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CAPÍTULO IV

Paula contempló la puesta de sol en el
mar, desde la terraza de su casa, con cierta melancolía en su ánimo.
Sin saber por qué, tuvo ganas de llorar. Desde que había llegado a
vivir a Rossal había estado eludiendo esta pregunta: ¿Qué hago aquí?
Pero en esos momentos no pudo ignorarla más y al enfocarla sin
tapujos en su mente, las lágrimas acudieron a sus ojos como
respuesta. Con toda sinceridad, no sabía qué estaba haciendo allí.
Toda su ilusión por trasladarse a aquel lugar, se había desinflado
como un globo.
Como si fuera una cría, se sorbió los
mocos y se limpió la nariz con la manga de su camiseta, al tiempo
que hacía un gesto con la cabeza, como queriendo decir: “Tranquila,
aquí no pasa nada”. Pero sí pasaba. Era ingenuo pretender que estaba
bien cuando no era así. Y no quería engañarse.
Eso es lo que le decía a sus hijos
cuando la llamaban cada noche: que todo iba bien, que ella estaba
fenomenal, que el sitio le gustaba muchísimo y que no, claro que no,
¿cómo iba a sentirse sola? ¡Qué cosas tenían! De ninguna manera,
ella no se sentía sola, estaba feliz con el cambio que había
realizado en su vida.
Eso es lo que les decía a ellos, y lo
que ella misma se repetía continuamente, con la esperanza de
creérselo. Había oído decir que si uno se repite muchas veces una
cosa, acaba por creérsela. Era una especie de terapia, pensamientos
positivos, lo llamaban, o algo así.
—Vaya estupidez —dijo en voz alta— a
mí eso me parece una forma de engañarse, nada más.
El efecto de sus propias palabras
logró tranquilizarla un poco, algo que no había conseguido el
espectáculo majestuoso de la puesta de sol. Suspirando
profundamente, se preguntó cuántos días llevaba en Rossal. No lo
sabía con exactitud, pero le parecieron una eternidad. Intentó echar
la cuenta de cabeza, pero no se acordaba.
—¿Tres semanas? —dijo— ¿Hace ya un
mes? No, todavía no.
Al final dejó el cálculo y concluyó de
viva voz:
—Qué más da. Llevo suficiente.
Suficiente para saber que a lo mejor me he equivocado al romper con
mi vida anterior y venirme aquí.
Al verbalizar esta conclusión se
asustó. Sintió cómo la opresión en el pecho, que venía padeciendo en
los últimos días, a la que no había querido dar importancia, se
intensificó hasta el punto de resultar un peso doloroso.
Instintivamente se llevó la mano al corazón, y comprobó que éste
palpitaba a un ritmo más acelerado de lo normal.
Sin quitarse la mano del pecho,
contempló el tono violeta que estaba derramándose por el horizonte,
después de que el océano se hubiera tragado un día más el disco
solar. Pensó que aquel era un paisaje magnífico. El mismo que la
había cautivado meses antes, cuando eligió aquel lugar para vivir y
que ahora se le antojaba ominoso. A veces incluso sentía miedo. No
durante el día, pero sí al caer la noche. En ocasiones se despertaba
de madrugada y le daba la impresión de que había alguien rondando la
casa.
No quería obsesionarse con esas cosas.
Ella nunca había sido miedosa. Claro que tampoco antes había vivido
sola, en un lugar tan deshabitado. A veces el viento soplaba con
fuerza, las maderas del techo abuhardillado de la casa crujían, o
algún pájaro nocturno se posaba en el cristal de los tragaluces, y
eso la asustaba. Pero no había de qué. Se convencía de que todos
eran ruidos habituales en el entorno en que vivía.
