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CAPÍTULO VII

Ilustración de Sergio Bleda para el séptimo capítulo de la novela EL CAMINO DE LOS LOCOS de Rosa villada

Las piernas le temblaban ligeramente, cuando Paula se dirigió a la encimera de la cocina para coger la caja que había desenterrado. Su intención era llevarla a la terraza del salón y allí abrirla tranquilamente. Con cautela, como si se acercase a algo peligroso, cogió la caja entre sus manos y, lentamente, se encaminó hacia allí. Pensó que era mejor abrirla al aire libre, por si contenía algo desagradable.

Cuando acababa de entrar en la terraza, iba tan tensa que el sonido de su teléfono móvil la asustó y, sin querer, la caja se le cayó de las manos, yendo a parar al suelo.

—¡¡ Mierda!! —gritó— Seguro que es alguno de mis hijos, siempre tan oportunos.

Tras comprobar rápidamente que la caja no se había roto, dudó unos instantes sobre qué hacer. Si abrirla, haciendo caso omiso del teléfono, o coger el aparato y hablar, con el fin de tener un poco de tranquilidad para ver lo que había dentro de la caja, una vez acabada la conversación.

El teléfono seguía emitiendo su musiquilla de anuncio de Coca cola con insistencia. Paula escogió la segunda opción.

—Si no lo cojo —razonó en voz alta, después de comprobar que era su hija quien la llamaba— no va a dejar de darme la lata. ¿Y si está enferma?

Con el teléfono móvil en la mano, Paula se sentó en el sofá y se concedió unos instantes para aparentar tranquilidad, y que su hija no notase lo alterada que se encontraba. Suspiró profundamente y respondió:

—Dime Elena, ¿cómo estáis?

—Mal, muy mal —contestó ella entre sollozos.

Asustada, Paula interrogó a su hija:

—¿Qué es lo que pasa? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? Vamos, cuéntamelo, no me asustes.

Elena no podía articular palabra porque el llanto se lo impedía, y Paula estaba cada vez más nerviosa, pero no quería presionarla para que hablara. Tras unos instantes, Elena dijo al fin, entre sollozos:

—Jorge tiene una amante.

Paula se mostró cautelosa. Desde hacía mucho tiempo su hija sospechaba que su marido la engañaba, pero la cosa nunca había pasado de la simple conjetura. Sin querer dramatizar, preguntó en un tono más calmado:

—¿Pero es seguro o simplemente son tus sospechas de siempre?

—No, esta vez es seguro, él mismo lo ha confesado. Es una de sus enfermeras.

Elena se echó a llorar de nuevo y su madre intentó calmarla.

—Ya sé que esto tiene que ser muy doloroso para ti, pero el mundo no se acaba. Hoy en día mucha gente se separa... es algo bastante normal...

—¡Pero qué estás diciendo, mamá! —la interrumpió Elena, gritando— ¡Yo no quiero separarme de Jorge!

 

Estas palabras pillaron desprevenida a Paula. Jamás pensó que escucharía a Elena decir algo así. Las dificultades de su matrimonio con Jorge eran evidentes desde hacía varios años. Seguro que no era la primera vez que su yerno tenía una amante, aunque nunca antes lo hubiera confesado. El hecho de que esta vez lo reconociera, hacía pensar a Paula que esta ocasión era diferente y que Jorge estaba dispuesto a divorciarse de Elena.

El que su hija no aceptase la situación y se aferrase a su desgraciado matrimonio, era algo que ella no entendía. Algo para lo que no estaba preparada. En el fondo de su alma siempre había esperado que fuera Elena la que abandonase a Jorge. Lo había pensado en multitud de ocasiones y siempre se veía apoyando a su hija. Nunca se le había pasado por la imaginación que Elena quisiera continuar con su marido, aún sabiendo que éste tenía otra mujer.

Paula no sabía qué decir y Elena seguía llorando. Finalmente, se atrevió a preguntarle:

—¿Y Jorge qué dice? ¿Te ha planteado el divorcio?

