la cerveza, que comenzaba a calentarse por el efecto del sol, y sonrió al recordar la fecha de la boda de Matías: “el 28 de diciembre, no te jode.” —reflexionó para sus adentros.

Le dieron ganas de ponerse a llorar, pero se aguantó. Ya había derramado demasiadas lágrimas por una situación que no tenía remedio. Aún así, no pudo dejar de pensar que Matías se casaba el día de los inocentes. Y así es como ella se sentía, como una pobre inocente degollada por unas circunstancias que en ningún momento había buscado ni propiciado. A su mente le vino una imagen en la que Matías, como si fuera el mismísimo rey Herodes, la cogía a ella del cuello y... zas, la degollaba.

La vivacidad de esta imagen mental la desconcertó:

—¡Jesús! —murmuró entre dientes— qué cosa más desagradable.

De pronto, y sin poder evitarlo, se echó a reír porque la película que veía proyectada en su mente, más que dramática, le pareció cómica. Matías vestía de emperador romano con toga y sandalias. Y llevaba una corona de laurel, ladeada sobre la cabeza. Pero, y ella…

La sonrisa se transformó en carcajada al recrear la imagen. La cabeza y la cara eran suyas, sin lugar a dudas, tal y como se veía en la actualidad. Pero esa cabeza destacaba por su desproporción al verse sobre los hombros en un cuerpo desnudo de bebé.

—¡Dios santo! —exclamó en voz alta, sonriendo— qué disparate.

 

Nada más pronunciar estas palabras, miró a un lado y a otro para comprobar si alguien, de los que estaban alrededor, la habían escuchado. Cada uno parecía estar en lo suyo. Sólo vio que el camarero, que servía otras mesas cercanas, la miraba con cara de asombro.

Sin poder contener la risa, Paula le hizo un gesto con la mano, al tiempo que pedía en voz alta:

—¡Me trae la cuenta, por favor!

 

Paula abandonó el bar y se encaminó hacía su casa. Comprobó que la ridícula imagen que había visto en su mente, le había cambiado el humor. No le había venido mal ver a Matías, con sus ridículas sandalias atadas a sus piernas peludas. Pero lo más refrescante había sido reírse de sí misma, y de la situación.

Sobre todo de la situación. Una parte de ella quería seguir haciéndose la víctima. Pero otra, no estaba por la labor y se mofaba de su intento por seguir considerándose “inocente”.

Una frase resonó en su interior: “No hay nadie inocente. Todos somos responsables de nuestra vida, y atraemos a ella, aunque de manera inconsciente, las personas y las circunstancias que necesitamos porque nos ayudan a evolucionar”.

La frase, saliera de donde saliera, le gustó. “Aunque da un poco de miedo —pensó— porque, según esta teoría no le puedes echar las culpas a nadie de las desgracias que te ocurran. Sólo tú eres responsable de tu vida”.

 

Le pareció estar escuchando la voz de Sara Bermúdez. O, al menos, la voz que ella creía que debía de tener la escritora. Se paró en seco y se dio cuenta de que, en los últimos días, desde que había roto con Matías, muchas veces había hablado con ella misma para sus adentros, pero en realidad era como si mantuviera una conversación con Sara. Y lo más curioso es que ésta, a pesar de que estaba muerta, le contestaba. O eso le parecía a ella.

—¡¡Será posible!! —exclamó, muy afectada— ¿me estaré volviendo loca?

Esa palabra, “loca” sonó como un eco en su interior y provocó que, al llegar a su casa, cogiera el manuscrito de Sara, titulado “El camino de los locos”. Releyó algunos párrafos y se lamentó, una vez más, de que las últimas páginas estuvieran cortadas con unas tijeras.

Se había quedado sin saber qué experiencias había vivido Sara, en el Camino de Santiago a Fisterra. Recordó lo extraño que había sido encontrar aquel manuscrito enterrado en su jardín. De pronto, siguiendo un impulso, se encaminó con decisión a casa de Jano.

Aunque el corazón le latía tanto en el pecho, que parecía que se le iba a salir, Paula venció el miedo que le daba llamar a aquella puerta, y pulsó el timbre. Nadie respondió. Ella estaba segura, sin embargo, de que su vecino se encontraba dentro.