Quizás, lo que más echaba de menos era
la compañía de alguna voz humana. En el pueblo vivía poca gente. La
mayoría eran personas mayores, con las que apenas cruzaba los
saludos de rigor y alguna que otra frase intrascendente sobre el
tiempo. La verdad es que todos la miraban como si fuera un bicho
raro. O eso le parecía a ella. Días atrás, una anciana que se
sentaba en la puerta de su casa a tomar el sol, le preguntó si ella
era familia de “la escritora”.
Muy amablemente, Paula le explicó que
no, que ésta había muerto y que ella le había comprado la casa a su
hijo. La respuesta de la mujer fue sorprendente:
—No creo que haya muerto —dijo con
convicción— se la veía muy saludable. Viajaba mucho, seguro que está
viviendo por ahí en algún lugar perdido del mundo. La última vez que
la vi —añadió bajando la voz, como si desvelase un secreto— estaba
sacando cosas de la casa, como si pensase mudarse. ¡Y lo hacía de
noche! —dijo la anciana agrandando visiblemente los ojos.
Paula dedujo que la vieja no sabía muy
bien lo que decía, pero no se atrevió a llevarle la contraria, y se
limitó a sonreír, mientras en su fuero interno pensaba: “Está
majareta... Dios mío, ¿a dónde he venido yo a parar?” Sin saber por
qué recordó esa escena y también el día en que habló por primera vez
con su enigmático vecino que, aunque vivía en la casa más cercana a
la suya, apenas veía.
—¿Fue la semana pasada cuando
hablamos? —se preguntó en voz alta— ¿O era la anterior? Nuevamente
no pudo establecer con claridad cuándo había ocurrido. Desde que
vivía en Rossal, era como si el tiempo tuviera una dimensión
distinta, se escurría entre los dedos. No se dejaba medir con
arreglo a los parámetros habituales. Ella ya sabía que lo temporal
es un concepto relativo. Pero allí... era más relativo todavía. Se
estiraba y se encogía con mayor facilidad que en otros lugares.
La certeza de esta reflexión que
acababa de hacerse, la llevó a decir en voz alta:
—¡Dios mío!, ¿me estaré volviendo
loca?
Sus palabras le dieron pie para
imaginar rápidamente una fantasía: Un pueblo perdido en un agujero
negro del tiempo. Pensó que una historia así, bien podría recogerse
en un relato. Pero este último pensamiento la sumergió en un pozo de
profunda tristeza, a juego con el color oscuro que iba adoptando el
cielo, tras la puesta de sol.
Aunque había intentado retomar su
juvenil hábito de escribir, no había sido capaz de juntar cuatro
palabras. Y menos aún de hilar alguna frase coherente. Esto le
provocaba una tremenda frustración, pues uno de los motivos por los
que se había trasladado hasta allí era para poder reanudar su vieja
afición por la escritura.
Sin embargo, no sabía por dónde
empezar. Ideas no le faltaban, pero cuando quería trasladarlas al
papel, se quedaba con la mente en blanco. Ni siquiera había podido
expresar sus sentimientos más íntimos por escrito, como hacía años
atrás con tanta facilidad.
Absorta en estos pensamientos, sintió
un escalofrío recorriéndole el cuerpo, y se frotó los brazos al
darse cuenta de que, al caer la noche, empezaba a refrescar. Con
paso lento abandonó la terraza y se dirigió al interior de la casa.
Antes de entrar miró hacia el oeste y vio que Venus ya había tomado
posición en el cielo, en su lugar habitual, mientras numerosas
estrellas empezaban a dar tímidamente la cara.
—Un día más, la luz deja paso a la
oscuridad —sentenció en voz alta.
Al entrar a su casa se sintió
reconfortada y protegida. Cogió una rebeca del armario de su
dormitorio y empezó a encender la chimenea. Acababa de entrar el
otoño y allí dentro no hacía frío, pero aún así le gustaba sentarse
delante del fuego y contemplarlo. Como si sólo esas llamas pudieran
aliviar a su espíritu de la soledad que experimentaba, y poner algo
de calor en la frialdad que sentía por dentro.