Al otro lado del teléfono se escuchó cómo Elena se limpiaba los mocos antes de responder:

—Sí, quiere el divorcio. Dice que ya no está enamorado de mí y que quiere rehacer su vida. Lleva con ella dos años... ¡Dos años! ¡Es alucinante! No puedo creer que sea tan cabrón —dijo antes de echarse de nuevo a llorar.

 

Paula se quedó de una pieza al escuchar a su hija.

—¡Valiente hijo de puta! —dijo con rabia, sin poderlo evitar.

Durante unos momentos permaneció callada, esperando alguna reacción de Elena, pero ésta lo único que hacía era llorar. Finalmente, Paula habló de nuevo:

—Pues yo creo que, dadas las circunstancias, y aunque te resulte doloroso, lo mejor es que os divorciéis. Tengo entendido que ahora ese trámite se hace en muy poco tiempo. Divorcio exprés o algo así lo llaman —añadió, aunque se arrepintió nada más decirlo.

La reacción de Elena no se hizo esperar. De forma airada dijo a su madre:

—¡Mi matrimonio se hunde, mi vida se viene abajo y tú me hablas de “divorcio exprés”! ¡No me lo puedo creer, vaya consuelo!

Paula estuvo a punto de decirle que su matrimonio llevaba hundido desde hacía años, pero se mordió la lengua, comprendiendo el dolor de su hija y lo poco afortunado que había resultado su comentario.

—Perdona —le dijo— tienes razón, pero déjame que te insista: porque se termine un matrimonio, la vida no se hunde. Puede que incluso esté más a flote que nunca...

—Vaya, ¿y tú cómo lo sabes? ¿Te has divorciado muchas veces? —la cortó Elena con agresividad—. Porque tú eras de las que ibas todo el día colgada del brazo de tu marido, y no sabías hacer nada sin él. ¡Por favor, no me des lecciones!

Las palabras de Elena hicieron blanco en Paula quien, a pesar de comprender el dolor de su hija, no estaba dispuesta a tolerar impertinencias. Intentando aparentar una tranquilidad, respondió:

—Mi marido, como tú dices, era tu padre. Ahora está muerto y yo creo que su memoria merece un respeto...

—Pues tú no respetaste mucho su memoria el día de su funeral, vistiéndote de rojo —la interrumpió Elena, en un tono aún más agresivo.

 

Paula se quedó atónita con lo que estaba oyendo. Si la situación no hubiera sido tan dramática, se hubiera echado a reír. Aquello tenía gracia. En esos momentos, le dio la impresión de que los papeles se habían intercambiado. Que Elena era la madre, conservadora y anticuada, y ella la hija moderna y rebelde. Procurando dar a su voz un tono de serenidad que no sentía, Paula ignoró el comentario de Elena y continuó:

—La relación que tu padre y yo hayamos tenido, ha sido cosa nuestra y ahora, por cierto, ya no tiene remedio. No me arrepiento de nada, sólo te digo que yo ya no soy la misma persona que cuando estaba casada con él. Y desde mi perspectiva de hoy en día, te aseguro que la vida no se termina cuando tu marido ya no está a tu lado. Y esto te lo digo para animarte, aunque no tenga ninguna experiencia en divorcios. Perder a tu marido para siempre, es mucho peor que el que te deje por otra.

 

Las palabras de Paula, que había pronunciado con total tranquilidad, fueron seguidas por un penoso silencio. Parecía como si entre madre e hija se hubiera establecido un pulso emocional, y ninguna de las dos estuviera dispuesta a perderlo. Fue Elena quien, después de unos instantes, habló de nuevo:

 

—Perdona, mamá, pero no tengo ganas de seguir hablando. Me duele mucho la cabeza... Lo estoy pasando muy mal...

 

Nuevamente el llanto interrumpió las palabras de Elena y Paula se sintió conmovida por el dolor de su hija. Intentó consolarla de nuevo:

 

—Perdóname tú, pequeña. Parezco imbécil, tú sufriendo y yo largándote discursos. ¿Quieres que vaya mañana a la Gran Ciudad?

—No, no, gracias —se apresuró a responder Elena—. En estos momentos el ambiente en casa es muy tenso y tu presencia lo estropearía aún más.