Pegó el oído a la puerta, y escuchó música. Pero nada, nadie le abría. Esta vez sin contemplaciones, y sabiendo que Jano estaba en su casa, aporreó la puerta con fuerza. Como respuesta, la música que se escuchaba adentro subió el volumen, pero nadie le abrió.

Un tanto irritada se volvió a su casa. Al llegar a su verja, giró la cabeza bruscamente y le pareció que se movían los visillos de una de las ventanas de la casa de Jano.

—¡Será imbécil! —dijo en voz alta— ya me pedirá algún día algo y yo pondré la música a toda pastilla y me haré la loca.

 

“Loca —pensó— otra vez la palabreja. Así voy a terminar yo”

 

Entró a su casa y miró el reloj. Faltaban quince minutos para que pasara por Rossal el autobús que iba a San Roque. Pensaba cogerlo, porque tenía muchas cosas que comprar.

Acababa de decidir que se iba a hacer el Camino desde Santiago hasta Fisterra. Iba a comprarse todo lo necesario: unas buenas botas, mochila, un bastón, pantalones cómodos, un chubasquero…

 

—¡Ah, que no se me olvide! —dijo mientras se cambiaba las zapatillas de deporte por unos zapatos y metía dinero en el bolso— también me compraré un Tarot. Tengo ya ganas de echarle la vista encima a ese arcano que se llama “El Loco”.

 

Días después, Paula contemplaba la mole de piedra de la catedral de Santiago, en su fachada oeste, parada en el centro de la Plaza del Obradoiro. Justo donde se encontraba una concha dorada en el suelo, y una marca indicando el kilómetro cero.

Acababa de amanecer y se disponía a iniciar el camino que la llevaría de Santiago a Fisterra, recorriendo a pie casi cien kilómetros en tres días. Había llegado hasta allí en autobús la tarde anterior, y había pasado la noche en un hostal cercano a la Plaza del Obradoiro.

Apenas si había dormido, nerviosa, pensando en la aventura que iba a emprender. Durante toda la noche había escuchado las campanas de la Catedral dando las horas, mientras ella contaba los minutos que faltaban para el amanecer.

 

Después de echar un último vistazo a la imponente Catedral, Paula se giró y empezó a bajar por la Rua das Hortas. Al pasar por la iglesia de San Fructuoso, hizo un gesto de saludo con la cabeza, casi imperceptible, a las cuatro figuras que había sobre el tejado.

Las que representaban a las virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. O a los cuatro palos de la baraja del Tarot. En un bolsillo de su mochila, Paula llevaba, para que la acompañase en el Camino, la carta que representaba el arcano del Loco.

Al principio siguió sin dificultad las flechas amarillas que le indicaban la ruta, pero antes de salir de Santiago se perdió y tuvo que volver sobre sus pasos para regresar al camino correcto. Este incidente le enseñó que no se podía despistar, que debía ir atenta para no equivocarse.

 

El primer albergue del Camino, donde Paula pasaría la noche, era el de Negreira, situado a unos 25 kilómetros de Santiago. Según había leído en la guía que llevaba, ésta era una villa de origen medieval, aludida por Ernest Hemingway en su famosa novela “Por quien doblan las campanas”.

Paula llegó al albergue pasadas las cinco de la tarde, a punto de pedir los santos óleos. Iba tan cansada, que apenas si cruzó palabra con los escasos peregrinos que se encontraban allí. Lo único que quería era darse una ducha caliente, comer algo y descansar.

Y eso fue lo que hizo. No le habían salido rozaduras ni ampollas en los pies, pero no recordaba haber estado tan cansada en toda su vida. La noche la pasó en la parte baja de una litera, metida en su saco de dormir, sin apenas pegar ojo. Los ronquidos de algunos peregrinos y su estado de excitación, le impidieron conciliar bien el sueño.

Fue de las primeras en levantarse y en ponerse nuevamente en la ruta, al día siguiente, hacia el albergue de un lugar llamado Olveiroa, que estaba a casi 35 kilómetros de Negreira.