Después de varios intentos consiguió
que la chimenea tirara, y se sentó en el sofá que había frente al
fuego. Pero nuevamente, de forma machacona, la pregunta que no
quería hacerse volvía una y otra vez a su cabeza: “¿Qué haces
aquí?”.
En un intento desesperado por
ignorarla, encendió la televisión y, sin prestar mucha atención a
las imágenes que aparecían en la pantalla, fue pasando de una cadena
a otra con el mando a distancia. Aquellos programas que emitían no
lograban captar su atención.
Sólo salió de su ensimismamiento
cuando escuchó claramente una voz que preguntaba de forma
contundente: “¿Qué haces aquí?”. Como si despertase de un sueño,
Paula fijó su vista en la pequeña pantalla. Antes de darse cuenta de
que la frase formaba parte de los diálogos de una vieja película de
vaqueros, ella ya estaba fantaseando sobre una historia en la que se
cruzaba el mundo real y el de ficción, y los protagonistas se
conocían a través de la tele.
A pesar de que era muy tentador seguir
imaginando argumentos noveleros, Paula no pudo dejar de pensar en la
pregunta que acababa de escuchar, en boca de una heroína de cine, y
que no era otra que la que ella luchaba por ignorar. “¿Qué haces
aquí?” —volvió a repetir la actriz en la televisión, por si Paula no
la había oído con anterioridad.
Pero ella la había escuchado
perfectamente. Y no sólo eso sino que, por primera vez desde que
llegó a Rossal, sintió interiormente que ya era hora de asumirla y
de responderla. Por eso, sin mucha convicción, dijo en voz alta lo
primero que le vino a la cabeza:
—No lo sé. No sé qué hago aquí, ni por
qué dejé mi casa en Sahala y he venido a este lugar. Pero aquí
estoy.
El impacto de esta autoconfesión fue
seguido de un largo silencio. Un silencio que no era penoso ni
hostil. Al contrario, era de los que arropan y acompañan. De los que
provocaban una gran paz interior, y le hacían sentir a Paula que
todo estaba bien como estaba. Que el mundo era perfecto, sin
necesidad de cambiarlo, aunque no lo comprendiera racionalmente.
En este estado de aceptación, Paula
no tenía ganas de pensar en nada. La pregunta que la había estado
torturando día y noche, desde hacía semanas, por fin había sido
contestada. Y con la respuesta, aunque ésta no aclarase nada, la
tensión se había liberado. El miedo y la incertidumbre que venía
experimentando, habían dejado paso a un estado de calma y serenidad.
Y ella sólo quería disfrutarlo.
Hacía años que no se sentía así de
tranquila. La relajación interna era tan intensa, que Paula se quedó
profundamente dormida.
La sintonía de su teléfono móvil, que
tenía en la mesita junto al sofá, la despertó bruscamente. No llegó
a tiempo a cogerlo. O mejor dicho, no tuvo el menor interés en
llegar a tiempo. Le fastidiaba que la hubieran despertado. Comprobó
en la pantalla que era su hija, pero no le devolvió la llamada. No
tenía ganas de hablar con nadie. ¿Por qué no la dejaban en paz?
Seguro que Elena se preocupaba, pero Paula quería seguir disfrutando
un poco más de su tranquilidad. Pensó: “ya volverá a llamar”.
Tras avivar el fuego de la chimenea,
cogió una pequeña manta y se la echó por las piernas. No tenía frío
pero le gustaba acurrucarse y sentir el calor de esa prenda en su
cuerpo. Se tumbó de nuevo en el sofá, y cerró los ojos. Intentó
dormir otra vez, pero ya no pudo. No sabía cuánto tiempo había
permanecido durmiendo, pero no quiso mirar el reloj. Cuando llegó a
Rossal decidió que allí no le hacía falta. Se lo quitó, y lo guardó
en el cajón de su mesilla de noche. No llevar reloj le daba
sensación de libertad, y no pensaba romperla. Al fin y al cabo, ¡qué
más daba la hora que fuera!
