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CAPÍTULO IV

Ilustración de Sergio Bleda para el cuarto capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

 

Paula contempló la puesta de sol en el mar, desde la terraza de su casa, con cierta melancolía en su ánimo. Sin saber por qué, tuvo ganas de llorar. Desde que había llegado a vivir a Rossal había estado eludiendo esta pregunta: ¿Qué hago aquí? Pero en esos momentos no pudo ignorarla más y al enfocarla sin tapujos en su mente, las lágrimas acudieron a sus ojos como respuesta. Con toda sinceridad, no sabía qué estaba haciendo allí. Toda su ilusión por trasladarse a aquel lugar, se había desinflado como un globo.

Como si fuera una cría, se sorbió los mocos y se limpió la nariz con la manga de su camiseta, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza, como queriendo decir: “Tranquila, aquí no pasa nada”. Pero sí pasaba. Era ingenuo pretender que estaba bien cuando no era así. Y no quería engañarse.

Eso es lo que le decía a sus hijos cuando la llamaban cada noche: que todo iba bien, que ella estaba fenomenal, que el sitio le gustaba muchísimo y que no, claro que no, ¿cómo iba a sentirse sola? ¡Qué cosas tenían! De ninguna manera, ella no se sentía sola, estaba feliz con el cambio que había realizado en su vida.

Eso es lo que les decía a ellos, y lo que ella misma se repetía continuamente, con la esperanza de creérselo. Había oído decir que si uno se repite muchas veces una cosa, acaba por creérsela. Era una especie de terapia, pensamientos positivos, lo llamaban, o algo así.

—Vaya estupidez —dijo en voz alta— a mí eso me parece una forma de engañarse, nada más.

El efecto de sus propias palabras logró tranquilizarla un poco, algo que no había conseguido el espectáculo majestuoso de la puesta de sol. Suspirando profundamente, se preguntó cuántos días llevaba en Rossal. No lo sabía con exactitud, pero le parecieron una eternidad. Intentó echar la cuenta de cabeza, pero no se acordaba.

—¿Tres semanas? —dijo— ¿Hace ya un mes? No, todavía no.

Al final dejó el cálculo y concluyó de viva voz:

—Qué más da. Llevo suficiente. Suficiente para saber que a lo mejor me he equivocado al romper con mi vida anterior y venirme aquí.

Al verbalizar esta conclusión se asustó. Sintió cómo la opresión en el pecho, que venía padeciendo en los últimos días, a la que no había querido dar importancia, se intensificó hasta el punto de resultar un peso doloroso. Instintivamente se llevó la mano al corazón, y comprobó que éste palpitaba a un ritmo más acelerado de lo normal.

Sin quitarse la mano del pecho, contempló el tono violeta que estaba derramándose por el horizonte, después de que el océano se hubiera tragado un día más el disco solar. Pensó que aquel era un paisaje magnífico. El mismo que la había cautivado meses antes, cuando eligió aquel lugar para vivir y que ahora se le antojaba ominoso. A veces incluso sentía miedo. No durante el día, pero sí al caer la noche. En ocasiones se despertaba de madrugada y le daba la impresión de que había alguien rondando la casa.

No quería obsesionarse con esas cosas. Ella nunca había sido miedosa. Claro que tampoco antes había vivido sola, en un lugar tan deshabitado. A veces el viento soplaba con fuerza, las maderas del techo abuhardillado de la casa crujían, o algún pájaro nocturno se posaba en el cristal de los tragaluces, y eso la asustaba. Pero no había de qué. Se convencía de que todos eran ruidos habituales en el entorno en que vivía.

Quizás, lo que más echaba de menos era la compañía de alguna voz humana. En el pueblo vivía poca gente. La mayoría eran personas mayores, con las que apenas cruzaba los saludos de rigor y alguna que otra frase intrascendente sobre el tiempo. La verdad es que todos la miraban como si fuera un bicho raro. O eso le parecía a ella. Días atrás, una anciana que se sentaba en la puerta de su casa a tomar el sol, le preguntó si ella era familia de “la escritora”.

Muy amablemente, Paula le explicó que no, que ésta había muerto y que ella le había comprado la casa a su hijo. La respuesta de la mujer fue sorprendente:

—No creo que haya muerto —dijo con convicción— se la veía muy saludable. Viajaba mucho, seguro que está viviendo por ahí en algún lugar perdido del mundo. La última vez que la vi —añadió bajando la voz, como si desvelase un secreto— estaba sacando cosas de la casa, como si pensase mudarse. ¡Y lo hacía de noche! —dijo la anciana agrandando visiblemente los ojos.