Al salir estaba nublado y caía una lluvia fina y molesta para caminar. Se puso el chubasquero pero, al cabo de una hora, tuvo que quitárselo porque, como la prenda no dejaba transpirar, llevaba la camiseta empapada de sudor, con el agravante de que el día estaba bastante fresco.

Durante toda la ruta no se encontró con ningún peregrino. Paró en un bar junto a una carretera para tomarse un bocadillo de tortilla y una cerveza. Después de descansar un poco y tomar café, se puso de nuevo en marcha.

Si el día anterior la caminata le había resultado muy dura, esa tarde creyó morir. Parecía que nunca iba a llegar a  Olveiroa y una y mil veces se preguntó qué estaba haciendo allí, y por qué había abandonado la comodidad de su casa para emprender aquel camino.

Pasaban las cinco de la tarde cuando descansó junto a un extraño cementerio que había al borde de una carretera. Estaba tan agotada, que pensó quedarse a pasar la noche allí, aunque fuera al aire libre. Pero si las estatuas de ángeles ya resultaban inquietantes a la luz del día, no quiso ni pensar cómo resultarían por la noche.

Por eso, bebió agua, llenó la cantimplora en una fuente que había junto al cementerio, y siguió su camino. Media hora después, no podía más. Le dolía todo el cuerpo y, era tal su desesperación, que se paró y empezó a reírse de forma histérica.

 

—¡¡Dios mío!! —dijo en voz alta— ¿me estaré volviendo loca?

 

El sonido de su propia voz y la imagen del arcano del Loco, que llevaba en la mochila, provocaron en ella más hilaridad. Entonces ocurrió algo extraordinario. Paula se sintió partida, desdoblada y, como si se tratase de otra persona, se vio a sí misma llorando de risa, sin poderse contener.

Instantes después, se apoderó de ella un extraño estado de ánimo. Sin parar de reír, satisfecha y feliz, alzó los brazos hacia el cielo y empezó a girar. En aquellos momentos, todo le daba igual.

Pensó que le daba lo mismo vivir que caer muerta en aquel lugar. La existencia era grandiosa, intensa, misteriosa y apasionante. Ocurriera lo que ocurriera, era un privilegio sentirse viva en este maravilloso mundo.

La extraña sensación de plenitud duró sólo unos instantes. O quizás una eternidad. El tiempo no contaba en aquellos momentos, se había detenido, pero el profundo sentimiento de euforia y paz que Paula había experimentado, le daría fuerzas para llegar a Olveiroa.

Una vez en el albergue, se duchó y se arrastró como pudo a tomar un cola—cao caliente y una magdalena en un bar cercano. Después, a pesar de que no eran más de las 8 de la tarde, se acostó en la litera, se metió en su saco y se quedó dormida casi al instante. No se despertó hasta doce horas después.

 

Con ánimo vitalista emprendió la última jornada del Camino, para recorrer los más de 30 kilómetros que la separaban de Fisterra. Cuando salió estaba nublado, pero después el sol se dejó caer a plomo, a pesar de que era el mes de noviembre.

Hacia mitad del Camino, al pasar por un lugar llamado Hospital, la ruta se bifurcaba para ir a Fisterra, o a Muxía. Ella siguió las flechas amarillas que la conducían hacia su destino: el fin de la tierra.

Al cabo de unos pocos kilómetros, se quedó paralizada y, emocionada, empezó a llorar. A la vuelta de un recodo, en el alto de O Cruceiro da Armada, divisó el mar. Eufórica, supo, sin lugar a dudas, que allí estaba su origen como ser vivo en esta tierra.

Con fuerzas renovadas, bajó hasta la localidad de Cee y allí, en un bar frente al mar, engulló un inmenso bocadillo de tortilla recién hecha, bebió una cerveza que le supo a gloria, y después del café continuó en dirección a Corcubión, pasando por un bonito paseo marítimo.

Desde allí hasta Fisterra, se le hizo muy cuesta arriba. El cansancio podía con ella cada vez que adelantaba un paso. Al llegar a un bosque, bajó por unas escaleras que la conducirían a una playa: la de Langostera. Fisterra estaba ya a un tiro de piedra.