—¿Y la niña? —preguntó Paula, culpándose interiormente de no haber pensado antes en ella.

—Clara está bien. No sabe nada, pero intuye que pasa algo. Procuramos dejarla al margen, que no nos vea discutir... Curiosamente, Jorge está más cariñoso con ella que nunca y le presta más atención.

 

“Vaya cabrón —pensó Paula— ahora quiere ganarse a la niña, cuando en cinco años no le ha hecho ni puñetero caso”. Sin verbalizar sus pensamientos, preguntó a su hija:

 

—Y si Jorge insiste en pedirte el divorcio ¿qué vas a hacer? Porque yo le veo mal arreglo a esto. Una cosa es que os llevaseis mal, pero si hay otra persona, y con una relación que ya lleva dos años... Perdona por lo que voy a decirte, pero no veo posibilidad de solución...

—¡No pienso concederle el divorcio! —dijo Elena, enfurecida—. Si lleva dos años con la zorra de su enfermera, conmigo lleva más. Es a ella a quien tiene que dejar, y no a mí. Yo soy su mujer y tenemos una hija. Somos una familia, y no estoy dispuesta a que se rompa por un capricho pasajero.

Escuchando a su hija, Paula sintió como si le atenazasen el corazón. ¿Cómo se podía estar tan ciega? ¿Cómo una mujer sensible e inteligente como Elena, con su carrera, su situación económica resuelta, podía estar tan ciega? ¿Cómo era posible que se abandonase a merced de un hombre que no sólo no la quería ni la respetaba, sino que la había humillado y despreciado constantemente?

Paula experimentó una gran compasión por su hija y se sintió impotente para hacerle comprender que se estaba equivocando  al entregar su vida a quien sólo podía hacerle daño. Incapaz de seguir oyéndola en ese estado de enajenación, mintió para consolarla:

 

 

—Bueno, hija, no te preocupes. Procura descansar. Seguro que todo se arregla. Ya verás... Si no quieres que vaya yo allí, ¿por qué no vienes tú a hacerme una visita con Clara? Esto está precioso. Seguro que lo pasaríamos muy bien...

—No mamá, ahora no puedo ir a verte, y tampoco quiero que vengas tú. No te preocupes, ya seguiremos hablando. Estoy segura de que este es un mal momento que pasará. Y cuando pase iremos a verte los tres. Quizás Jorge y yo hagamos ese viaje que tenemos pendiente, y Clara pase unos días contigo.

—Claro, me gustaría mucho —dijo Paula con poca convicción, sabiendo que esa circunstancia no se iba a producir nunca.

—Buenas noches, mamá.

—Buenas noches, Elena... Ya sabes que estoy a tu lado y que te apoyo.

—Ya lo sé —dijo lacónicamente Elena, antes de colgar el teléfono.

 

Paula continuó con el móvil en la mano durante unos instantes, hundida en el sofá, sin fuerzas para moverse. Finalmente, como si un dique de emociones interno hubiera estallado de repente, se puso a llorar con tristeza y desconsuelo. Permaneció así durante mucho tiempo, hasta que sintió frío y se dio cuenta de que se había dejado la terraza abierta.

A lo lejos se escuchaba el murmullo de las olas del mar. La luna llena rielaba sobre el agua. Era la primera luna llena del otoño, la que más influía sobre las mareas y, según parecía, también sobre las emociones humanas. Sin saber por qué, de pronto se acordó de su madre, que falleció cuando ella era una cría.

Casi no la recordaba. Era una mujer de tez pálida, muy débil, que siempre estaba enferma. Cuando murió no la echó mucho de menos, porque apenas había tenido trato con ella. Desde que tenía uso de razón, había visto a su madre ingresada en un sanatorio para tuberculosos. Allí permaneció hasta su muerte. Su padre solía llevar a Paula a verla algunos domingos.

A ella no le gustaba aquel ambiente aséptico de pasillos y habitaciones con azulejos, monjas con cofias de grandes alas en la cabeza y batas blancas. Prefería quedarse en el colegio donde estaba interna, antes que ir a ver a su madre.  Cuando murió, Paula tenía 8 años y no notó mucha diferencia, pues nunca habían estado realmente juntas. Sólo la conocía de visita.