Paula dedujo que la vieja no sabía muy bien lo que decía, pero no se atrevió a llevarle la contraria, y se limitó a sonreír, mientras en su fuero interno pensaba: “Está majareta... Dios mío, ¿a dónde he venido yo a parar?” Sin saber por qué recordó esa escena y también el día en que habló por primera vez con su enigmático vecino que, aunque vivía en la casa más cercana a la suya, apenas veía.

—¿Fue la semana pasada cuando hablamos? —se preguntó en voz alta— ¿O era la anterior? Nuevamente no pudo establecer con claridad cuándo había ocurrido. Desde que vivía en Rossal, era como si el tiempo tuviera una dimensión distinta, se escurría entre los dedos. No se dejaba medir con arreglo a los parámetros habituales. Ella ya sabía que lo temporal es un concepto relativo. Pero allí... era más relativo todavía. Se estiraba y se encogía con mayor facilidad que en otros lugares.

La certeza de esta reflexión que acababa de hacerse, la llevó a decir en voz alta:

—¡Dios mío!, ¿me estaré volviendo loca?

Sus palabras le dieron pie para imaginar rápidamente una fantasía: Un pueblo perdido en un agujero negro del tiempo. Pensó que una historia así, bien podría recogerse en un relato. Pero este último pensamiento la sumergió en un pozo de profunda tristeza, a juego con el color oscuro que iba adoptando el cielo, tras la puesta de sol.

Aunque había intentado retomar su juvenil hábito de escribir, no había sido capaz de juntar cuatro palabras. Y menos aún de hilar alguna frase coherente. Esto le provocaba una tremenda frustración, pues uno de los motivos por los que se había trasladado hasta allí era para poder reanudar su vieja afición por la escritura.

Sin embargo, no sabía por dónde empezar. Ideas no le faltaban, pero cuando quería trasladarlas al papel, se quedaba con la mente en blanco. Ni siquiera había podido expresar sus sentimientos más íntimos por escrito, como hacía años atrás con tanta facilidad.  

Absorta en estos pensamientos, sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo, y se frotó los brazos al darse cuenta de que, al caer la noche, empezaba a refrescar. Con paso lento abandonó la terraza y se dirigió al interior de la casa. Antes de entrar miró hacia el oeste y vio que Venus ya había tomado posición en el cielo, en su lugar habitual, mientras numerosas estrellas empezaban a dar tímidamente la cara.

—Un día más, la luz deja paso a la oscuridad —sentenció en voz alta.

 

Al entrar a su casa se sintió reconfortada y protegida. Cogió una rebeca del armario de su dormitorio y empezó a encender la chimenea. Acababa de entrar el otoño y allí dentro no hacía frío, pero aún así le gustaba sentarse delante del fuego y contemplarlo. Como si sólo esas llamas pudieran aliviar a su espíritu de la soledad que experimentaba, y poner algo de calor en la frialdad que sentía por dentro.

Después de varios intentos consiguió que la chimenea tirara, y se sentó en el sofá que había frente al fuego. Pero nuevamente, de forma machacona, la pregunta que no quería hacerse volvía una y otra vez a su cabeza: “¿Qué haces aquí?”.

En un intento desesperado por ignorarla, encendió la televisión y, sin prestar mucha atención a las imágenes que aparecían en la pantalla, fue pasando de una cadena a otra con el mando a distancia. Aquellos programas que emitían no lograban captar su atención.

Sólo salió de su ensimismamiento cuando escuchó claramente una voz que preguntaba de forma contundente: “¿Qué haces aquí?”. Como si despertase de un sueño, Paula fijó su vista en la pequeña pantalla. Antes de darse cuenta de que la frase formaba parte de los diálogos de una vieja película de vaqueros, ella ya estaba fantaseando sobre una historia en la que se cruzaba el mundo real y el de ficción, y los protagonistas se conocían a través de la tele.

A pesar de que era muy tentador seguir imaginando argumentos noveleros, Paula no pudo dejar de pensar en la pregunta que acababa de escuchar, en boca de una heroína de cine, y que no era otra que la que ella luchaba por ignorar. “¿Qué haces aquí?” —volvió a repetir la actriz en la televisión, por si Paula no la había oído con anterioridad.

Pero ella la había escuchado perfectamente. Y no sólo eso sino que, por primera vez desde que llegó a Rossal, sintió interiormente que ya era hora de asumirla y de responderla. Por eso, sin mucha convicción, dijo en voz alta lo primero que le vino a la cabeza:

—No lo sé. No sé qué hago aquí, ni por qué dejé mi casa en Sahala y he venido a este lugar. Pero aquí estoy.