Con los ojos abiertos, continuó
tumbada y a su memoria empezaron a acudir retazos inconexos de un
sueño que acababa de tener:
Se vio a sí misma allí, en el terreno
que había tras la casa, plantando flores. Aquella zona, que en la
realidad estaba vacía, aparecía en su sueño como un hermoso jardín,
y ella era la jardinera... Había alguien más, pero Paula no podía
descubrir quién. Hizo un esfuerzo, pero las imágenes se escapaban de
su mente. No se dejaban atrapar ni clasificar.
Un poco frustrada, volvió a cerrar los
ojos y, cuando empezaba a adormilarse otra vez, la vio con toda
claridad. La persona que hablaba con ella en su sueño era una mujer.
Tendría más o menos su edad. El pelo canoso, no muy largo, que
llevaba recogido en una trenza. Le daba instrucciones sobre cómo
debía plantar y cuidar las flores del jardín.
Intentando atrapar esas escurridizas
imágenes, Paula tuvo la sensación de que conocía a esa mujer. “Yo la
he visto en algún sitio —pensó— pero no sé dónde”. Dispuesta a
averiguar quién era su amiga de sueños, repasó mentalmente a las
personas del pueblo que había visto últimamente. Porque estaba claro
que no se trataba de nadie que ella hubiera conocido en Sahala.
—¿Dónde he visto yo esta cara? —dijo
en voz alta como si alguien pudiera responderle— Me suena un montón.
El teléfono móvil sonó de nuevo. Paula
comprobó que era su hija y, después de dudarlo un rato, atendió la
llamada. La voz de Elena sonó con un timbre de preocupación.
—¿Dónde estabas? Me tenías preocupada.
—Hola, Elena —respondió Paula
ignorando la pregunta de su hija. Pero ésta insistió
—¿Dónde estabas?
Con cierto malhumor, que no pretendía
disimular, Paula le dijo a su hija:
—Estaba aquí, durmiendo en el sofá.
Pero imagínate que hubiera estado fuera, o que me hubiera ido al
cine. O a tomarme una cerveza al mesón...
—¿Te pasa algo? Parece que estás de
mala leche —la interrumpió Elena.
—No me pasa nada. Es sólo que me
parece un poco exagerada esa manía vuestra de llamar en cuanto
anochece para ver si estoy en casa, ¡como si tuviera 15 años!
—respondió.
—Vale, vale. Ya veo que hoy no estás
de buen humor. Supongo que también allí, en un paisaje tan idílico y
en un mundo tan maravilloso como el que vives, ocurren estas cosas
—añadió Elena con ironía.
—Pues sí, ya ves, también aquí se pone
uno de mala uva de vez en cuando.
Las palabras de Paula fueron seguidas
por un tenso silencio, que Elena se encargó de romper.
—Bueno, mamá —dijo ya con naturalidad—
no quería nada. Sólo saber si estabas bien, pero si mis llamadas te
molestan, no tienes nada más que decírmelo. No digo que dejaré de
llamarte, pero no lo haré con tanta insistencia.
Paula sintió remordimientos por el
tono que había usado con su hija, y se apresuró a responderle:
—Tus llamadas no me molestan. Tú no
tienes la culpa de nada, soy yo, que hoy no estoy muy católica.
La expresión de Paula hizo reír a
Elena.
—Siempre me ha gustado esa frase. No
se la he oído decir a nadie más que a ti. ¿Qué significa exactamente
eso de que hoy no estás muy católica?
—Pues no sé. Es algo que decía mi
madre cuando estaba de mal humor o no se encontraba bien, y yo lo he
heredado... Como tantas otras cosas, supongo.
—¿Y qué es lo que te pasa para no
estar muy católica? —insistió Elena.