A raíz del fallecimiento de su madre, su padre fue espaciando las visitas al colegio. Sólo iba a verla de vez en cuando. A veces la llevaba con él a su casa durante algunos fines de semana, en las vacaciones de navidad y de verano. Pero ella se sentía una extraña en ese hogar en el que nunca había vivido.

En una de esas ocasiones, su padre le presentó a una mujer, y le anunció que pensaba casarse con ella. Era viuda y tenía dos hijas gemelas, más o menos de su misma edad, a las que conoció más adelante. Paula no asistió a la boda de su padre, aunque sí recibió algunas visitas en el internado de su nueva familia. Para ella eran unos desconocidos, por los que no sentía ningún cariño, como tampoco lo sintió por su madre.

Siendo muy jovencita conoció a Paco, enseguida se hicieron novios. Ella tenía 19 años cuando se casaron y diez meses después, recién cumplidos los 20, nació Fernando, su primer hijo. Pasó del colegio donde la habían criado a ser la señora de Francisco Valiente. Una vez casada, perdió el contacto con su familia paterna, que se habían trasladado a vivir a otra ciudad.

El internado en el que pasó su infancia y su juventud estaba regido por monjas, pero nunca intimó con ninguna. El hecho de que su madre estuviera enferma de tuberculosis, hizo de Paula una especie de apestada, a la que nadie hacía demasiado caso. Siempre se sintió sola, pero en aquélla época de su vida, esa soledad no le suponía ningún problema. Al contrario, le gustaba. Todos la dejaban en paz y ella podía dedicarse a sus aficiones favoritas: leer y escribir.

 

Sin saber por qué, Paula volvió a pensar en su madre y en el miedo que pasó cuando era una niña en el colegio donde estaba internada, a causa de las historias que le contaban las monjas. Estas eran muy estrictas y ya, desde pequeñas, inculcaban a las niñas sobre las “virtudes cristianas que debían adornar a todas las jóvenes”, según recordaba sus palabras.

Todos los días, entre misas, rosarios y bendiciones, hacían repetir a las pequeñas y a las adolescentes una especie de estribillo, teniendo como modelo a la Virgen María. “Señora, que al mirarme te vean”, las obligaban a decir una y otra vez.

La gran afición de las monjas consistía en recordarles que María concibió a Jesús, por obra y gracia del Espíritu Santo, sin haber tenido trato carnal con ningún hombre. Cuando era una niña, Paula no comprendía por qué las monjas ponían tanto énfasis en este asunto. Con el tiempo fue entendiendo el porqué, aunque en su cabeza no cabía la posibilidad de que algo así fuera posible, por mucho que se empeñasen en repetírselo.

Las noches en aquellos grandes y fríos dormitorios de literas, eran terribles. Todo rechinaba, se oían infinidad de ruidos y Paula solía taparse la cabeza, como si con este gesto pudiera librarse de algún oscuro peligro que la acechaba. A veces, era tanto el miedo que tenía que no se atrevía a salir a los servicios, aunque estuviera orinándose mucho.

Pero tampoco se atrevía a hacerlo en la cama, por no sufrir la vergüenza y la humillación que pasaban las niñas, cuando las monjas descubrían al día siguiente que se habían orinado. El castigo consistía en hacerlas pasear por todas las clases, con unas bragas mojadas sobre la cabeza, y con un letrero colgado en el que ponía: “Soy una meona”.

Entre unas cosas y otras, Paula pasaba una buena parte de las noches en blanco, bajo las sábanas, acurrucada de miedo, sin poder dormir. Sólo cuando el cansancio la rendía conseguía cerrar los ojos y descansar, aunque a menudo la despertaban las pesadillas.

Recordaba en especial una época en que lo pasó muy mal. Las monjas, coincidiendo con la canonización de una santa, contaron a las niñas que como ésta era muy buena, un ángel se le apareció por la noche. Para ilustrar el relato, proyectaron diapositivas en las que se veía a la santa, acostada en su cama, y un resplandor de luz del que salía el ángel.