El impacto de esta autoconfesión fue seguido de un largo silencio. Un silencio que no era penoso ni hostil. Al contrario, era de los que arropan y acompañan. De los que provocaban una gran paz interior, y le hacían sentir a Paula que todo estaba bien como estaba. Que el mundo era perfecto, sin necesidad de cambiarlo, aunque no lo comprendiera racionalmente.

En este estado de aceptación, Paula  no tenía ganas de pensar en nada. La pregunta que la había estado torturando día y noche, desde hacía semanas, por fin había sido contestada. Y con la respuesta, aunque ésta no aclarase nada, la tensión se había liberado. El miedo y la incertidumbre que venía experimentando, habían dejado paso a un estado de calma y serenidad. Y ella sólo quería disfrutarlo.

Hacía años que no se sentía así de tranquila. La relajación interna era tan intensa, que Paula se quedó profundamente dormida.

 

La sintonía de su teléfono móvil, que tenía en la mesita junto al sofá, la despertó bruscamente. No llegó a tiempo a cogerlo. O mejor dicho, no tuvo el menor interés en llegar a tiempo. Le fastidiaba que la hubieran despertado. Comprobó en la pantalla que era su hija, pero no le devolvió la llamada. No tenía ganas de hablar con nadie. ¿Por qué no la dejaban en paz? Seguro que Elena se preocupaba, pero Paula quería seguir disfrutando un poco más de su tranquilidad. Pensó: “ya volverá a llamar”.

Tras avivar el fuego de la chimenea, cogió una pequeña manta y se la echó por las piernas. No tenía frío pero le gustaba acurrucarse y sentir el calor de esa prenda en su cuerpo. Se tumbó de nuevo en el sofá, y cerró los ojos. Intentó dormir otra vez, pero ya no pudo. No sabía cuánto tiempo había permanecido durmiendo, pero no quiso mirar el reloj. Cuando llegó a Rossal decidió que allí no le hacía falta. Se lo quitó, y lo guardó en el cajón de su mesilla de noche. No llevar reloj le daba sensación de libertad, y no pensaba romperla. Al fin y al cabo, ¡qué más daba la hora que fuera!

Con los ojos abiertos, continuó tumbada y a su memoria empezaron a acudir retazos inconexos de un sueño que acababa de tener:

Se vio a sí misma allí, en el terreno que había tras la casa, plantando flores. Aquella zona, que en la realidad estaba vacía, aparecía en su sueño como un hermoso jardín, y ella era la jardinera... Había alguien más, pero Paula no podía descubrir quién. Hizo un esfuerzo, pero las imágenes se escapaban de su mente. No se dejaban atrapar ni clasificar.

Un poco frustrada, volvió a cerrar los ojos y, cuando empezaba a adormilarse otra vez, la vio con toda claridad. La persona que hablaba con ella en su sueño era una mujer. Tendría más o menos su edad. El pelo canoso, no muy largo, que llevaba recogido en una trenza. Le daba instrucciones sobre cómo debía plantar y cuidar las flores del jardín.

Intentando atrapar esas escurridizas imágenes, Paula tuvo la sensación de que conocía a esa mujer. “Yo la he visto en algún sitio —pensó— pero no sé dónde”. Dispuesta a averiguar quién era su amiga de sueños, repasó mentalmente a las personas del pueblo que había visto últimamente. Porque estaba claro que no se trataba de nadie que ella hubiera conocido en Sahala.

—¿Dónde he visto yo esta cara? —dijo en voz alta como si alguien pudiera responderle— Me suena un montón.

El teléfono móvil sonó de nuevo. Paula comprobó que era su hija y, después de dudarlo un rato, atendió la llamada. La voz de Elena sonó con un timbre de preocupación.

—¿Dónde estabas? Me tenías preocupada.

—Hola, Elena —respondió Paula ignorando la pregunta de su hija. Pero ésta insistió

—¿Dónde estabas?

Con cierto malhumor, que no pretendía disimular, Paula le dijo a su hija:

—Estaba aquí, durmiendo en el sofá. Pero imagínate que hubiera estado fuera, o que me hubiera ido al cine. O a tomarme una cerveza al mesón...

—¿Te pasa algo? Parece que estás de mala leche —la interrumpió Elena.