Paula pensó qué iba a decir antes de
responder, convencida de que cualquier malestar que expresara sobre
su nueva casa o el lugar al que se había ido a vivir, podría ser
utilizado en su contra. Por eso decidió salirse un poco por la
tangente:
—No me pasa nada. He estado en la
terraza viendo la puesta de sol y al venir he encendido la chimenea.
Después me he quedado durmiendo en el sofá, y el teléfono me ha
despertado. ¡A nadie le gusta que le despierten bruscamente!
—Sí, es verdad —dijo su hija poco
convencida— ¿Y qué tal todo? ¿Alguna novedad?
—Pues no, de ayer a hoy no hay muchas
novedades. El mar sigue en su sitio, con las olas yendo y viniendo,
y yo en el mío —respondió Paula con cierto retintín en la voz.
—Vale, mamá, lo he captado. Entono el
mea culpa. Soy una pesada, no llamaré con tanta frecuencia, pero ¡es
que tú no llamas nunca!
—¡Pero cómo voy a llamar, si no me
dais tiempo!...
Paula se interrumpió antes de seguir
por ese camino y reanudó la conversación, preguntando ella, antes de
que Elena la interrogase otra vez.
—¿Y vosotros cómo estáis? ¿Os vais a
ir de viaje? Ya sabes que puedes dejarme aquí a Clara el tiempo que
quieras. Seguro que nos lo pasamos muy bien. A ella le gustaría, y a
mi me haría compañía.
—No sé, mamá. No está claro que nos
vayamos al viaje. Parece que Jorge tiene que ir a un congreso... No
quiero aburrirte con mis historias, porque siempre son las mismas.
Ya te avisaré si nos vamos ¿vale?... Cuídate, mañana te llamo...
Bueno, o pasado. Ya te llamaré —concluyó Elena, dando por finalizada
la conversación.
Paula apenas pudo responderle, antes
de que su hija colgase el teléfono. Elena no quería hablar de las
malas relaciones que continuaba manteniendo con su marido, por eso
en cuanto ella preguntaba lo más mínimo que afectase a su
matrimonio, la conversación finalizaba con rapidez.
Pensando en la situación de su hija,
empezó a fantasear con la muerte de su yerno. En su imaginación, vio
el entierro de Jorge y a Elena viuda, vestida de negro, llevando de
la mano a Clara, que tenía la carita muy triste. Ella también se
encontraba allí en el cementerio, y mientras recibía los pésames
junto a su hija y su nieta, escuchaba a dos médicos, compañeros de
su yerno, cómo murmuraban sobre las causas de la muerte: Un
accidente de tráfico, cuando Jorge iba de viaje junto a una
enfermera.
—¡Dios santo! —dijo de pronto en voz
alta— ¡vaya imaginación la mía! Lástima que no sea capaz de escribir
todas estas cosas.
Al decir estas palabras le vino a la
cabeza, con toda nitidez, quién era la mujer que aparecía en su
sueño:
—¡Es la escritora! —gritó— ¡Es ella,
Sara, la que vivía en esta casa!
Con una alegría infantil, como si
hubiera hecho un gran descubrimiento, Paula intentó revivir de nuevo
el sueño que acababa de tener. Sin embargo las imágenes se
desdibujaban, se volvían huidizas, escurridizas.
—¡¡Qué rabia —añadió de viva voz— no
me acuerdo!! Pero estoy segura de que era ella. No hay ninguna duda.
Contenta con su descubrimiento, empezó
a pensar dónde había visto la fotografía de esta mujer. Se acordó de
ver su rostro en la solapa de algún libro. Antes de que vaciasen la
casa, cuando ella ya había decidido comprarla, vio, entre otros
libros de las estanterías de salón, algunas novelas de Sara. En una
de sus visitas las hojeó, sin mucho interés, y ahí es donde vio su
foto.