Las monjas animaron a las pequeñas a ser tan buenas como la santa, para conseguir que el ángel del Señor se les apareciera por la noche. Y aún más, les prometieron que si hacían obras de caridad, no mentían, y sus pensamientos y obras eran puros y castos, el ángel, con total seguridad, les haría una visita nocturna.

Aquélla visión del ángel saliendo de la luz, y las palabras de las monjas, impresionaron vivamente la imaginación infantil de Paula. Todas las noches, cuando se metía en la cama, rezaba aterrorizada para que el ángel no se le apareciera. Lo que las monjas consideraban un privilegio —la posible aparición del ángel— a ella le ponía los pelos de punta.

Aún siendo consciente de que era una contradicción rezar a Dios para que no le mandase ningún emisario a visitarla, Paula juntaba sus manos y, con la cabeza escondida bajo las sábanas, rogaba llena de pavor: “Por favor, Dios mío, que no se me aparezca ningún ángel”.

Era tal el miedo que le infundía la posibilidad de la angelical aparición, que se planteó muy seriamente ser mala para no provocarla. Sólo tenía que mentir, no hacer ninguna obra de caridad y tener pensamientos impuros; aún cuando no sabía muy bien qué era exactamente un pensamiento impuro.

Sin embargo, su propósito de ser mala se fue al traste cuando una monja les advirtió que si no eran buenas, por la noche se les aparecería el demonio. Un tal Satanás que era de color rojo, tenía cuernos, rabo y pezuñas, y que las cogería de los pelos y las arrastraría hasta el fuego del infierno, del que no podrían salir nunca. Esta perspectiva dejó a Paula sumida para siempre en un terrible pánico nocturno, se apareciera quien se apareciera: el ángel o el demonio.

Estas historias y el hecho de que en la biblioteca del colegio sólo hubiera vidas de santos para leer, fue lo que propició la inclinación de Paula hacia la escritura. A falta de relatos interesantes, que no le provocasen miedo, fue creando sus propias historias y refugiándose en su imaginación. Años después, ya casada con Paco, abandonó su afición por escribir cuando su marido encontró uno de sus relatos.

Al recordar ahora ese día que, inexplicablemente había conseguido borrar de su memoria durante años, Paula se indignó consigo misma por no haber sabido mantenerse en su lugar. Nadie, ni siquiera su marido, tenía derecho a impedirle que escribiera.

Estos recuerdos del pasado la hicieron volver a la conversación que acababa de mantener con su hija. En su cabeza resonaron las palabras que le había echado en cara Elena: “Tú eras de las que ibas todo el día colgada del brazo de tu marido, y no sabías hacer nada sin él”.

Era verdad, reconoció en su interior. Su hija tenía razón. Durante todos los años que duró su matrimonio, ella no había tenido vida propia. Todos y cada uno de los días de su existencia habían estado dedicados al cuidado de su marido y sus hijos. Ella no había contado para nada como persona, sólo en función de los demás.

A veces no le veía sentido a nada. No entendía este mundo que le había tocado vivir. No sabía qué hacía aquí, ni cuál era su papel, salvo el de esposa y madre, por ese orden. Ya se encargaba su marido de recordárselo. “Primero eres esposa y después madre, no lo olvides —solía decirle Paco— la obligación de una mujer es procurar el bienestar de su marido y de sus hijos. Pero sobre todo de su marido, que es el sostén de la familia. El que trae las habichuelas a casa”.

Por eso ella había insistido tanto para que Elena estudiase una carrera. Para que también ella pudiera llevar las habichuelas a casa, y no tuviera que depender de ningún marido.

—¡Y mira para lo que le ha servido! —dijo con rabia en voz alta— para que, a pesar de todo, siga estando a merced de un capullo. Su padre al menos no era así. Era cariñoso y me quería... Bueno, aunque tenía un carácter de mil demonios que no había quien lo aguantase... Sí, Paco, eras un coñazo —afirmó elevando la mirada hacía el techo.