Cuando Paula llegó la playa estaba desierta. Sólo a lo lejos se divisaban algunas personas, paseando junto al mar. Aquel hermoso paisaje y la cercanía de su destino, la hicieron detenerse.

Se quitó la mochila y se sentó en la arena a descansar un rato y a contemplar el mar. El día continuaba soleado. Después de un rato se dispuso a marcharse, pero algo la retenía en aquella playa. Sintió unas ganas inmensas de bañarse, de sumergirse en aquellas aguas limpias.

Dudó unos instantes, después pensó que, si no se bañaba, no se lo iba a perdonar nunca:

 

—¡A la mierda los prejuicios! —dijo en voz alta.

 

Con rapidez, se despojó de la ropa y se quedó sólo con un body, que le haría las veces de bañador. Pensó que se iba a trasparentar cuando se metiera en el agua, porque era de color blanco, pero eso no la detuvo. Nada podía detenerla.

Con resolución, salió corriendo y se metió en el agua. Estaba tan fría, que le cortaba la circulación; aún así siguió adelante, lanzando pequeños aullidos cada vez que se metía más adentro. Cuando el agua le llegaba casi por el cuello, empezó a nadar.

Dio unas cuantas brazadas, pero estaba tan congelada, que decidió salirse. Una vez en la orilla, cuando iba a vestirse de nuevo, un impulso la hizo volver al agua. Esta vez tenía intención de disfrutar el baño, a pesar del frío.

Y así fue. Estuvo nadando un buen rato, hasta que no sintió lo helada que se encontraba el agua. Hizo “el muerto”, se relajó, y se dejó mecer por el vaivén de las olas.

Pensó que su vida, a partir de esos momentos, sería como aquel baño, extraordinario y placentero, a pesar del frío. Decidió que se iba a sumergir en la existencia, sin miedo, con la seguridad y la confianza de que la vida la llevaría por los caminos más apropiados para ella. Con la certeza de que la sostendría. De la misma forma que el mar la sostenía flotando en esos momentos.

Se sintió muy emocionada, y con ganas de llorar. Nadó todavía un poco más, ya no sentía ningún frío, el agua estaba muy buena y no daban ganas de salirse. A pesar de todo, tenía que seguir su camino. Cuando salía, se dio cuenta de que se había dejado puesto el reloj, y de que éste se había parado. Sin pensarlo, se lo quitó y lo arrojó al mar, todo lo lejos que pudo.

 

—A partir de estos momentos —dijo en voz alta con cierta solemnidad— comienza un nuevo tiempo para mí. Ese reloj, que me ha acompañado durante los últimos años, ya no me sirve, por eso se ha parado. Por eso debe quedarse aquí.

 

Paula salió del agua y, mientras se vestía, se dio cuenta de que un grupo de personas la miraban con curiosidad, y hacían comentarios entre ellos. Seguramente llevaban ya un rato observando cómo se bañaba. Pensó que, sin duda, su body se transparentaba al salir del agua.

“¿Y qué más da? —reflexionó— no tengo nada que ocultar”. Se volvió, hacia esas personas, sonrió, y los saludó con la mano. Nadie respondió a su saludo, y el grupo de mirones continuó su camino. Ella terminó de vestirse, se puso su mochila, cogió su bastón y siguió hacia el pueblo.

Desde la playa, un sendero de los que se hacen para que la gente camine, la condujo a Fisterra. Llegó enseguida. El baño la había revitalizado y caminó a muy buen ritmo. Además, por dentro se sentía eufórica y muy contenta de haber emprendido esa ruta desde Santiago.

Al llegar al albergue, se duchó rápidamente, se cambió de ropa y se dispuso a subir hasta el faro, desde donde vería la puesta de sol. Afortunadamente el día estaba claro, no había una sola nube, y podría divisar sin problemas, cómo las aguas del Atlántico se tragaban al astro rey.

Salió del albergue llevando en la mano una de las camisetas que había llevado puesta durante el Camino, con la intención de quemarla al llegar al faro.