Dando saltos de alegría, Paula fue a
la cocina para calentarse un vaso de leche y coger unos bizcochos
que le servirían de cena. Mientras ponía todo en una bandeja, para
llevárselo al salón, sintió una necesidad imperiosa de volver a ver
la foto de Sara, y de leer aquellos libros a los que tan poco caso
había hecho cuando estaban en su casa.
Con gran resolución, decidió que al
día siguiente iría a la Biblioteca de San Roque para conseguir sus
novelas.
—Vamos a ver quién es esta mujer que
se cuela en mis sueños sin mi permiso —dijo en voz alta, mientras
mojaba un bizcocho en la leche caliente.
Después de cenar, volvió a recostarse
en el sofá y puso la televisión. Pero no podía concentrarse en nada
de lo que veía. La imagen de Sara que había visto en su sueño volvía
a su mente una y otra vez. Incluso tuvo la sensación de que no era
la primera vez que soñaba con ella. Aunque no recordaba nada
concreto, tenía la sospecha interna de que ya la había visto con
anterioridad en alguna otra escena onírica.
“Esto sí que da para un relato —pensó—
una escritora que ha muerto sin acabar su obra, y se pone en
comunicación con otra mujer, a través de los sueños, para que la
termine”.
Dejando a un lado su invención, Paula
empezó a pensar que no sería mala idea hacer un jardín en la parte
de atrás de la casa. Había terreno más que suficiente, y no sólo
quedaría bonito, sino que esa actividad, inédita para ella, podría
mantenerla ocupada.
Pensando en esa posibilidad, se vio,
como en el sueño, plantando flores y cuidando la tierra. Fue en esos
momentos cuando recordó las palabras que le estaba diciendo Sara,
antes de despertar sobresaltada por el sonido del teléfono. La
escritora le decía: “La semilla tiene que morir para que la flor
pueda nacer, y lo mismo les ocurre a las personas”.
—¿Qué habrá querido decir con eso?— se
preguntó Paula.
Nada más oírse se respondió:
—Vaya estupidez, sólo ha sido un
sueño, y yo estoy aquí especulando como si hubiera sido real.... ¿Y
por qué hablo tanto en voz alta, si no hay nadie? ¿Me estaré
volviendo majareta? —concluyó, mirando las sombras que las llamas de
la chimenea proyectaban en las paredes.
—No empieces, no empieces —se dijo a
sí misma, continuando con el monólogo.
Experimentó cierto miedo. Todas las
noches, había siempre un momento en el que tenía la impresión de que
no estaba sola en aquella casa. Era sólo un instante. Luego se
pasaba y Paula volvía a estar tranquila. Pero por un tiempo fugaz,
el miedo se adueñaba de su mente, aunque ella nunca le daba cobijo.
Simulando que le importaba, Paula dio
un somero repaso por las distintas cadenas de televisión. Al no ver
nada que acaparase su interés, decidió acostarse. Se puso el camisón
y pasó al baño que tenía en su misma habitación, para asearse. Antes
de meterse en la cama, como hacía cada noche, miró las estrellas que
se veían a través de la claraboya de cristal, ubicada en el techo
abuhardillado.
También podía ver los puntos luminosos
mientras estaba acostada. Nunca había sido consciente, hasta esa
noche, de que otra mujer había construido esa casa y había colocado
la claraboya, estratégicamente sobre la cama, para poder ver las
estrellas. Cuando apagó la luz y la estancia quedó iluminada sólo
con el fulgor de la luna y el cielo estrellado, Paula se preguntó
qué clase de persona sería la escritora, cuya casa le pertenecía
ahora.
Durante un buen rato no pudo dormir, y
estuvo dando vueltas en la cama. Finalmente, el sueño la rindió. Esa
noche, volvió a soñar con Sara, pero Paula no recordó nada concreto
al despertar. Sólo tenía en su mente una firme resolución: ir a la
Biblioteca de San Roque a conseguir los libros de la escritora.
Luego iría a un vivero a comprar plantas y semillas para su nuevo
jardín.
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