 

El sonido del teléfono móvil interrumpió el monólogo de Paula. Se apresuró a cogerlo creyendo que era su hija otra vez, pero comprobó en la pantalla que quien la llamaba ahora era su nuera. Supuso que quizás se había enterado ya del problema de Elena, y quería comentarlo, pero comprobó que no era así. Antes de que ella pudiera decir nada, se escuchó la voz de Amalia:

 

—¡Qué alegría, Paula. Estoy tan contenta! Quería que fueras la primera en enterarte. Fernando ha accedido a que adoptemos un niño. ¡Por fin! ¡Estoy tan contenta...!

—¿Qué me dices? —afirmó Paula sin poder contener su emoción— ¡Qué alegría! No sabes cómo me alegro. ¿Cómo ha sido eso? ¿A qué se debe ese cambio de opinión?

—Bueno, a ti puedo contártelo. En realidad le he estado haciendo la guerra psicológica, utilizando sus propias armas. Ja, ja, ja. Ya sabes que tu hijo es un poco “carca”...

—Sí hija —la interrumpió Paula— lo heredó de su padre.

—Pues le di un ultimátum, en su estilo. Le dije que, puesto que la principal finalidad de un matrimonio cristiano era la procreación, y nosotros no procreábamos nada, este matrimonio no tenía razón de ser.

—¿Le dijiste eso? ¿Y se lo creyó? —preguntó Paula con incredulidad.

—Ya lo creo que se lo dije... y se lo creyó a pies juntillas. Yo me puse muy razonable. Le dije que había dos opciones: o el divorcio o seguir aparentemente casados, pero sólo de cara a la galería, y cada uno en su cama. Le di una semana para pensarlo, pero esa misma noche lo mandé a dormir al sofá, mientras se decidía. Al día siguiente —le contó Amalia— mientras desayunábamos, me dijo que el mundo estaba muy mal, que muchos niños morían de hambre y que eso no era justo ni cristiano. Por tanto, aceptaba que adoptásemos un hijo que bendijera nuestra unión. Así, con estas mismas palabras.

—Pues no sabes cómo me alegro. ¿Cuándo vais a empezar con los trámites?

—Pues ya. Sólo falta resolver una cuestión. Yo quiero una niña china. Vi un reportaje en la tele y me quedé espantada. Fernando prefiere un niño español, pero me parece que al final va a aceptar lo que yo prefiera. Yo creo que es mejor que los padres biológicos queden lejos, y China está lo suficientemente lejos como para que no haya problemas en el futuro.

 

Paula escuchaba con qué entusiasmo hablaba su nuera, y dedujo que ni ella ni su hijo sabían nada del problema que tenía Elena. Por unos momentos dudó sobre si debía decírselo, pero enseguida decidió que ya se enterarían. Ese no era el momento de estropearles la buena noticia.

Casi inmediatamente se despidieron, y quedaron en hablar otro día. Amalia rogó a Paula que se hiciera de nuevas cuando llamara Fernando para comunicarle la noticia, y ella le prometió que así lo haría. Aún con la sonrisa en los labios, se recostó en el sofá y se vio teniendo entre sus brazos a una chinita. Le encantaba esa posibilidad, aunque aún faltaba tiempo para eso. Los trámites de una adopción solían ser lentos y difíciles.

De pronto, dio un salto y salió corriendo hacia la terraza, cuya puerta aún permanecía abierta.

—¡¡Dios mío la caja —gritó— con tantas noticias, la había olvidado!!

 

Con precaución, la cogió del suelo y la puso encima del sofá. Por alguna extraña razón ya no sentía miedo, aunque le daba un poco de repelús. Dispuesta a no caer en sus fantasías sobre lo que había dentro, pensó que debía abrirla sin demora. Descorrió el pasador que la mantenía cerrada y, con decisión, la abrió.

Dentro había un cuaderno con tapas de cuero rojo. Paula lo acarició tímidamente y, con lentitud, lo abrió. En la primera página, con grandes letras doradas podía leerse: “El camino de los locos”.

 

 

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EL CAMINO DE LOS LOCOS

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