Le habían dicho que quemar una prenda era un acto simbólico que representaba la muerte de lo viejo y caduco, y el renacimiento a una nueva vida, algo muy significativo para ella.

Como símbolo de esa nueva vida, Paula llevaba una camiseta azul marino, que había comprado en el albergue de Fisterra, que tenía en el pecho una flecha amarilla. Una flecha similar a las muchas que había visto a lo largo de la ruta, indicándole el camino correcto para que no se perdiera. En esos momentos, todos esos símbolos enlazaban directamente con su existencia.

Al llegar al faro, quemó a duras penas la camiseta porque arriba se movía mucho viento, y las pequeñas llamas del mechero que había comprado, resultaban insuficientes para prender en la tela.

Después se sentó frente al horizonte, y se dispuso a ver la puesta de sol en silencio. Otros peregrinos iban llegando también para contemplar el espectáculo. No hablaban entre ellos, cada uno estaba recogido en sí mismo, con sus propios pensamientos, esperando el sagrado momento.

Poco a poco el disco solar fue descendiendo hacia el mar, tiñendo de color anaranjado todo el horizonte. Paula sentía una gran emoción por dentro. Sólo por contemplar lo que estaba viendo, merecía la pena haber andado tantos kilómetros y haber penado tanto hasta llegar allí.

En unos instantes, la gran bola de fuego empezó a sumergirse en las aguas y, momentos después, desapareció. Sin saber por qué, a Paula se le saltaron las lágrimas. Se quedó allí, paralizada, sin poderse mover, disfrutando del momento, sabiendo en su interior que todo estaba bien.

Sintió que todo lo que existe en el universo responde a unas pautas establecidas. Que nada sucede al azar. Que el sol que ahora se había tragado el mar en el fin de la tierra, aparecería al amanecer en el otro extremo, para inundar la vida con su luz y su calor.

Un escalofrío recorría su espalda, cuando escuchó detrás de ella una voz que le decía:

 

—Hola, Paula.

 

Sin darle tiempo a pensar que allí nadie la conocía, se giró y vio a una atractiva mujer que le sonreía. Se quedó extrañada por unos instantes, sin saber qué decir, como si la presencia de aquella mujer no encajara en ese lugar. Momentos después, supo con toda seguridad quien era ella, aunque la escena no tuviera ninguna lógica.

 

—¿Sara? ¿Eres Sara Bermúdez?… ¿No estabas muerta? —se atrevió a preguntar, mientras el vello se le erizaba.

—Sí, soy Sara… y ya ves que no estoy muerta —respondió riéndose.

 

Paula se levantó y se dejó abrazar por Sara. Quiso decir algo, pero no le salían las palabras. Pensó que aquello no podía ser verdad, que seguramente era una alucinación producida por la emoción del momento.

Como si estuviera al tanto de sus pensamientos, Sara le cogió las manos y se las apretó ligeramente, en un gesto cariñoso, antes de decir:

 

—No intentes buscarle explicación lógica a todo, hay otras razones que están por encima de la razón que nosotros conocemos. Ven —dijo llevándosela un poco más atrás— quiero presentarte a alguien.

 

Paula se dejaba llevar como si estuviera sonámbula, pero su mente bullía sin parar.

 

—Te presento a Daimon —dijo Sara.

—¡¡Jano!! —gritó Paula sin poderse contener— ¡¡Es Jano!! ¿no?

—Hola, la saludó el hombre tendiéndole la mano, ya nos conocemos. Sí, para ti he sido Jano, pero también soy Daimon.

—No… no entiendo nada —dijo Paula sintiendo un ligero mareo.

—Bueno, vamos a tomar algo caliente y te lo explicamos. Aquí empieza a hacer frío.

 

Los tres se subieron a un coche, que estaba en el aparcamiento del faro y que condujo Sara. Daimon se sentó a su lado, y Paula se situó en la parte de atrás. Al cabo de unos minutos llegaron a un restaurante que había junto al puerto, y eligieron una discreta mesa que había en un rincón.

Pidieron la consumición y, antes de que Paula abriera la boca, Sara empezó a hablar.