—No me pasa nada. Es sólo que me parece un poco exagerada esa manía vuestra de llamar en cuanto anochece para ver si estoy en casa, ¡como si tuviera 15 años! —respondió.

—Vale, vale. Ya veo que hoy no estás de buen humor. Supongo que también allí, en un paisaje tan idílico y en un mundo tan maravilloso como el que vives, ocurren estas cosas —añadió Elena con ironía.

—Pues sí, ya ves, también aquí se pone uno de mala uva de vez en cuando.

Las palabras de Paula fueron seguidas por un tenso silencio, que Elena se encargó de romper.

—Bueno, mamá —dijo ya con naturalidad— no quería nada. Sólo saber si estabas bien, pero si mis llamadas te molestan, no tienes nada más que decírmelo. No digo que dejaré de llamarte, pero no lo haré con tanta insistencia.

Paula sintió remordimientos por el tono que había usado con su hija, y se apresuró a responderle:

—Tus llamadas no me molestan. Tú no tienes la culpa de nada, soy yo, que hoy no estoy muy católica.

La expresión de Paula hizo reír a Elena.

—Siempre me ha gustado esa frase. No se la he oído decir a nadie más que a ti. ¿Qué significa exactamente eso de que hoy no estás muy católica?

—Pues no sé. Es algo que decía mi madre cuando estaba de mal humor o no se encontraba bien, y yo lo he heredado... Como tantas otras cosas, supongo.

—¿Y qué es lo que te pasa para no estar muy católica? —insistió Elena.

Paula pensó qué iba a decir antes de responder, convencida de que cualquier malestar que expresara sobre su nueva casa o el lugar al que se había ido a vivir, podría ser utilizado en su contra. Por eso decidió salirse un poco por la tangente:

—No me pasa nada. He estado en la terraza viendo la puesta de sol y al venir he encendido la chimenea. Después me he quedado durmiendo en el sofá, y el teléfono me ha despertado. ¡A nadie le gusta que le despierten bruscamente!

—Sí, es verdad —dijo su hija poco convencida— ¿Y qué tal todo? ¿Alguna novedad?

—Pues no, de ayer a hoy no hay muchas novedades. El mar sigue en su sitio, con las olas yendo y viniendo, y yo en el mío —respondió Paula con cierto retintín en la voz.

—Vale, mamá, lo he captado. Entono el mea culpa. Soy una pesada, no llamaré con tanta frecuencia, pero ¡es que tú no llamas nunca!

—¡Pero cómo voy a llamar, si no me dais tiempo!...

Paula se interrumpió antes de seguir por ese camino y reanudó la conversación, preguntando ella, antes de que Elena la interrogase otra vez.

—¿Y vosotros cómo estáis? ¿Os vais a ir de viaje? Ya sabes que puedes dejarme aquí a Clara el tiempo que quieras. Seguro que nos lo pasamos muy bien. A ella le gustaría, y a mi me haría compañía.

—No sé, mamá. No está claro que nos vayamos al viaje. Parece que Jorge tiene que ir a un congreso... No quiero aburrirte con mis historias, porque siempre son las mismas. Ya te avisaré si nos vamos ¿vale?... Cuídate, mañana te llamo... Bueno, o pasado. Ya te llamaré —concluyó Elena, dando por finalizada la conversación.

Paula apenas pudo responderle, antes de que su hija colgase el teléfono. Elena no quería hablar de las malas relaciones que continuaba manteniendo con su marido, por eso en cuanto ella preguntaba lo más mínimo que afectase a su matrimonio, la conversación finalizaba con rapidez.

Pensando en la situación de su hija, empezó a fantasear con la muerte de su yerno. En su imaginación, vio el entierro de Jorge y a Elena viuda, vestida de negro, llevando de la mano a Clara, que tenía la carita muy triste. Ella también se encontraba allí en el cementerio, y mientras recibía los pésames junto a su hija y su nieta, escuchaba a dos médicos, compañeros de su yerno, cómo murmuraban sobre las causas de la muerte: Un accidente de tráfico, cuando Jorge iba de viaje junto a una enfermera.

—¡Dios santo! —dijo de pronto en voz alta— ¡vaya imaginación la mía! Lástima que no sea capaz de escribir todas estas cosas.

Al decir estas palabras le vino a la cabeza, con toda nitidez, quién era la mujer que aparecía en su sueño:

—¡Es la escritora! —gritó— ¡Es ella, Sara, la que vivía en esta casa!

Con una alegría infantil, como si hubiera hecho un gran descubrimiento, Paula intentó revivir de nuevo el sueño que acababa de tener. Sin embargo las imágenes se desdibujaban, se volvían huidizas, escurridizas.