 

—En primer lugar y, como verás, no estoy muerta, no soy ninguna aparición.

—Pero tu hijo, que me vendió la casa, me dijo que habías muerto.

—Rodrigo te lo dijo porque yo le pedí que lo hiciera.

—Pero él me dijo que había heredado la casa —insistió Paula.

—Esa casa, en la que tú vives, siempre ha estado a su nombre. Cuando la compré, aunque era yo la que iba a vivir allí, la puse a nombre de Rodrigo. Es mi único hijo y fue un regalo que le hice.  Después me trasladé a vivir a otro lugar, muy cerca de Rossal, por cierto, ya lo verás, y la casa se puso en venta. Daimon se instaló en la suya, después de que nos conociéramos en el Camino de Santiago, como ya habrás leído en el manuscrito.

—¡¡Claro, el manuscrito!! Ya me resultaba un poco sospechoso que Jano, quiero decir Daimon, —aclaró mientras éste se reía— me hubiera indicado que excavase en el lugar exacto en el que lo encontré.

 

Las palabras de Paula fueron celebradas con risas por sus compañeros de mesa, como si hubiera contado un chiste.

 

—¡Nosotros lo pusimos ahí para que tú lo encontraras! Yo lo escribí para ti. —dijo Sara.

—Y como eras bastante torpe —aclaró Daimon— tuve que decirte exactamente dónde debías cavar. Mientras lo hacías, ambos te observábamos desde mi casa.

—¿Quéee? ¿Pero por qué? —preguntó Paula incrédula, sin entender nada de nada. 

—Bueno, verás…Digamos que te echamos el ojo. Daimon te lo echó.

—¿Cómo que me echasteis el ojo? —preguntó Paula, mirándolos a ambos como si estuvieran mal de la cabeza.

—No, no estamos locos —dijo Sara, como si le leyera el pensamiento.

—Aunque sigamos el camino de los locos —continuó Daimon.

 

Estas palabras provocaron nuevas risas entre Sara y Daimon, que parecían dos chiquillos celebrando la ocurrencia. Paula, por su parte, no sabía qué pensar. Estaba reuniendo el valor suficiente para levantarse y huir de allí a toda prisa.

 

—No, no te vayas —dijo Sara intentando poner un gesto de sobriedad— ya te lo explicamos, pero debes tener una mente abierta para comprenderlo.

—Soy toda oídos —dijo Paula en actitud receptiva, sin estar segura de querer escuchar.

 

Daimon también se puso serio e hizo un gesto con la cabeza como para dar permiso a las explicaciones de Sara. Esta pidió a Paula que no la interrumpiera.

 

—Cuando digo que Daimon te vio, me estoy refiriendo a que vio la energía que rodea tu cuerpo y supo que debíamos enseñarte el camino de los locos.

 

Paula iba a abrir la boca, pero Sara le hizo un gesto con la mano para que no lo hiciera.

 

—Daimon y yo hemos abandonado el mundo de apariencias que normalmente confundimos con la auténtica vida. Vivimos en el mundo, claro, comemos y tenemos las mismas necesidades materiales que los demás, pero dedicamos toda nuestra energía y nuestra existencia a facilitar que otros inicien el mismo camino espiritual que nosotros recorremos.

—¿Sois una especie de maestros espirituales o algo así? —preguntó Paula sin poder contenerse.

—No somos maestros, porque en este sendero tú eres tu propio maestro. Simplemente somos personas que estamos en el mismo camino y contactamos con otros que quieran iniciarse en él. Les mandamos señales.

—¿Cómo las flechas amarillas del Camino de Santiago? —quiso saber Paula.

—Sí, eso es, como las flechas amarillas —aprobó Sara la imagen, señalando a la camiseta de Paula—. Daimon fue mi flecha, y lo sigue siendo. Ahora yo seré tu flecha —añadió mirando fijamente y con dulzura a Paula— y algún día tú también serás flecha para alguien… Esto es así —concluyó a modo de explicación.

—¿Y por qué yo? —preguntó Paula con gesto de preocupación.

 

La pregunta provocó nuevamente las risas de Sara y Daimon.

 

—No nos reímos de ti —se apresuró a aclarar Sara—. Nos reímos porque todos nos hacemos siempre la misma pregunta. ¿Por qué tú? Porque ese es un camino que todos, absolutamente todos, recorreremos antes o después. Quizás por distintos senderos, que son múltiples y variados, según la personalidad y la naturaleza de cada cual… En realidad, la pregunta es incorrecta. No es ¿por qué yo?, sino ¿por qué ahora?

—¿Y por qué ahora? —preguntó Paula.

—Porque ahora, y no antes, es cuando estás preparada para recibir la enseñanza. Así de simple. Es ahora porque cuando uno está preparado, cuando su personalidad ha vivido y superado numerosas pruebas, es cuando aparecen en su vida las personas y circunstancias idóneas para reconducir su existencia por los caminos de la espiritualidad. ¿Lo entiendes?

—Más o menos —dijo Paula, sin entender demasiado.

 

Daimon la miró fijamente, con esos ojos que tanto habían asustado a Paula en otras ocasiones. Sin embargo, en esos momentos no sintió miedo, sino una gran tranquilidad.

Como si estuviera hipnotizada, se abandonó a la profundidad de aquella mirada y una vívida imagen acudió a su mente. Era la imagen de ella misma unas horas atrás, flotando en el mar, abandonada a la existencia, con la seguridad interna de que ésta la mantendría en la superficie y le indicaría el camino que debía tomar. Su camino: ¿El camino de los locos?

 

—Este no es un camino fácil —dijo Sara— pero no tengas ninguna duda de que es el tuyo. Si no, nosotros no estaríamos aquí, no te habríamos encontrado. Y no es un camino fácil porque aquí no hay maestros, ni guías, ni gurús. Es el camino solitario que recorre “El Loco” del Tarot.

 

Paula sintió una corriente eléctrica que empezaba en la coronilla y recorría su espalda a través de la columna vertebral. Con gran emoción, sacó del bolsillo de su pantalón la carta de “El Loco”, y la puso encima de la mesa. Sara y Daimon se miraron, y asintieron con la cabeza. Sara continuó:

 

—Este es el Camino del eterno peregrino, el que no encuentra acomodo en ningún sitio. Somos los críticos de la sociedad, nuestro sino consiste en poner en entredicho todo lo establecido, pero no con la intención de cambiarlo, sino porque ese es nuestro destino. Sabemos que no hay nada que cambiar, que todo ocurre por alguna razón, que todo está bien y responde a un Plan Superior. No nos importa el poder sobre los demás —continuó—  Nuestro camino está en el lugar donde nos encontramos en cada momento, en el eterno presente, y eso cambia a cada instante. En este camino, admitir la propia ignorancia es la mayor sabiduría a la que se puede aspirar y ésta, precisamente, es la condición esencial de todo aprendizaje. Este, Paula, es el Camino sin camino, sin mapas ni guías que nos muestren el recorrido. A excepción de nuestro guía interior y de esa gran maestra que es la vida.

 

Paula no entendía muy bien todo lo que Sara le decía. Aquello, lo que estaba viviendo, le parecía una locura, pero algo en su interior conectaba con las palabras de aquella mujer.

Con lágrimas en los ojos y una tremenda emoción que le aplastaba el pecho, Paula supo que aquel encuentro sólo era el principio de una nueva etapa en su vida. Algo que la cambiaría por completo.

Supo con toda certeza que Sara sería la flecha amarilla que la ayudaría a recorrer el camino de los locos y que ambas compartirían muchas conversaciones y muchas experiencias.

Se sintió una persona muy afortunada, agradecida a la vida por haber conocido a aquel par de “locos”, y experimentó una gran paz interior, como nunca antes la había sentido.

Sara cesó de hablar, sabía que Paula no la estaba escuchando, y quería dejarle saborear la emoción de aquel momento tan importante y tan trascendental para ella.

Permaneció en silencio unos momentos y sonrió a Daimon, que también estaba emocionado. Después, Sara cogió la mano de Paula y, con firmeza, pero con gran dulzura en la voz, le anunció:

 

—Tenemos mucho camino por delante.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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