—¡¡Qué rabia —añadió de viva voz— no me acuerdo!! Pero estoy segura de que era ella. No hay ninguna duda.

Contenta con su descubrimiento, empezó a pensar dónde había visto la fotografía de esta mujer. Se acordó de ver su rostro en la solapa de algún libro. Antes de que vaciasen la casa, cuando ella ya había decidido comprarla, vio, entre otros libros de las estanterías de salón, algunas novelas de Sara. En una de sus visitas las hojeó, sin mucho interés, y ahí es donde vio su foto.

Dando saltos de alegría, Paula fue a la cocina para calentarse un vaso de leche y coger unos bizcochos que le servirían de cena. Mientras ponía todo en una bandeja, para llevárselo al salón, sintió una necesidad imperiosa de volver a ver la foto de Sara, y de leer aquellos libros a los que tan poco caso había hecho cuando estaban en su casa.

Con gran resolución, decidió que al día siguiente iría a la Biblioteca de San Roque para conseguir sus novelas.

—Vamos a ver quién es esta mujer que se cuela en mis sueños sin mi permiso —dijo en voz alta, mientras mojaba un bizcocho en la leche caliente.

Después de cenar, volvió a recostarse en el sofá y puso la televisión. Pero no podía concentrarse en nada de lo que veía. La imagen de Sara que había visto en su sueño volvía a su mente una y otra vez. Incluso tuvo la sensación de que no era la primera vez que soñaba con ella. Aunque no recordaba nada concreto, tenía la sospecha interna de que ya la había visto con anterioridad en alguna otra escena onírica.

“Esto sí que da para un relato —pensó— una escritora que ha muerto sin acabar su obra, y se pone en comunicación con otra mujer, a través de los sueños, para que la termine”.

Dejando a un lado su invención, Paula empezó a pensar que no sería mala idea hacer un jardín en la parte de atrás de la casa. Había terreno más que suficiente, y no sólo quedaría bonito, sino que esa actividad, inédita para ella, podría mantenerla ocupada.

Pensando en esa posibilidad, se vio, como en el sueño, plantando flores y cuidando la tierra. Fue en esos momentos cuando recordó las palabras que le estaba diciendo Sara, antes de despertar sobresaltada por el sonido del teléfono. La escritora le decía: “La semilla tiene que morir para que la flor pueda nacer, y lo mismo les ocurre a las personas”.

—¿Qué habrá querido decir con eso?— se preguntó Paula.

Nada más oírse se respondió:

—Vaya estupidez, sólo ha sido un sueño, y yo estoy aquí especulando como si hubiera sido real.... ¿Y por qué hablo tanto en voz alta, si no hay nadie? ¿Me estaré volviendo majareta? —concluyó, mirando las sombras que las llamas de la chimenea proyectaban en las paredes. 

—No empieces, no empieces —se dijo a sí misma, continuando con el monólogo.

Experimentó cierto miedo. Todas las noches, había siempre un momento en el que tenía la impresión de que no estaba sola en aquella casa. Era sólo un instante. Luego se pasaba y Paula volvía a estar tranquila. Pero por un tiempo fugaz, el miedo se adueñaba de su mente, aunque ella nunca le daba cobijo.

Simulando que le importaba, Paula dio un somero repaso por las distintas cadenas de televisión. Al no ver nada que acaparase su interés, decidió acostarse. Se puso el camisón y pasó al baño que tenía en su misma habitación, para asearse. Antes de meterse en la cama, como hacía cada noche, miró las estrellas que se veían a través de la claraboya de cristal, ubicada en el techo abuhardillado.

También podía ver los puntos luminosos mientras estaba acostada. Nunca había sido consciente, hasta esa noche, de que otra mujer había construido esa casa y había colocado la claraboya, estratégicamente sobre la cama, para poder ver las estrellas. Cuando apagó la luz y la estancia quedó iluminada sólo con el fulgor de la luna y el cielo estrellado, Paula se preguntó qué clase de persona sería la escritora, cuya casa le pertenecía ahora.

Durante un buen rato no pudo dormir, y estuvo dando vueltas en la cama. Finalmente, el sueño la rindió. Esa noche, volvió a soñar con Sara, pero Paula no recordó nada concreto al despertar. Sólo tenía en su mente una firme resolución: ir a la Biblioteca de San Roque a conseguir los libros de la escritora. Luego iría a un vivero a comprar plantas y semillas para su nuevo jardín.

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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